Carta a la Eternidad
Hoy, un día después de la despedida de los ruedos del maestro Morante, y tras todas las emociones vividas ayer, me gustaría escribirte una carta.
Todo empezó cuando era un niño y escuchaba tu nombre como algo lejano, casi mítico. No sabía bien cómo definirlo… eras un ídolo, sí, pero más que eso: eras una figura que parecía intocable, inaccesible, algo que pertenecía a otro mundo.
Con ilusión pude verte por primera vez en la plaza. La expectación era inmensa, casi tanta como mi inocencia. Pero aquella tarde no salió como yo soñaba: una bronca bastó para apagar de golpe aquella ilusión infantil. Sentí una especie de traición, de desengaño, como si algo que yo creía perfecto se hubiese roto.
Iluso de un niño pequeño, que no entendía todavía que tenía delante al más grande, ni comprendía aún cómo funciona esto del toreo ni la vida.
Con el tiempo me aficioné a ti, y cada tarde que te veía, ese sentimiento se hacía más fuerte. Ya no era simple admiración: era algo que nacía dentro de mí. Cada vez que parabas el tiempo con el capote, cada natural eterno, cada adorno que parecía venir de otro siglo… todo eso me transportaba y me llenaba de una emoción que no sabía explicar. Para mí, fuiste mucho más que un torero. Fuiste todo.
Ojalá todo lo que nos has hecho vivir, todo lo que has hecho sentir al mundo y la felicidad que has regalado, te sea devuelto algún día. Porque no hay nada más grande que hacer feliz a la gente, y eso lo has conseguido tú.
Ayer lloré como hacía tiempo que no lloraba, como un niño al que le quitan algo que ama sin entender por qué.
Eran lágrimas de desconsuelo, de pérdida, de no saber qué hacer sin ti. Lágrimas de incertidumbre ante lo desconocido. Pero, entre tantos pensamientos —entre la tristeza de tu adiós y la alegría de todo lo que nos has dado—, solo tenía tu imagen en la mente, llorando en las tablas, con Madrid rendida a tus pies.
Pensé en Dios, y en mi querida Esperanza de Triana.
Quizá pensé en Dios porque tú has sido lo más cercano a él o quizá pensé en Dios porque tú has sido, seguramente, uno de sus elegidos. Porque hay personas que parecen venir al mundo con una luz distinta, con una misión que solo Él comprende, y tú eras una de ellas. Y quizá pensé en la Esperanza porque, al fin y al cabo, eso es lo único que me queda: la esperanza de volver a verte torear algún día, la esperanza de que sigas estando eternamente entre nosotros a través de tu arte.
Y hoy todavía no soy capaz de expresarlo todo y aún sigo reviviendo momentos en los que me hiciste tan feliz pero, hoy, después de tu adiós, cuesta asumir que ya no volverás a vestirte de luces. Cuesta pensar que ese silencio que tantas veces rompiste con un pase eterno será ahora el que nos acompañe. Pero queda tu arte, tu huella, ese aroma que solo tú dejabas en cada plaza.
Has sido muchas cosas, maestro: genio, figura, incomprendido, poeta del toreo… pero, por encima de todo, has sido verdad. Esa verdad que no se aprende ni se copia, que se lleva dentro y se entrega al toro y al público como una confesión.
Gracias por habernos hecho soñar, por recordarnos que el toreo es belleza, locura y alma.
Gracias por darnos tanto sin pedir nada.
Y ojalá el tiempo, ese mismo que tú detenías con un lance, te devuelva la paz que mereces.
Porque para muchos de nosotros, el toreo siempre llevará tu nombre.