En mi opinión, ya desde la salida del cartel anunciativo no había muchas esperanzas sobre lo que podía llegar a ser la feria, y los carteles lo confirmaron: la mayoría de ellos resultaban repetitivos y sin sustancia. Lo único salvable a priori eran los del 18, 21, 24 y 27 de mayo, además de las tardes del maestro Morante. Sin embargo, en el ruedo finalmente no dieron el interés esperado ni respondieron a las esperanzas que se tenían en esas fechas.
Pero empecemos a analizar la feria paso a paso.
La feria comenzó el 9 de mayo con una corrida para Talavante, Juan Ortega y Clemente —que confirmaba alternativa—, con toros de Victoriano del Río y Toros de Cortés. Arrancó de forma triunfal con la puerta grande de Talavante, aunque pronto cayó en el olvido: a mitad de feria ya casi nadie se acordaba. Permítanme dudar de su verdadero triunfo y pensar más bien en un efecto de puro populismo. Juan Ortega pasó de puntillas, mientras que Clemente fue lo más destacado, dejando un gran sabor de boca y ganas de volver a verlo.
Al día siguiente había un cartel con cierto interés: Urdiales, David Galván y Víctor Hernández ante toros de El Pilar. Urdiales, que no atraviesa sus mejores temporadas, tampoco se encontró. Yo esperaba con ganas a David Galván después de aquella tarde en el pasado San Isidro donde firmó una gran faena a un toro de El Torero, pero esta vez no dijo gran cosa. Víctor Hernández, en cambio, confirmó lo que se sospechaba: que es un gran torero y debería tener más hueco en las ferias.
Luego llegó la corrida de Fuente Ymbro con Perera, Ureña y Ginés Marín, de la que poco se puede hablar. En la novillada, Aarón Palacio destacó muy por encima de un Javier Zulueta —que tomará la alternativa en San Miguel de Sevilla— al que se le vio verde para ello. Y entonces apareció el primer gran toro de la feria: Brigadier, castaño ojo de perdiz de 667 kilos, que correspondió a Isaac Fonseca. Creo que no logró dominarlo ni exprimirlo, y el toro se fue sin ser visto del todo. Fonseca se vio sobrepasado y se limitó a acompañar las embestidas que regalaba Brigadier.
Al día siguiente llegó la decepción con una mansada de Valdefresno, de la que se esperaba más. La terna —Paco Ureña, David Galán y Alejandro Chicharro, que confirmaba alternativa— poco pudo hacer. Lo más destacable fue Chicharro, aunque sin llegar a decir gran cosa.
El 16 de mayo se presentaba un cartel sin interés: Puerto de San Lorenzo y La Ventana del Puerto, ganaderías que deberían replantearse un descanso viendo lo que vienen echando últimamente. Por suerte salió Frenoso, de Victoriano del Río, para suplir algunos toros caídos, y nos regaló la emoción que no esperábamos encontrar. Fernando Adrián, populista, no consiguió hacerse con él y casi que Frenoso también se fue sin ser toreado.
La primera de rejones llegó al día siguiente, con Diego Ventura demostrando de nuevo que no tiene rival.
El 18 de mayo era uno de los carteles interesantes: toros de La Quinta para Uceda Leal, Daniel Luque y Emilio de Justo. Los toros no permitieron lucimiento y, salvo la precisa lección de Uceda con el cuarto —muletazos de gran clase y una estocada perfecta—, ni Daniel ni Emilio se encontraron, faltos de ideas y de orden. Una tarde que decepcionó.
El 20 de mayo llegó una de las sorpresas: la novillada de Conde de Mayalde para Fabio Jiménez, Tomás Bastos y El Mene. Los tres dejaron grandes detalles tanto con capote como con muleta, y me quedaron ganas de volver a verlos. La novillada salió buena, con ganas de embestir y hacer las cosas bien. Pero ese día también se cometió un delito: un picador mató al cuarto novillo perforándole un pulmón en la entrada al caballo. No tuvo ni dos pases por culpa de ese hombre.
El 21 de mayo, otro cartel interesante: los de Araúz de Robles para Fortes, que bordó el toreo y seguramente hizo que muchos salieran toreando de la plaza. Después de ese subidón llegó una de las tardes más soporíferas de la feria: toros de Alcurrucén para Castella, Perera y Luque. Ni toros ni toreros; más de uno debió de dormirse en los tendidos.
El 23 era la primera tarde de Roca Rey, pero no estuvo a la altura de lo que debería ser una figura. Victoriano del Río volvió a traer un gran encierro que los toreros no aprovecharon. Acompañaban a Roca Rey Emilio de Justo y Tomás Rufo. Este último se encontró con Alabardero, un toro de bandera que se fue sin torear; si no hubiera fallado con la espada, el público habría pedido las dos orejas para el toledano. Una tarde más interesante por los toros que por los toreros.
El 24 llegó el mano a mano del arte: Juan Ortega y Pablo Aguado, con un encierro de Juan Pedro Domecq. Si no fuera por el nombre, dudo que vendiera un solo toro: sin casta, sin bravura y, lo que es peor para Madrid, sin presencia ni trapío. Ortega estuvo perdido toda la tarde y, cuando muchos pensaban en marcharse, salió el sexto, un toro de Torrealta para Aguado, que al menos salvó algo la tarde.
El 25 de mayo no dejó mucho, salvo el quinto y sexto de Fuente Ymbro, que salieron derrochando casta y raza, pero se fueron sin torear. Lo más destacado fue el mexicano Diego San Román, que confirmó su alternativa con dignidad y dejó buenas sensaciones.
El 27 se esperaba mucho: volvía Dolores Aguirre. Una cita importante para el buen aficionado que resultó en decepción total. Dolores no apareció y solo quedó el esfuerzo de la terna Robleño, Juan de Castilla y Damián Castaño. Habrá que hablar algún día de la importancia de Juan, tremendo lo que hace.
Después vino Morante, que dejó su marca personal: faena de ensueño al primero, exquisito, y al cuarto lo mató casi de salida. Talavante y Tomás Rufo pasaron sin decir nada.
El 29 regresaba Roca Rey, acompañado de Urdiales y Rafa Serna, que confirmaba alternativa. Aunque todo el mundo esperaba hablar de Roca, finalmente se habló de Rafa, que mostró torería y valor.
El 30, Marco Pérez en solitario con una novillada de El Freixo y Fuente Ymbro. En mi opinión, feo y mal hecho: era casi su primera tarde y también su despedida en Madrid, sin enfrentarse con rivales del escalafón. Tiene condiciones, pero la forma en que lo llevan puede perjudicarle.
El 31, segunda tarde de rejones, y ya entrábamos en la recta final. El 1 de junio, una gran tarde de José Escolar, con toros de gran interés. El 2, en cambio, un encierro de Lagunajanda dio buen juego, pero la terna (Escribano, Joselito Adame y Alejandro Peñaranda) no dejó buenas sensaciones.
El 5 de junio, Borja Jiménez, triunfador de 2024, hizo su primer paseíllo con toros de Jandilla, acompañado de Castella y Manzanares. Evidentemente, Borja fue lo mejor de la tarde.
El 6, Conde de Mayalde, pero con corrida de toros y no novillada, que no resultó como aquella: toros mansos y sin raza.
El cierre de San Isidro fue para Antonio Ferrera, Fernando Robleño —en su último paseíllo en este ciclo— y Manuel Escribano, que venía de fracasar con Lagunajanda. Nada interesante en el cierre, pues todas las miradas estaban puestas en las dos corridas posteriores:
El 8 de junio, la Beneficencia, donde se escribió historia: Morante logró su primera puerta grande, con algo de polémica, pero la abrió. A mi juicio, no me parece mal: si otros la abren sin torear ni demostrar nada, Morante la merecía. Coincido en que dar esas puertas grandes baja el nivel, pero si se las das a unos, dáselas también a quien torea mejor que nadie.
El 15 de junio, la In Memoriam de Victorino Martín, en la que Borja Jiménez volvió a salir por la puerta grande, reafirmando su toreo y sus formas.
Y así cerraba sus puertas la primera plaza del mundo.
En resumen: lo más destacado en cuanto a toreros fueron los menos conocidos para el aficionado primerizo, nombres como Clemente, Fortes, Víctor Hernández, Diego San Román y Rafa Serna. Yo me quedaría con ellos en este San Isidro. En cuanto a lo ganadero, solo Victoriano del Río brilló con regularidad. Un San Isidro, en mi opinión, decepcionante, que no transmitió nada desde los carteles. Por desgracia, lo que la mayoría esperábamos se cumplió: decepción.