Como ya señalé hace unos meses respecto a la corrida del Corpus de Toledo y la gestión de la plaza toledana, hoy me veo en la necesidad de repetir palabras muy similares, pero esta vez con la Feria de Albacete. La tercera feria más larga de España se celebra en una ciudad y una provincia con una afición taurina profunda, pero que, sin embargo, no recibe la importancia que merece. Este año no hay un cartel que esté completamente rematado o que realmente llame la atención. En este caso, no se trata de un “quiero y no puedo”, sino de un “puedo y no quiero”.
No es un problema exclusivo de esta edición; es algo que se ha repetido durante las últimas temporadas. Cada año parece muy similar al anterior, y cuando piensas que la siguiente edición podría ser la definitiva, vuelve a repetirse la misma sensación: pocos nombres nuevos, escasa variación ganadera y carteles que se quedan en un punto intermedio. Sin embargo, con pequeños cambios, la feria podría adquirir una relevancia mucho mayor, despertando interés no solo en la región, sino en toda España, considerando la importancia histórica de la feria de Albacete.
Pero este fenómeno no ocurre únicamente en Albacete o Toledo; parece generalizado. Empresas que solo persiguen su propio beneficio, que funcionan por favores o intereses internos, dejan de lado al aficionado, que es quien mantiene viva la fiesta. Tampoco se valora a los triunfadores ni a los nombres importantes, y en general es muy difícil abrirse paso en los carteles y ferias.
Por fortuna, hay algo de esperanza en iniciativas como las de la empresa Lances de Futuro, que apuestan por nombres nuevos y aportan aire fresco, rompiendo con la rutina. Este año, ferias como las de Santander o Málaga han demostrado cómo la novedad y la innovación pueden revitalizar el espectáculo. Pero parece que estos ejemplos no se quieren seguir, quizás por intereses ocultos o prioridades distintas.
Es necesario dar paso a nuevos nombres y dar aire a la fiesta del toro. Mantenerse en la mediocridad, como sucede con Albacete, no es avanzar; es quedarse atrás, y de ese modo, la fiesta pierde impulso y relevancia.