Siempre he sentido una conexión especial con la plaza de toros de Toledo, una de esas a las que nunca suelo faltar, tenga el cartel que tenga. Su gran día es el Corpus Christi: la ciudad se viste de gala, las calles respiran ambiente y, como marca la tradición, los toros se convierten en el eje de la fiesta. Sin embargo, cada año me ilusiona menos acudir a su corrida grande.
El motivo es claro: carteles repetitivos y encierros pobres. En los dos últimos años hemos visto la misma terna —Morante, Roca Rey y Tomás Rufo— con dos corridas muy por debajo de lo que Toledo merece. En 2024 fue un decepcionante envío de Juan Pedro Domecq; en 2025, los toros de Daniel Ruiz volvieron a fallar tanto en presentación como en juego. La consecuencia es que lo que debería ser una gran tarde para los toledanos se queda en un festejo sin emoción ni interés.
A esto se suma otro problema: los precios. Este año se colgó el “No hay billetes” con 48 horas de antelación, pero la realidad es que la entrada resultó demasiado cara para lo que se ofreció. Cada temporada suben los precios, pero no varían los protagonistas ni mejora la calidad de los toros. ¿De verdad se puede pedir fidelidad al aficionado en esas condiciones?
La sensación es de abandono. Toledo, siendo la capital de Castilla-La Mancha, apenas celebra dos corridas de toros y la final del Trofeo Domingo Ortega (una novillada sin picadores). Ni siquiera se programan de manera consecutiva, lo que resta ambiente y continuidad a la feria. Basta comparar con otras plazas de la región para entender el agravio: Albacete presume de la tercera feria más larga de España; Cuenca mantiene un ciclo de 5 o 6 corridas; Ciudad Real celebra tres tardes; Guadalajara ofrece cuatro. Todas superan, y con mucho, la programación de Toledo.
Con este panorama, lo que debería ser un día grande se convierte en una cita rutinaria. Y al menos para mí, cada vez cuesta más justificar el esfuerzo y la ilusión de volver a la ciudad imperial por su Corpus taurino. Toledo tiene historia, afición y público, pero le falta lo más importante: una gestión a la altura de su nombre.