Ayer, ante un cartel de máxima pereza en Las Ventas, decidí ir a Aranjuez. Era una idea que llevaba tiempo rondándome, pero no estaba seguro… hasta que a mitad del día lo decidí. El cartel estaba bien rematado, aunque el gran reclamo era Morante, iluminado por una gracia divina. Lo completaban Manzanares y Juan Ortega, del que, sinceramente, ya no esperaba mucho tras su mala tarde del sábado 24. Se lidiaron toros de Núñez del Cuvillo, lo que menos me convencía del cartel. Pero el resultado fue distinto: cumplieron todos y entre los tres firmaron una tarde histórica, de las que hacen afición.
Imposible que quien ayer pisara por primera vez el precioso coso arancetano no saliera convertido en aficionado. Imposible que alguien saliera sin soñar o toreando de camino a casa. Lo de ayer fue embriaguez de arte y toreo.
Le correspondió un lote muy interesante. Su primero, un toro de bonita estampa, con clase y repetidor, le permitió templarse y dejar tandas de mérito. Mejor de lo que se podía esperar, sin caer en lo insoportable de otras tardes. Como siempre, su mejor arma fue la espada: estocada entera y una oreja.
En el quinto volvió a encontrarse con otro buen toro, y ahí estuvo más firme, entendiendo mejor la embestida. Faena con altibajos pero con momentos brillantes. Otra buena estocada y otra oreja, lo que le valió la puerta grande. Toreó algo despegado, sí, pero firmó una buena tarde, superior a lo que muchos imaginaban.
Abrió plaza un toro deslucido y falto de fuerza. Aun así, Morante lo recogió bien de capa y, tras brindar a Isabel Díaz Ayuso, comenzó sentado en tablas, dejando ayudados por alto de sabor. El toro noble pero sin transmisión le impidió redondear, pero Morante logró naturales y derechazos de categoría excelsa, además de una estocada algo trasera pero efectiva. Lo mejor: la paciencia y el ajuste con que exprimió lo poco que había.
La cumbre llegó en el cuarto. Un toro suelto de salida, pero con una manera de meter la cara extraordinaria. Tres verónicas y una media de museo bastaron para anunciar lo que venía. Tras el caballo, dejó otro quite de ensueño: tres verónicas y una media aún inacabada en el reloj del tiempo.
Inició la faena con la montera calada, cartucho del pescado y dos trincherazos de otra época. Toreó imposible de mejor manera: despacio, ajustado, ligado. Naturales excelsos, derechazos de empaque y detalles de inspiración constante. Una gran estocada puso el broche: dos orejas incontestables para el genio.
Ortega dejó lo mejor para el final, sublimando el toreo con una excelsa faena al sexto, Perdicero, premiado con la vuelta al ruedo. Cortó dos orejas y rabo, tras haber logrado otra al tercero.
El recibo al último fue un dechado de despaciosidad con la verónica, seguido de un quite por chicuelinas garbosas y una media abelmontada. Ya en faena, inició de rodillas con torería, para después torear en redondo con temple, cadencia y carga de la suerte. Los sones de Caridad del Guadalquivir acompañaron el momento en que cada pase era más lento, más ajustado, más puro. Al natural bordó el toreo, sin toques, esperando que el toro se entregara. El público, rendido.
Cerró con ayudados muy toreros y una gran estocada. Dos orejas y rabo, más la vuelta al ruedo para el toro. Una obra cumbre.
Una corrida redonda en Aranjuez. Manzanares sorprendió con firmeza, Morante volvió a abrir las puertas del arte eterno y Juan Ortega dejó una de las faenas más inspiradas que se recuerdan. Los Cuvillo, variados pero cumplidores, dieron a la tarde un marco histórico.