Las Ventas, 24 de mayo de 2025
Con un sol vencido ya por la tarde y la decepción, Pablo Aguado firmó la diferencia. La rubricó con naturalidad, torería y precisión sobre un buen toro de Torrealta que sirvió de remiendo a una desfondada y fea corrida de Juan Pedro Domecq. Fue la oreja del consuelo y la certeza. La que contrastó con el hundimiento artístico y moral de Juan Ortega, ausente toda la tarde, errático en sus elecciones y vacío de ideas. Si esto se había planteado como un mano a mano de arte, la batalla se resolvió por KO.
Abrió plaza "Solterón", un toro de escaso remate, cara acucharada y porte débil, que permitió a Ortega una decena de verónicas templadas, de mayor limpieza por el derecho, cerradas con una media que ya anunciaba su concepto. Apenas picado, empujó más con los cuartos traseros que con la bravura. Pablo Aguado replicó en el quite con delantales y una larga que elevó el tono de lo que ya no volvió. El toro, sin fondo, ofreció apenas una docena de embestidas válidas, que Ortega administró en paralelo a la segunda raya, en un terreno favorable pero sin estructura. Los mejores momentos fueron un cambio de mano profundo y una trinchera torera. Sin embargo, el toro se vino abajo pronto, y la faena, aunque limpia, quedó reducida a una apariencia estética sin cuerpo. Pinchazo y estocada tendida que no movieron al toro. Se fue solo a las tablas y se echó.
En su segundo, el tercero, un toro bajo, largo y suelto de los dos puyazos, Ortega tropezó al recibirlo con el capote, en un momento tan literal como simbólico. Pablo Aguado aprovechó para dejar una buena chicuelina, tras dos primeras deslucidas por la falta de celo del toro. En banderillas, hubo una ovación merecida a un par comprometido. La faena de Ortega comenzó semigenuflexa, sacando algunos muletazos sueltos al toro, que tardaba en arrancar, pero cuando lo hacía, embestía con nobleza. El problema fue el mismo: Ortega no aprovechó ese hilo fino de calidad. Las protestas del público por su empeño en seguir toreando a un toro que pedía firmeza y claridad se impusieron a los escasos aplausos. Media estocada en lo alto.
Y si el quinto fue más serio de presencia, tampoco encontró mando ni gobierno. Lo brindó al maestro Roberto Domínguez, pero el gesto fue lo mejor. Ortega volvió a construir una faena como quien estudia un plano sin mirar el terreno. Inició por ayudados en el dos, de nuevo buscando el mismo camino hacia los medios que ya había naufragado antes. El toro, noble pero sin finales, pedía otra cosa. A Ortega le faltó mando, estructura y sobre todo sinceridad. Un castillo de naipes. Dejó media estocada caída.
Hay un problema grave en el momento de Ortega. Lo estudia todo, lo construye todo… pero no fluye nada. Su toreo es una arquitectura que, cuando falla el plano, se desmorona sin remedio. Y en Madrid, como en Sevilla, se ha desmoronado entero. Le vendría bien alejarse de los palmeros y enfocarse, por fin, en el toro.
Por contra, Pablo Aguado compuso desde el principio una imagen completamente distinta. Templado, centrado, más certero en la elección de terrenos, sostuvo el duelo con torería. Con su segundo, el cuarto, protestado de salida pero con buena embestida por el derecho, ya se vio otra actitud. Fue Aguado quien acertó en entenderlo: a pies juntos, por verónicas suaves, dejó fragancia. Ortega respondió en el quite por chicuelinas. El toro respondió bien por el derecho, y Aguado toreó a favor de obra, con temple y estructura. Pero todo se aguardaba para el cierre.
Y llegó. Cuando se vencía la noche, Aguado encendió la luz con el sexto, de Torrealta, el único que pareció de otra corrida. Aguado le consintió, lo esperó, y cuando la embestida se asentó, sacó una faena de una delicadeza antigua. Por la izquierda brotó la gracia, por bajo llegaron los muletazos hondos, y hubo muletazos en paralelo a las rayas del "6" que recordaron a los nombres más grandes de la torería sevillana. Fue una faena etérea, firme por dentro, aliñada con torería y solvencia, con esa forma tan suya de posarse la muleta. El desarme, resuelto de rodillas en un desplante torero, y el cierre por bajo hacia tablas coronaron la función. Una estocada entera y la oreja de la tarde.
En eso, en el marcador, pero sobre todo en el toreo, Aguado ganó la tarde. Y quizá algo más: la confianza de Madrid.
En tardes como la del 24 de mayo en Las Ventas, el toreo expone con crudeza no solo su grandeza, sino también sus sombras. Lo que parecía un cartel de altos vuelos artísticos, con dos intérpretes del mismo son sevillano pero de acento distinto, acabó siendo una radiografía de contrastes.
Juan Ortega atraviesa un momento de desconexión profunda consigo mismo. Su toreo, que cuando fluye puede ser pura seda, lleva tiempo sumido en una niebla de dudas. En Madrid, donde no basta con el aroma si no hay sustancia, se le notó perdido, sin plan, sin alma. Ortega parece haber confundido la estética con la verdad, y la inspiración con la rutina. En su toreo no hubo ni temple ni cadencia, ni por dentro ni por fuera. Y si a eso se le suma la incapacidad para reaccionar a la exigencia del público y del toro, el resultado es el que fue: una tarde larga y sin pulso.
Pablo Aguado, en cambio, supo leer la tarde. Supo esperar. Supo mandar. Y supo torear. No fue una tarde redonda, pero sí reveladora. Aguado fue superior desde lo mental, desde la colocación, desde el temple. Y, sobre todo, desde la torería. Lo mejor suyo llegó al final, como broche de oro, pero todo el camino estuvo sembrado con detalles de inteligencia, naturalidad y gracia. Su faena al sexto fue una respuesta firme, delicada y sevillana —sí— pero con mando. Como debe ser.
Y luego está la ganadería de Juan Pedro Domecq. Una divisa que fue sinónimo de bravura moderna y que hoy no es más que una sombra de sí misma. De los seis toros anunciados, solo cinco saltaron al ruedo. La corrida tuvo cara desigual, poca presencia para Madrid, y, lo que es peor, muy escasa raza. Toros que se vinieron abajo, que apenas se emplearon, que embistieron con la sosería del que no cree en lo que hace. El toreo sin toro es un teatro vacío. Y Juan Pedro, una vez más, fue la gran decepción silente de la tarde.
El arte, sin verdad, se convierte en adorno. El toreo, sin toro, no puede ser. Y la falta de raza no se tapa con poesía. Madrid lo sabe. Y lo dice.
Reseña Final:
Juan Ortega: Silencio, Silencio, Silencio
Pablo Aguado: Silencio, Ovación, Oreja.