Afortunados aquellos que vieron a Morante
Afortunados aquellos que vieron a Morante
Crónica del 28 de mayo
“Afortunados aquellos que vieron a Morante”
La expectación era máxima. La vuelta de Morante de la Puebla a la primera plaza del mundo tras cortar un rabo en Jerez y deslumbrar en Sevilla no era cualquier cosa. Madrid lo esperaba. Y aunque la tarde no fue completa, bastó un toro para que el toreo se escribiera con letras de oro, que justificó la cita, el viaje, la entrada, la espera, el silencio, la historia. El toreo es eso. Algo tan difícil de explicar y tan fácil de sentir cuando alguien, con una muleta, se atreve a desafiar al tiempo.
El primero, de nombre Seminarista, el toro hizo una pelea aceptable en varas, y pese a alguna duda inicial, en la muleta quiso moverse, humillar, y regalar el alma. Morante lo saludó despacio, sin mover un solo músculo, dejando que el toreo se hiciera carne en cada lance, templando el capote como si fuera de seda antigua, como si fuera una reliquia sagrada. Con la franela, el genio de La Puebla bordó el toreo clásico y natural, con la muleta muerta, sin tensión, sin aspavientos, como si el tiempo se hubiera parado, el toreo alcanzó categoría de arte. No hay adjetivo que le alcance. Un toreo sutil, sin esfuerzo, sin artificio. La muleta sin peso en la mano, muerta, casi inerte, y sin embargo viva. Los muletazos bajísimos, de una cadencia sobrenatural. Fue un trance. Una epifanía. Estocada entera, algo atravesada. Tardó el toro en caer y falló al descabello. Se pidió la oreja, pero el palco —frío e inmisericorde— no atendió el clamor. Pero aquello no fue una faena: fue un regalo eterno. Una faena de ensueño, que será recordada por quienes la vivieron, no obtuvo el premio. Madrid vio torear, y eso es mucho..
El cuarto fue otro cantar. Un toro que no quiso ni humillar ni embestir. En varas primero se negó y salió huyendo y en el segundo hizo pelea casi de bravo. Curro Javier firmó una lidia magistral de las que enseñan y dignifican intentando enseñarle a humillar, pero el toro no quiso aprender. Morante no insistió, sabedor de que no había nada que exprimir, hizo un trasteo breve y estocada con rapidez. Bronca desde los tendidos, tal vez injusta.
Talavante tuvo el lote más deslucido. Su primero, noble pero soso, se apagó en cuanto se encendía. Tras un inicio esperanzador con la muleta, se plantó y ligó hasta siete muletazos con empaque y dejó un buen natural, la faena se fue apagando. Estocada entera pero baja. Sin emoción. Su segundo fue aún menos propicio y su actitud tampoco ayudó. Fue una comparecencia sin peso.
Tomás Rufo volvia a Las Ventas con hambre. Pero la tarde se le quedó grande.se llevó otro toro con opciones: el tercero repitió y tuvo clase, pedía un sitio al que Rufo nunca llegó, el de Pepino no terminó de entenderse con él. Estuvo fuera de sitio, demasiado despegado, sin acoplarse. y aunque dejó detalles buenos, no conectó. La estocada casi entera fue lo más acertado. Estuvo claramente por debajo de su animal. Cerró la tarde con un imponente sexto de 630 kilos. Alto, manso, deslucido, salía de la muleta con la cara arriba. Rufo alargó en exceso una faena sin destino. Y cuando no hay toro ni ideas, lo mejor es abreviar. Mató feamente.
La corrida de Garcigrande fue un enigma. Irregular en presentación y comportamiento, con altibajos evidentes, dejó momentos interesantes en varas —con toros que ora huían, ora empujaban con bravura—. Los dos únicos que ofrecieron opciones fueron el primero, Seminarista, fue un buen toro y el tercero. El resto, una moneda al aire. Toros inciertos, difíciles de leer y de confiar.
Pero más allá del encierro, del acierto de unos y el desacierto de otros, lo que volvió a escocer en Las Ventas fue el criterio errático y desconcertante del palco presidencial. No es de ahora. No es nuevo. Pero se repite y duele.
Se regalan orejas de verbena cuando el viento sopla favorable, cuando los tendidos lo piden con ligereza. Y sin embargo, cuando aparece el toreo eterno, el hondo, el que hace historia, el que será recordado... entonces, no. Entonces no se concede. Hoy no se ha dado una oreja a Morante tras una de las mejores faenas de la temporada Venteña. Una de las que no se igualarán. Como tampoco se le dio, apenas veinticuatro horas antes, a Juan de Castilla, que se jugó la vida con sangre y verdad, toreando herido, roto, pero íntegro. Y el palco, otra vez, de espaldas.
Madrid merece una presidencia con sensibilidad, conocimiento y respeto. No puede vivir entre el autoritarismo altivo y el populismo sin rigor. Y el toreo, que es arte, liturgia, riesgo y gloria, no puede medirse con la misma vara que se usa para medir fuegos artificiales.
Pero pese a todo, en esta plaza y en esta fecha, quedará grabado un nombre: Morante. Porque hay tardes en que no hace falta más que un toro y un torero para justificarlo todo.
Y afortunados, sí, los que lo vieron.
Afortunados aquellos que vieron a Morante, se dirá en años futuros. Y no es exageración.
No fue una gran tarde de toros. Pero sí una tarde para guardar. Porque hubo un toro bueno. Y un torero inmortal. Y cuando se juntan, aunque sea solo una vez, la tauromaquia respira. Morante bordó el toreo, una vez más, sin gritarlo. Talavante pasó sin dejar huella. Rufo no aprovechó su ocasión. Garcigrande dejó más dudas que certezas.
Pero esa faena al primero... eso queda. Para siempre.
Reseña Final:
Morante de la Puebla: Ovación y División
Talavante: Silencio y Silencio
Tomás Rufo: Silencio y Silencio