Villaseca cerraba su Alfarero de Oro con una de esas novilladas que, antes de salir el primer toro, ya ponen al aficionado en disposición de no perder detalle. Cuadri no necesita presentación. Sus novillos, cuando vienen con el cuajo y la seriedad que traían los de esta tarde, parecen haber salido de otra plaza y de otro tiempo. Cuatro, cinco o seis años caben en aquellas caras antes de que uno se ponga a discutir el número del hierro.
Y así llegó el último capítulo del Alfarero.
Con el toro por delante.
La divisa de Celestino Cuadri presentó una novillada de magnífico trapío, muy seria, cuajada y astifina, aunque el caballo no fue terreno donde quisiera decir demasiado. La corrida tuvo, sin embargo, distintos caminos. D’Alva hubo de pelear con dos toros que no regalaban nada; Santana pagó cara su falta de oficio ante semejante material; y en medio de todo apareció Jesús de la Calzada, al que conocíamos por otras cosas y que esta tarde pareció querer presentarnos a otro torero.
Eso fue lo más interesante de la tarde.
No solamente que torease bien.
Sino cómo toreó.
João D’Alva quiso recibir al primero en los terrenos de chiqueros y allí dejó una larga cambiada limpia, de las que sirven para decirle al toro y al público que se viene dispuesto.
El de Cuadri acudió hasta tres veces al caballo, aunque sin entregarse en ninguna de ellas. Se repuchó en el peto y salió de los encuentros sin haber enseñado demasiado de lo que llevaba dentro.
D’Alva pareó con eficacia y, muleta en mano, tuvo delante un animal noble, pero tardo y de embestida poco generosa. Además, perdió las manos al comienzo del trasteo, circunstancia que tampoco ayudaba a ordenar una faena que pedía mucha precisión.
El portugués se lo llevó a los medios y buscó pronto la mano izquierda.
Había que citarle de uno en uno.
Quería distancia el novillo y no admitía con facilidad la proximidad. D’Alva lo intentó llevar ligado, pero el toro no estaba por la labor de regalar tandas. De cuando en cuando apareció el natural largo, bajo, bien llevado, pero siempre como hallazgo aislado dentro de una faena que costaba construir.
Y luego vino el susto.
Al entrar a matar, D’Alva pinchó quedándose demasiado en la cara. El novillo hizo por él con saña y lo buscó en el suelo. Por fortuna, todo quedó en el sobresalto.
La estocada posterior fue atravesada, contraria y perpendicular, y hubo que echar mano del verduguillo.
Silencio tras aviso.
El cuarto habría de exigirle todavía más.
Salió con otra condición. Fue haciéndose dueño de la querencia, orientándose y aprendiendo cuanto ocurría a su alrededor hasta convertirse en un animal de enorme compromiso. Venía rebrincado, soltando la cara y buscando al torero con una mala intención que no permitía el menor descuido.
Por el izquierdo todavía había alguna posibilidad si se le tomaba muy claro.
Por el derecho, en cambio, rebañaba hacia dentro.
D’Alva estuvo firme. Muy firme.
No se apartó de aquel problema, aunque matar se convirtió en otra historia. Pinchó repetidas veces y terminó atascándose con el descabello.
Fue una tarde sin premio, pero no sin valor.
Porque delante de determinados toros el mérito no siempre cabe en una oreja.
Y entonces apareció Jesús de la Calzada.
Hasta esta tarde conocíamos en él un torero de valor extraordinario, de esos que no suelen hacer demasiadas preguntas cuando llega la hora de ponerse. Había también en su concepto cierto gusto por el efecto, por el gesto fuerte, por el toreo que busca más la impresión que el silencio.
Pero esta tarde hubo otra cosa.
Como si hubiese quitado ruido de su toreo.
Como si hubiese encontrado dentro de sí una música nueva.
Al segundo lo recibió con unas verónicas de mucho temple y lo remató con una media a pies juntos de las que ya anunciaban que aquello iba a caminar por otro sitio.
Brindó al público.
Y comenzó a torear.
Trincherillas, pases de la firma, muletazos por bajo. Todo hecho sin prisa, con ese relajo que solamente aparece cuando el torero ha decidido que no necesita demostrar nada.
Después llegó la izquierda.
Y llegó el toreo.
El de Cuadri tenía una humillación extraordinaria, de esas que hacen bajar la mano sin que nadie tenga que pedirlo. Noble, pronto, con ritmo y con una clase que no parecía propia de la divisa que llevaba en los costillares.
De la Calzada la aprovechó.
Naturales de mano baja, largos, muy largos, corriendo la tela hasta donde la embestida permitía. Y, sobre todo, una manera de quedarse colocado y esperar el tiempo preciso entre muletazo y muletazo.
Aquello no era el De la Calzada de otras tardes.
Había verticalidad.
Había empaque.
Había mando sin aspaviento.
Hubo un desarme en una trincherilla que se quedó dormida, pequeño borrón dentro de una labor que encontró inmediatamente su cauce.
Y entonces llegó la tanda.
La gran tanda.
Naturales ligados con una verticalidad extraordinaria, la muleta abajo y el toro recorriendo el viaje entero. Sin atropellar la embestida. Sin correr detrás del toro. Esperándolo.
Toreándolo.
Después de semejante pasaje fue a por la espada, pero todavía quiso regalar otra tanda de categoría.
Parecía que la faena tenía ya la puerta abierta.
Y entonces apareció el acero.
Pinchazo feo.
Estocada haciendo guardia.
Y adiós al gran triunfo.
Hay tardes en que la espada perdona poco.
Esta no perdonó nada.
No se puede matar tan mal habiendo toreado tan bien.
Villaseca volvió a quedarse con una faena de peso reducida en los papeles por culpa de los aceros.
Pero el toreo había quedado allí.
Y eso no lo borra una mala espada.
El quinto fue el que acudió al caballo con mayor fijeza, aunque tampoco hizo de la pelea una exhibición de bravura.
De la Calzada volvió a ponerse en su sitio.
Siempre buscando la colocación, siempre procurando el pitón contrario para encauzar la embestida de un animal algo tardo y que no regalaba el viaje.
La faena fue creciendo poco a poco.
Sin alharacas.
Sin buscar el aplauso fácil.
Hasta que, ya en los compases finales, encontró la tanda que necesitaba.
Allí volvió a aparecer ese nuevo De la Calzada que habíamos descubierto con el segundo: asentado, vertical, paciente y con la muleta puesta donde debía estar.
Pinchó arriba.
Después dejó una buena estocada.
Y esta vez sí.
Una oreja.
Una oreja de ley.
No tanto por el número como por la manera de conseguirla.
El tercero tardó una eternidad en salir de chiqueros.
Cuando finalmente apareció, aquello no parecía ya un novillo sino un toro hecho y derecho, muy cuajado, con unos cuartos traseros imponentes y una seriedad que imponía respeto desde lejos.
No quiso facilitar las cosas.
Buscó las tablas, se defendió con aspereza y fue enseñando poco a poco que aquella tarde podía convertirse en un verdadero calvario para quien no trajera oficio suficiente.
Antonio Santana lo pagó.
Recién llegado al escalafón con caballos, tenía delante un animal que pedía una firmeza y una experiencia que todavía no podía tener.
Y hubo un momento especialmente comprometido.
Al colocar al novillo en el caballo perdió pie y quedó a merced del animal. El de Cuadri hizo por él y solamente por fortuna la cosa no pasó a mayores.
En banderillas el novillo siguió buscando su querencia.
Y entonces apareció Iván García.
Dos pares extraordinarios.
El segundo, especialmente, fue de los que justifican por sí solos una tarde de banderillas: dando ventajas al animal en la mismísima querencia, esperando su arrancada y aguantando la presión hasta clavar.
La plaza se puso en pie.
Aquello fue estratosférico.
Iván García saludó.
Santana, mientras tanto, hubo de enfrentarse a un animal que no estaba hecho para la bisoñez. Se mostró voluntarioso, quiso resolver, pero el toro exigía más de lo que razonablemente podía ofrecer quien apenas comienza a caminar por estas plazas.
Costó mucho acabar con él.
Y la espada terminó de convertir el trago en calvario.
El sexto tuvo otra condición. Fue un toro encastado al principio, pero acabó rajándose hasta desaparecer prácticamente de la pelea.
Santana consiguió robarle algún muletazo estimable.
No mucho más.
Y otra vez los aceros pusieron el punto final de una actuación que tuvo más voluntad que oficio.
Silencio.
Y así terminó este Alfarero de Oro.
Villaseca ha vuelto a demostrar que aquí el novillo no es un simple acompañante del cartel. Aquí se viene a examinarse delante del toro.
Y eso tiene un precio.
D’Alva pagó el suyo frente a dos animales que no regalaron absolutamente nada. Tuvo firmeza, disposición y valor, pero la espada terminó de cerrar una tarde sin recompensa.
Santana pagó quizá el precio más alto: el de llegar demasiado pronto a una plaza donde el toro no espera a que el torero aprenda. La valentía puede poner a un hombre delante de un Cuadri. El oficio es lo que le permite salir de allí toreándolo.
Y luego estuvo De la Calzada.
Lo verdaderamente distinto de la tarde.
Porque no solamente cortó una oreja.
Se reinventó.
Apareció un torero más sereno, más vertical, más templado. Un torero que dejó por momentos de buscar el efecto para buscar la hondura. Y cuando encontró la izquierda del segundo, aquello tuvo categoría grande.
La espada le quitó el premio que merecía.
Pero no pudo quitarle la faena.
Y quizá sea ésa la mejor noticia para Jesús de la Calzada después de esta tarde: haber descubierto que detrás del valor que ya conocíamos había también un torero capaz de quedarse quieto, esperar al toro y dejar correr la muleta hasta que el tiempo pareciese detenerse.
Villaseca cerró su Alfarero.
Y, entre la dureza de Cuadri y el hierro de la espada, De la Calzada dejó escrito algo más importante que una oreja: que quizá acabamos de conocer al torero que llevaba dentro.