Septiembre tiene para el aficionado una virtud que difícilmente puede comprender quien vive pendiente del calendario laboral: cuando para muchos se acaban las vacaciones, para nosotros empieza una de las épocas más hermosas del año. Se despide agosto y el campo taurino comienza a llenarse de citas, de ferias y, sobre todo, de novilladas. Entre todas ellas hay una que ha sabido ganarse un lugar propio, a fuerza de tiempo, seriedad y afición: el Alfarero de Oro de Villaseca de la Sagra.
La vigésimo sexta edición abrió sus puertas con seis novillos de Ana Romero de notable presencia, astifinos y muy por encima de lo que suele exigirse en tantos ruedos. Hubo nobleza, hubo materia para torear y hubo momentos de interés, pero faltó aquello que convierte una embestida en una verdadera prueba para quien se pone delante: la casta. La divisa, especialmente el pasado año, había ofrecido otra cara en la plaza de Villaseca, con mayor exigencia y más pelea en los caballos. Esta vez, salvo detalles, se quedó a medio camino.
Entre la terna hubo dos maneras muy distintas de afrontar la tarde. Jesús Romero sufrió más de lo que toreó; Sergio Rollón dejó una faena de mucha calidad que el acero se encargó de oscurecer; y Ruiz de Velasco, con un concepto cada vez más definido, volvió a demostrar que el natural puede seguir siendo una declaración de principios.
El primero fue para Jesús Romero. Un novillo que se movía con cierta cadencia, pero al que le faltaba aquello que hace que una embestida llegue de verdad al tendido. Desde el capote dejó claro que no quería entregarse por abajo y en la muleta esa condición se fue haciendo cada vez más patente.
Romero no terminó de encontrar la medida de la faena. Hubo demasiada extensión y poca arquitectura, y aquello terminó por diluirse entre pases que no encontraron una razón clara. Sobre la derecha aparecieron algunos muletazos de buen trazo, llevando al cárdeno con limpieza y cierta largura. La izquierda, en cambio, descubrió el verdadero rostro del novillo.
Y allí llegó el susto.
El animal hizo por él y lo volteó de manera escalofriante. Por fortuna, la cornada no llegó a escribirse donde podía haberlo hecho. Una de esas veces en que la plaza contiene el aliento y agradece que el destino haya decidido mirar hacia otro lado.
Todavía quedaba otra voltereta.
Al entrar a matar, Romero volvió a ser prendido con violencia. Segundo aviso de una tarde que parecía empeñada en jugar con el corazón del novillero. Después llegó el bajonazo y con él terminó una labor que nunca llegó a asentarse.
El cuarto fue otra historia en cuanto a presencia. Diferente de hechuras y de pelo, parecía reunir por edad lo que le faltaba de aspecto novilleril. Un animal serio, armado hasta arriba, que en banderillas enseñó pronto las malas intenciones: cortaba el viaje, esperaba y sembraba el ruedo de peligro.
Pero la amenaza del novillo no encontró respuesta en una faena que se hizo demasiado larga y demasiado espesa. Romero volvió a quedar perdido en un trasteo de muchos pases y poco contenido, mientras el de Ana Romero se distraía continuamente y mostraba una alarmante falta de casta. El acero, esta vez, resolvió con eficacia mediante una buena estocada.
Sergio Rollón recibió al segundo, otro novillo muy serio, con dos pitones que parecían más propios de un toro hecho que de un utrero. El derecho, además, tenía auténtica condición de navaja barbera.
Comenzó Rollón con ayudados por alto y una trincherilla de exquisita factura. Parecía necesitar unos minutos para quitarse de encima las prisas del comienzo, pero fue encontrando su sitio poco a poco. Y cuando se asentó, apareció el torero.
La faena creció desde la tranquilidad. Rollón fue descomponiendo el desorden inicial hasta encontrar la zurda y, con ella, una manera de torear que tuvo mucho de natural y poco de impostado. El novillo no terminó nunca de humillar, pero el novillero supo presentarle la muleta, dejarle venir y alargar la embestida todo cuanto permitían sus condiciones.
Hubo naturales de verdadero gusto.
La obra, que había ido ganando altura sin necesidad de levantar la voz, se vino abajo al final con un bajonazo impropio de lo que se había construido.
Ante el quinto volvió a encontrarse con un animal noble, aunque extremadamente justo de fuerzas. Aquella falta de poder se traducía en continuas protestas, soltando la cara al final de los muletazos y dificultando la ligazón.
Rollón volvió a mostrarse especialmente firme con la izquierda, más ajustado y más dueño de los tiempos que en su primero. Supo esperar y medir cada arrancada, pero esta vez la espada tampoco quiso acompañar. Tres pinchazos arriba antes de una estocada trasera terminaron de cerrar una tarde en la que el torero había puesto mucho más de lo que el resultado reflejó.
Y entonces apareció Ruiz de Velasco.
Ya en las verónicas al tercero se intuía que había otra disposición. El novillo le buscó en el capote, le puso la zancadilla y terminó volteándolo con una violencia que hizo temer lo peor.
Tercer susto serio de la tarde.
La fortuna volvió a ponerse del lado del hombre.
El animal apenas se empleó en el caballo y José Manuel Mas dejó una actuación de mucho mérito con los palos, saludando después de parear con notable solvencia.
Pero lo importante estaba por venir.
Ruiz de Velasco entendió que aquel novillo no se podía mandar a voces ni exigirle más de lo que tenía. Había que convencerlo. Y lo hizo desde el mimo, desde la colocación y desde una planta que no se movió de donde debía.
Poco a poco fue cambiando la embestida.
Donde había nobleza sin demasiado fondo, el novillero puso temple. Donde faltaba entrega, puso paciencia. Y donde el animal no terminaba de descubrir sus posibilidades, Ruiz de Velasco las fue sacando una a una.
La zurda tuvo categoría.
Naturales largos, limpios, de bella composición y con una personalidad que empieza a distinguirle. No hubo aquí toreo de catálogo, sino una manera propia de entender el muletazo, con el cuerpo asentado y la embestida viajando donde mandaba la muleta.
El remate a pies juntos, trayéndose al novillo detrás de la cadera, tuvo la categoría de lo que se hace sin necesidad de adornarlo.
Y luego llegó la espada.
Un volapié ejecutado con precisión, enterrando el acero arriba, puso el broche que la faena necesitaba.
Una oreja.
De las que pesan.
El sexto tuvo otro color. Ruiz de Velasco decidió hacer toda la faena con la montera calada, en una estampa de sabor antiguo que encajaba perfectamente con la personalidad que venía mostrando.
Volvió a insistir por naturales, esta vez con mayor sentido del compás, cargando la suerte y ofreciendo el pecho con una suavidad extraordinaria. El novillo tenía un recorrido corto y no tardó en quedarse sin combustible. Terminó completamente desentendido, buscando cualquier cosa menos la muleta y mirando más hacia arriba que hacia el torero.
La muerte se convirtió entonces en una tarea incómoda.
Pinchazo, enhebrando después, y media estocada para acabar con el sexto.
No hubo premio.
Pero sí quedó algo más importante: la sensación de haber visto a un novillero que sabe por dónde quiere caminar.
Plaza de Toros La Sagra, Villaseca de la Sagra (Toledo). Primera de abono del XXVI Alfarero de Oro. Jueves 3 de septiembre de 2026. Media plaza.
Novillos de Ana Romero: muy bien presentados y astifinos, con un conjunto de predominante nobleza y juego variado. Tuvieron interés, especialmente los tres primeros, pero faltó la casta y la exigencia que esta ganadería había mostrado en Villaseca el año anterior. La segunda mitad tuvo menor entrega y escaso fondo.
Jesús Romero, blanco y plata con los cabos negros: palmas y silencio tras aviso.
Sergio Rollón, verde esperanza y oro: ovación tras leve petición y silencio.
Ruiz de Velasco, purísima y oro: oreja y silencio tras aviso.
Notas: antes de comenzar el festejo se guardó un minuto de silencio en memoria de Jesús Esteban, seguido de la interpretación del Himno Nacional de España. José Manuel Mas saludó una ovación tras parear al tercero.
Villaseca volvió a abrir septiembre con una novillada de esas que, por presencia, recuerdan al aficionado que todavía existen plazas donde el utrero conserva su seriedad. Ana Romero puso los pitones, la nobleza y cierta materia; faltó, sin embargo, aquella casta que convierte el ruedo en una verdadera prueba.
Jesús Romero vivió una tarde marcada por dos volteretas que pudieron tener consecuencias mucho más graves. Sergio Rollón dejó seguramente el toreo más asentado de sus dos actuaciones, especialmente con la mano izquierda, pero se marchó sin premio por culpa del acero.
Ruiz de Velasco fue otra cosa.
No necesitó un novillo extraordinario para enseñar un concepto que sí parece extraordinario en ciernes. Lo hizo desde la paciencia, la colocación, el temple y, sobre todo, desde una manera de entender el natural que merece ser seguida.
Porque en Villaseca no basta con ponerse delante.
Aquí, tarde o temprano, hay que demostrar que se sabe para qué.