Hay tardes en las que el novillero tiene que demostrar que sabe torear. Y hay otras, bastante más difíciles, en las que primero tiene que demostrar que sabe sobrevivir a lo que tiene delante.
La segunda jornada del Alfarero de Oro perteneció a estas últimas.
Pedraza de Yeltes, ganadería que por hechuras volvió a recordar desde el primer momento su seriedad habitual, mandó a Villaseca seis novillos de mucha caja, zancudos y con la estampa propia de la casa. Pero la apariencia volvió a quedarse por delante del contenido. La corrida tuvo en los primeros tercios algunos apuntes de bravura, especialmente en los dos primeros, pero el castigo del caballo terminó de desnudar una realidad difícil de ocultar: llegaron a la muleta sin poder, sin fuerza y, en varios casos, sin apenas vida.
Un contrasentido doloroso en una plaza como Villaseca, donde la exigencia de los dos puyazos forma parte de su propia identidad. Porque exigir la suerte de varas es una cosa; mantenerla a cualquier precio cuando el animal ya ha demostrado una invalidez manifiesta es otra. La vara sólo tiene sentido cuando delante hay un animal capaz de responder.
Con semejante panorama, la terna quedó condenada a buscar petróleo en un terreno prácticamente seco.
Martín Morilla dejó detalles de ese gusto fino que ya le distingue, aunque delante tuvo poco más que hacer que enseñar la muleta. Simón Andreu alternó momentos de mayor asentamiento con otros en los que le faltó decisión y terminó creciendo cuando encontró al mejor novillo de su lote.
Y luego estuvo El Mene.
Los que habían decidido darlo por amortizado tendrán que esperar.
Porque el zaragozano no encontró una corrida que le permitiera torear: tuvo que inventársela. Dos veces. Primero frente a un animal sin fuerzas ni emoción; después ante otro áspero, desclasado y con la cara siempre dispuesta a buscarle. Y en ambas ocasiones dejó una impresión de madurez, elegancia y personalidad que ya no parece propia de quien todavía espera el paso de la alternativa.
El primero salió con una estampa importante, alto, fuerte y bien armado. Bastó que El Mene lo llevara en el capote para descubrir que aquella fachada escondía poco dentro. El animal se vencía de manos con una facilidad alarmante y confirmó su invalidez al entrar y salir del caballo.
Dos puyazos por Villaseca, sí.
Pero ninguna pelea.
El novillo llegó a la muleta completamente disminuido y con una condición descastada que convertía cualquier intento de emoción en una tarea casi imposible. El Mene entendió pronto que no podía exigirle. Había que mantenerlo vivo.
Comenzó a media altura, trazando los muletazos con limpieza y sin apretar una embestida que apenas podía sostenerse. Y ahí empezó a aparecer el torero.
Sin prisas. Sin movimientos innecesarios. Con una naturalidad en las formas que llamaba la atención incluso cuando el toro no daba absolutamente nada.
Los naturales fueron llegando de uno en uno, a pies juntos, con el pecho ofrecido y la muleta limpia, sin tocar al novillo más de lo imprescindible. Había en aquella manera de estar delante una elegancia poco común, una sensación de seguridad y conocimiento que hacía olvidar por momentos la pobreza del animal.
Pero aquello carecía de emoción.
Y cuando no hay toro, por mucho que el torero quiera, el tendido no puede inventar lo que falta.
Al final, El Mene cerró la faena con una estocada de ejecución perfecta.
El cuarto le planteó una papeleta completamente distinta.
Más que colaborar, aquel novillo parecía empeñado en discutir cada muletazo. Áspero, sin clase, soltando la cara con violencia y poniendo constantemente en evidencia sus malas intenciones.
Aquí ya no bastaba el gusto.
Hacía falta autoridad.
Y El Mene la tuvo.
Fue ganando terreno a fuerza de colocación, paciencia y una perseverancia que terminó por imponerse a los defectos del animal. No se dejó descomponer por los derrotes ni buscó caminos fáciles. Fue tapando al novillo hasta que, de repente, aparecieron cuatro naturales de una categoría extraordinaria.
Cuatro.
Pero suficientes para explicar muchas cosas.
El torero, erguido, asentado, con una madurez impropia de su condición de novillero, consiguió llevar la embestida detrás de la cadera y gobernarla con una suavidad que contrastaba con la aspereza del animal.
Hubo empaque.
Hubo poder.
Y hubo temple.
Por momentos recordó, salvando todas las distancias, a aquella majestuosidad serena de Julio Robles. Un piropo enorme, pero la tarde lo permitió.
La espada, en cambio, no quiso colaborar.
Y lo que podía haber terminado en un trofeo de verdadero peso quedó reducido a una ovación tras aviso.
El Mene salió de Villaseca sin cortar orejas.
Salió, sin embargo, con algo bastante más difícil de conseguir: crédito.
Martín Morilla recibió al segundo con gusto y después comenzó su faena llevando al animal hacia los medios con torería. Antes, el de Pedraza había pasado dos veces por el caballo dejando en ambas buena parte de las fuerzas que ya traía justas. El varilarguero castigó más de lo que convenía y el novillo lo pagó después.
Morilla brindó al público y buscó desde el comienzo las mejores condiciones de su oponente.
Las encontró con cuentagotas.
El animal no tenía prácticamente poder para acometer y cuando conseguía arrancar lo hacía con la cara arriba, sin entrega y sin recorrido. Un marmolillo vestido de cárdeno.
Morilla puso voluntad, puso gusto y dejó alguna pincelada de su concepto, pero no había materia suficiente para construir una faena. La nobleza del torero no podía sustituir la vida que faltaba al novillo.
Una estocada algo desprendida y fulminante puso punto final.
El quinto no fue mucho mejor.
Tenía mejores hechuras para el toreo y cierta calidad, pero arrastraba una falta de gas todavía más evidente. Cada esfuerzo parecía costarle un mundo y cuando protestaba lo hacía soltando la cara, sin terminar de entregarse.
Morilla volvió a comportarse con dignidad.
No quiso engañar al toro ni engañarse a sí mismo. Fue sacando muletazos de buen dibujo por ambos lados, aprovechando cada pequeña posibilidad y dejando que apareciera ese concepto refinado que posee.
Pero una faena necesita dos.
Y allí sólo había uno.
El acero, además, terminó por atascarse y dejó sin relieve el final de la actuación.
Simón Andreu encontró en el tercero un novillo con algo más de movilidad. No era un dechado de casta, pero tenía prontitud, nobleza y un tranco que pedía ser aprovechado.
Andreu no terminó de verlo.
Le faltó ese punto de determinación que permite que una embestida se convierta en una faena ligada. Dejó pasar demasiado tiempo entre muletazo y muletazo, perdió terreno con frecuencia y acabó construyendo una labor de pases sueltos, limpia en la ejecución pero desordenada en su planteamiento.
El novillo pedía que le dejaran la muleta delante.
Pedía exigencia.
Pedía continuidad.
Y aquello no terminó de llegar.
Sí apareció, en cambio, una zurda que merece ser observada. Los naturales fueron lo más estimable de una faena que por momentos cayó en la vulgaridad y que nunca encontró el ataque definitivo para prender en los tendidos.
El novillo se fue apagando mientras Andreu buscaba una conexión que nunca llegó.
Estocada algo desprendida.
Silencio.
Con el sexto cambió la actitud.
Y, mientras duró el novillo, también cambió la tarde de Andreu.
El de Pedraza salió con más nobleza, mejor clase y un ritmo bastante más agradecido. El novillero comenzó con buen pie y consiguió ligar las primeras tandas por la derecha.
Le faltó todavía un punto de mando.
Acompañó más de lo que sometió.
La faena tenía intensidad, pero no demasiado ajuste, hasta que el animal se quedó sin fuelle demasiado pronto y aquello que empezaba a tomar forma se vino abajo.
Esta vez, al menos, Andreu mostró la determinación que se había echado de menos en su primero.
Mató de una estocada por derecho.
Plaza de Toros La Sagra, Villaseca de la Sagra (Toledo). Segunda de abono del XXVI Alfarero de Oro. Viernes 4 de septiembre de 2026. Más de media plaza.
Novillos de Pedraza de Yeltes: bien presentados, zancudos y con mucha caja, fieles al tipo de la ganadería. Los dos primeros mostraron bravura en varas, aunque llegaron a la muleta completamente faltos de poder. El tercero tuvo prontitud y buen tranco, aunque escaso de raza. El cuarto fue áspero, desclasado y complicado. El quinto tuvo nobleza y cierta calidad, pero una alarmante falta de fuerzas. El sexto fue el de mejores condiciones, con nobleza, clase y prontitud.
El Mene, tabaco y oro: silencio y ovación tras aviso.
Martín Morilla, nazareno y oro: silencio y silencio.
Simón Andreu, rosa palo y oro: silencio y silencio.
Notas: tras finalizar el paseíllo se interpretaron los acordes del Himno Nacional de España.
Pedraza de Yeltes volvió a llenar el ruedo de Villaseca de presencia, pero esta vez no consiguió acompañarla de la casta y la fuerza necesarias. Dos novillos mostraron pelea en el caballo para llegar después exhaustos a la muleta, y el resto ofreció posibilidades muy desiguales.
Morilla dejó el aroma de su concepto allí donde el toro permitió apenas unas pinceladas. Andreu enseñó una zurda interesante y terminó más decidido con el sexto.
Pero el nombre propio de la tarde fue El Mene.
Porque cuando delante no hay toro, el torero puede esconderse detrás de la circunstancia o intentar salvarla.
Él escogió lo segundo.
No tuvo materia prima para construir dos faenas.
Las construyó de la nada.
Y quizá ésa sea, precisamente, una de las mejores maneras de saber si un novillero empieza a dejar de ser promesa para convertirse en torero.