Tiene el toreo, entre sus muchas grandezas, una condición que no admite discusión: la de sorprender cuando menos se espera. Se llega a la plaza con unos nombres en la cabeza y, a veces, se sale de ella llevando otro distinto en la memoria. Así fue la tarde de La Sagra.
La afición había puesto sus ojos en Emiliano Osornio y en Manuel Quintana, novillero éste al que se aguardaba con particular interés por el refinamiento de su concepto. Y Quintana dio razón de ello con una entrega que no conoce medida. Pero la desgracia quiso que aquella entrega tuviera su precio: herido en el tercero, no pudo volver a pisar el ruedo. Mucha fuerza, torero.
Y, sin embargo, al abandonar los tendidos, las conversaciones no iban por donde habían comenzado. Había un nombre que se repetía una y otra vez: Jorge Hurtado.
Semidesconocido para muchos al entrar en la plaza, dejó de serlo para todos al salir. Sin espada y con una vuelta al ruedo por testimonio, el joven novillero había firmado una de esas tardes que no necesitan de un trofeo de papel para quedar apuntadas en la memoria.
Ayudó, y mucho, el encierro de Conde de Mayalde. Novillada seria, de buen cuajo y notable expresión, desigual en sus hechuras pero pareja en interés. Hubo nobleza, hubo temperamento, hubo animales encastados y, sobre todo, hubo materia para que los muchachos tuvieran que decir algo delante de ellos. El segundo y el tercero, particularmente, dieron una medida importante de su condición en el caballo.
Y fue precisamente ante el segundo donde comenzó a dibujarse el nombre de Hurtado.
Poco se sabía de él. Poco, acaso, hasta que salió el novillo y hubo que ponerse delante.
El de Mayalde era animal de mucho temperamento, de los que no conceden el terreno alegremente. Empujó con los riñones, hundió la cara en el peto y mostró una fijeza y una viveza que hacían de cada muletazo una cuestión seria. No era novillo para andarse con contemplaciones.
Hurtado apareció vertical, con un aire de torero que no se improvisa. Le faltaba poso, naturalmente; nadie llega hecho de la noche a la mañana. Pero allí donde faltaba oficio puso decisión. Midió las distancias, buscó los terrenos y se dejó ver sin volver la cara.
Fue por la izquierda donde encontró la llave del animal. Los naturales, buscados uno a uno, tuvieron colocación y hondura, rematados por abajo y enlazados con cambios de mano de muy buen aire. No acabó de cuajar la faena, que tuvo sus lógicos altibajos, pero tampoco sería justo pedirle al muchacho, en su primera comparecencia importante, lo que a tantos toreros hechos y derechos se les niega.
La espada no quiso acompañarle.
Quedó, con todo, la impresión de que allí había materia.
Y la tarde aún guardaba la sorpresa.
Salió el quinto y con él Chorlito, novillo de hermosa condición que cumplió en varas y que habría de convertirse en compañero de una de las faenas más interesantes de la feria. José Germán puso dos pares de banderillas de esos que levantan al público de su asiento y dejan al subalterno escrito en la tarde. La plaza se vino arriba y Hurtado brindó.
Comenzó el trasteo con torería.
Chorlito seguía los vuelos con codicia, humillaba y dejaba abajo la cara al rematar. Había allí una embestida para saborear despacio. Hurtado tuvo primero que corregir los enganchones propios de quien todavía está haciéndose, pero fue creciendo con el novillo y, cuando encontró la distancia, la faena tomó otro rumbo.
La izquierda puso las cosas en su sitio.
Citó con suavidad, embarcó la embestida y la llevó cosida en naturales largos, templados, sin prisa. El novillo obedecía y el novillero empezaba a mandar. Cada tanda parecía un poco más reposada que la anterior; cada natural ganaba terreno y altura.
Y entonces apareció el toreo antiguo.
El de siempre. El que no necesita aspavientos ni carreras. El que se hace erguido, con el pecho por delante y el muletazo gobernado desde el principio hasta el remate. Toro y torero fueron entrando en una misma cadencia hasta que el ruedo pareció olvidarse de todo lo demás.
Aquello tuvo aroma de toreo de toda la vida.
La espada, en cambio, se empeñó en escribir otra historia. Vinieron los pinchazos, uno detrás de otro, y con ellos se escapó cualquier posibilidad de premio mayor. Chorlito recibió, no obstante, la vuelta al ruedo, y Hurtado dio otra, clamorosa, mientras la plaza reconocía lo que el acero había querido ocultar.
No hubo oreja.
Hubo algo más difícil de conseguir: una tarde que hizo que al salir de la plaza se hablara de un torero al que muchos ni siquiera conocían al entrar.
Osornio había tenido que vérselas con un primero noble hasta la médula, pero falto de fuerzas desde el principio. Ya en el capote acusó la debilidad con una voltereta y, después, las pérdidas de manos ante el caballo acabaron de denunciar lo que el animal llevaba dentro. El mexicano quiso poner orden donde apenas había fondo y dejó muletazos de muy buena factura, particularmente por naturales, de esos que se miran más que se cuentan. Pero al otro lado no había toro para transmitir.
Mató bien.
El cuarto tenía otras hechuras. Novillo con clase, con cierta intención de humillar, pero sin el motor necesario para sostener lo que apuntaba. Osornio volvió a mostrar la limpieza de su concepto, aunque la falta de fuerza del animal puso techo a la faena. Media estocada y descabello.
Y hubo de volver a la cara del sexto.
Quintana ya no podía salir.
Mientras sonaban los acordes de la jota, Osornio recibió al castaño con unas verónicas de mentón hundido y entrega absoluta, ganándole los terrenos a unas embestidas francas. Después del caballo volvió a lucirse en un quite de buen aire. Fue, acaso, el momento más brillante de su actuación.
Con la muleta hubo que trabajar de otra manera. El novillo, más áspero y descompuesto, pedía oficio, cabeza y resolución. Osornio no se dejó ganar la partida y resolvió con claridad, aunque sin encontrar el vuelo de los primeros compases. El acero quedó algo trasero.
Antes, el tercero había puesto a prueba a Manuel Quintana.
Era novillo de imponente presencia, bien hecho y astifino, de esos que se anuncian desde lejos. Y el cordobés comprendió pronto que aquello no era faena de trámite.
Hubo que tragar, y Quintana tragó.
Plantó los pies, midió al animal y compuso un trasteo limpio, inteligente, de quien sabe lo que tiene delante. Por la derecha llegaron los pasajes de mayor autoridad. El pitón izquierdo exigía más y, al probarlo, se produjo el desajuste.
El de Mayalde vio el hueco.
Hizo por el torero y soltó el derrote.
En principio pareció que la cosa no había pasado de un susto. La plaza siguió su curso. Pero la cornada estaba dentro: quince centímetros.
Quintana ni se miró.
Volvió a la diestra como si el cuerpo no fuese suyo, buscando un toreo más reposado, erguido y poderoso con el que poner orden en aquella marejada. Había que dominar al animal y, sobre todo, había que demostrar que la herida no mandaba todavía.
Se atascó con la espada.
Después ya no pudo continuar. La tarde, que había comenzado con unos nombres señalados en el cartel, terminaba dejando otros dos en la memoria: uno por la desgracia y el valor; el otro, por haber irrumpido en La Sagra como irrumpen las cosas verdaderamente importantes, sin pedir permiso.
Jorge Hurtado llegó casi de incógnito.
Se fue con la plaza hablando de él.
Y eso, en los toros, vale mucho.
Plaza de Toros de La Sagra, Villaseca de la Sagra (Toledo). Tercera de abono del XXVI Alfarero de Oro. Sábado, 5 de septiembre de 2026. Tres cuartos de entrada.
Novillos de Conde de Mayalde, bien presentados, serios, con expresión y cuajo. De juego variado, pero de notable interés. Noble e inválido el primero; encastado, temperamental y exigente el segundo; muy encastado el tercero; de buena condición, aunque venido a menos, el cuarto; extraordinario el quinto; algo descompuesto el sexto.
Emiliano Osornio, de rioja y azabache: silencio, silencio tras aviso y silencio en el sexto, lidiado por Manuel Quintana.
Jorge Hurtado, de blanco y plata con cabos negros: ovación y vuelta al ruedo.
Manuel Quintana, de blanco y plata: ovación tras aviso y herido.
Se interpretaron los acordes del Himno Nacional de España al finalizar el paseíllo.
Manuel Quintana resultó herido durante la faena al tercero por una cornada interna de quince centímetros, lo que le impidió intervenir en el sexto.
Óscar Reyes y José Manuel Mas saludaron tras banderillear al tercero. José Germán hizo lo propio en el quinto.
Chorlito, lidiado en quinto lugar, recibió la vuelta al ruedo.