Hay tardes en que el novillo concede; otras, en cambio, obligan al torero a ganarse hasta el último muletazo. La de Villaseca fue de estas últimas. Alcurrucén puso sobre la arena una novillada de excelente presencia, seria hasta la exageración y astifina como mandan los cánones, con hechuras en algunos ejemplares que no desmerecían de un toro hecho. No fue ganado para el lucimiento fácil. Hubo aspereza, bronquedad y muchas embestidas que exigieron al hombre ponerse en su sitio. Sólo el tercero quiso hablar otro idioma.
Y delante de aquello hubo tres muchachos dispuestos a contestar.
Abrió la tarde López Peregrino con un novillo cuajado, largo de armas y generoso de pitones, que salió con la fiereza y la codicia que anunciaba su estampa. El jerezano lo condujo hacia los medios con dominio, antes de que el animal derribase en el primer encuentro con el caballo y acudiese después con celo al segundo, aunque ya dejando entrever que el castigo empezaba a pasarle factura.
No era enemigo para andarse con contemplaciones.
Peregrino quiso torear de frente, ofreciendo el pecho, buscando la pureza y sin esconderse detrás de la muleta. Pero el de Alcurrucén, móvil aunque áspero y descompuesto, cabeceaba dentro de los vuelos y no terminaba de entregar la embestida. A la dificultad del animal se sumó su falta de fortaleza y los enganchones fueron casi inevitables.
Quiso el torero poner punto final desde los medios, entrando derecho y con decisión. El primer acero no encontró camino franco; el segundo sí hizo mella y allí terminó una faena que tuvo más mérito del que alcanzó a reconocer el tendido.
El cuarto era ya otra cosa desde que apareció por la puerta de toriles.
Imponente, ofensivo de pitones y con esa seriedad que obliga a mirar dos veces. Peregrino dejó una media de mucha torería en el saludo, aunque el animal no se mostró dispuesto a regalar nada.
Y entonces llegó uno de los grandes momentos de la tarde desde el caballo.
Juan Melgar picó en la mismísima yema a un novillo que acudía con la cara alta, a la defensiva y sin poner las cosas sencillas. Fue una vara de picador de los que todavía entienden que el caballo no está en la plaza para decorar el tercio. De las que se ven pocas veces y conviene recordar.
El novillo se orientó después en banderillas.
Peregrino no se arredró.
Fue construyendo la faena poco a poco, con tesón y autoridad, siempre por encima de una embestida seca, que no quiso humillar ni regalar un paso. Y allí, donde otros habrían desistido, apareció el torero de sabor antiguo: a pies juntos, especialmente al natural, dejando muletazos de ese aire sevillano que parece venir de muy lejos, aunque quien los ejecutaba hubiese nacido en Jerez.
Hubo suavidad, hubo empaque y hubo mando.
No fue faena para el estrépito. Fue faena para el aficionado. De esas que quizá no levantan una plaza, pero hacen que el que sabe de qué va esto se incline hacia delante en el tendido.
Entró a matar con toda la rectitud posible y cobró una estocada muy baja, sufriendo además una voltereta sin consecuencias. La ovación reconoció, al menos, lo que había tenido de torero la labor.
El segundo fue un berrendo en cárdeno precioso de lámina y de armas considerables. Abanto y con querencia a las tablas durante las banderillas, midió pronto a Juan Alberto Torrijos.
Filipe Gravito se encargó de que el tercio no pasara inadvertido. Dos pares de enorme exposición, jugándose el sitio de verdad, pusieron a la plaza en pie y le llevaron a saludar.
Después vino lo serio.
Torrijos tuvo delante un novillo que miraba, se paraba y exigía una respuesta inmediata. No admitía dudas. El cordobés permaneció firme como una estaca, buscando siempre el pitón contrario y provocando la arrancada con los vuelos. Hubo que llegarle, y le llegó.
No era faena para esconderse.
Torrijos fue ganando terreno a base de valor hasta conseguir hilvanar, ya avanzada la obra, algunas series templadas que tuvieron el mérito de quien las arranca donde no las había. Dejó una estocada trasera y tendida y se atascó después con el verduguillo.
La oreja se fue por culpa del acero.
Quedó, en cambio, la impresión de un novillero con la cabeza en su sitio y una seguridad poco común cuando las cosas se ponen feas.
El quinto, feote por zancudo y largo, vino con bastante menos conversación. Áspero, brusco y con apenas media arrancada, no ofreció materia para otra cosa que no fuese porfiar. Torrijos lo hizo con dignidad y sin perder la compostura. Pinchazo y media estocada, ésta de excelente colocación.
Y salió el tercero.
A veces un solo toro basta para cambiar el aire de una tarde.
Tenía más tranco que sus hermanos y una manera de acudir que permitía esperar algo distinto. Rafael de la Cueva lo recibió con buen aire capotero y pronto pareció advertirse que allí había una posibilidad.
El venezolano la vio.
Comenzó la faena con ayudados por alto muy ceñidos, de composición hierática, rematados con un pase del desdén de extraordinario gusto. El principio tuvo belleza, pero hubo que hacerle sitio al animal antes de encontrarle la medida. Por la derecha embestía con celo y velocidad, y De la Cueva tardó algunos compases en atemperar aquella prontitud.
Pero cuando el torero encontró el compás, la faena tomó vuelo.
Fue por la izquierda.
El pitón zurdo del novillo tenía virtud, prontitud y clase, y Rafael de la Cueva supo ponerle la muleta donde correspondía para convertir aquella viveza en toreo. Los naturales fueron saliendo limpios, despaciosos, cada vez más asentados. Allí ya no había sólo voluntad: había mando.
La faena fue creciendo sin necesidad de alboroto.
El torero se fue fajando con el animal hasta conseguir que aquella embestida virtuosa pasara por la muleta con la lentitud que al principio parecía imposible. Y cuando llegó el final, las mondeñinas, de ajuste extraordinario, pusieron el broche a una labor que había ido de menos a más hasta alcanzar una muy estimable altura.
Media estocada contraria bastó.
La oreja era justa recompensa al único novillo que verdaderamente quiso entregar una tarde de toreo.
Quedaba el sexto.
Y con él se acabó la conversación.
Un novillo sin recorrido, que obligó a Rafael de la Cueva a trabajar cada muletazo por separado, sacando uno de donde parecía no haber ninguno. Hubo paciencia, colocación y voluntad de no dejarse vencer por la condición del animal.
El venezolano estuvo muy por encima de él.
El acero, además, vino a complicar todavía más el epílogo. Una lesión en el hombro izquierdo le impedía presentar la franela con normalidad y condicionó inevitablemente la labor.
Al final, Alcurrucén dejó una tarde de las que exigen al torero y separan el adorno de la verdad. Hubo toros con presencia, aspereza y temperamento; hubo un buen tercio de varas de Juan Melgar, pares de banderillas de verdadera exposición y una terna que tuvo que buscarse la vida casi siempre cuesta arriba.
Y entre tanta piedra apareció la seda.
Fue el tercero.
Y fue Rafael de la Cueva quien supo aprovecharla.