Hay ganaderías que permiten al torero aprender mientras torea y otras que, por el contrario, exigen haber aprendido antes de ponerse delante. José Escolar pertenece a estas últimas. Su divisa volvió a llevar a La Sagra una novillada seria y astifina, de comportamiento desigual, en la que convivieron la nobleza y la mansedumbre con ese peligro sordo que no avisa y que, cuando aparece, deja al hombre solo ante su propia responsabilidad.
Para una terna tan corta de oficio, aquello era examen de los que no admiten apuntes.
Daniel Pérez apenas cuenta con una novillada en su haber y el primero vino a poner de manifiesto cuánto pesa todavía la falta de rodaje. El novillo fue noble, de buena condición y con un pitón izquierdo que tenía recorrido. Pedía que se le hicieran las cosas despacio, por abajo y sin atropellos. Pérez puso voluntad y quiso estar a la altura, pero la falta de tablas le hizo vivir demasiado pendiente del animal y no siempre dueño de la situación.
Cuando consiguió acompasarse llegaron sus mejores momentos, especialmente por la izquierda, aunque ya avanzada la faena. Había materia para haber hecho más. Faltó serenidad, faltó mando y, sobre todo, faltó ese poso que sólo dan las tardes y los años. Pinchó antes de cobrar la estocada.
El cuarto tuvo una historia distinta.
José Antonio Murillo se empleó con él en dos puyazos que no admiten defensa: dos varas colocadas en la paletilla, de una dureza que el novillo hubo de pagar después. Fue un castigo impropio de una lidia seria y de un animal al que todavía le quedaba que decir en la muleta.
Alberto Serrano puso, en cambio, dos pares de mucha categoría. El segundo, al sesgo de dentro afuera, tuvo exposición y torería y mereció el reconocimiento de la plaza.
Pérez encontró entonces un novillo con cierta calidad cuando se le llevaba prendido desde delante. Por la derecha consiguió tomarle el pulso y hubo una serie de notable mérito, de las que hacen pensar que, con más oficio, la faena podía haber tomado otro vuelo. Pero el muchacho se alargó más de la cuenta y volvió a tropezar con la espada.
Con todo, para quien apenas empieza a caminar en esto, hubo dignidad.
Alberto Donaire recibió al segundo con la firmeza que luego habría de distinguir toda su actuación. El de Escolar buscó desde pronto la querencia y mostró una mansedumbre acusada, rehuyendo la pelea y procurando marcharse de ella siempre que encontró ocasión.
Donaire no se dejó llevar por las prisas.
Se plantó, esperó y aprovechó cuanto el animal quiso conceder. El novillo ofrecía apenas medio muletazo y salía con la cara alta, desluciendo el embroque. Aun así, el valenciano consiguió templar algunos pasajes de buena factura, poniendo la muleta donde debía y sin regalar terrenos.
La estocada, al segundo intento, quedó trasera.
Pero lo mejor de Donaire estaba todavía por salir.
El quinto tenía clase y, sobre todo, tenía un pitón izquierdo que pedía un torero capaz de correr la mano. Donaire lo encontró.
Aquí ya no hubo tanteo.
Citó de frente, compuso con seriedad y llevó la embestida hasta detrás de la cadera con una naturalidad que tuvo mucho de toreo antiguo. Algunas series a pies juntos tuvieron esa quietud que no necesita exageración para hacerse notar.
Tres tandas destacaron por encima de todo lo demás.
Tres tandas de esas que justifican que uno vuelva la cabeza hacia el ruedo y deje de mirar el reloj.
El novillo tenía clase; el torero supo darle cauce. La faena tuvo pureza, colocación y una manera de correr la mano que no abundó en la tarde. Allí apareció el mejor Donaire y, con él, el mejor toreo de la función.
El acero, como tantas veces, vino a cobrar su peaje.
La espada cayó trasera y caída y dejó sin premio mayor una obra que tenía argumentos suficientes para haber paseado una oreja.
El tercero había humillado en el capote de Emiliano Ortega. Parecía, por tanto, que había algo que trabajar. La lidia posterior, sin embargo, se llenó de capotazos y de desorden, y el cárdeno recibió un castigo severo en varas. Se dejó pegar en el primer encuentro y acudió con mayor celo al segundo.
En la muleta apareció otro animal.
Picante, exigente y con una condición que pedía llevarlo tapado, por abajo, sin dejarle ver las intenciones. Cuando Ortega consiguió someterlo y conducirlo con la muleta puesta en su sitio, el de Escolar respondió con clase.
Pero Ortega acusó el poco bagaje.
Le faltaron poso, ideas y la serenidad necesaria para gobernar una embestida que no admitía improvisaciones. Voluntad hubo mucha. Oficio, todavía poco. Y con semejante adversario, la voluntad sola no basta.
La espada acabó por convertir la faena en un calvario: pinchazo tras pinchazo hasta rematar con un bajonazo.
Si el tercero fue examen, el sexto fue otra cosa.
Fue de esos novillos que enseñan en una sola tarde todo aquello que el oficio puede tener de duro.
En una corrida donde la nobleza no había sobrado, el último encarnó la alimaña de peligro sordo. Orientado, duro, midiendo cada movimiento y buscando carne a la menor concesión. Un auténtico prenda, de los que parecen haber estudiado antes de salir al ruedo y venir con el doctorado en latín.
Ortega quedó a merced de la situación.
El novillo no perdonaba errores y el novillero, todavía bisoño, no encontró la manera de sujetar aquella pelea. Anduvo a la deriva, sin terminar de hacerse con los terrenos ni con el animal, mientras la espada tampoco acudía en su auxilio.
Al final, el propio novillo se echó.
Y quizá fue la manera menos mala de poner término a semejante trance.
La tarde dejó, en definitiva, una enseñanza de esas que el toreo no suele regalar gratis. José Escolar puso delante animales que exigieron conocimiento, serenidad y oficio. Pérez y Ortega pagaron el tributo lógico de quien todavía está aprendiendo, aunque sin esconder nunca la voluntad. Donaire, en cambio, encontró la medida y dejó, especialmente ante el quinto, los muletazos de mayor categoría de la tarde.
Porque delante de según qué toros, el valor puede bastar para ponerse.
Para torear, hace falta bastante más.