Siete tardes dan para mucho. Dan para equivocarse, para acertar, para descubrir un torero donde nadie lo esperaba y para comprobar, una vez más, que el toro tiene la desagradable costumbre de poner a cada cual en su sitio.
El Alfarero de Oro de Villaseca de la Sagra ha vuelto a terminar como empezó: con el toro por delante. Y eso, en estos tiempos, ya merece reconocimiento.
No ha sido una feria perfecta. Sería poco serio decirlo. Tampoco ha sido una sucesión de novilladas memorables de principio a fin. Ha habido tardes de mayor interés y otras en las que el hierro prometía más de lo que finalmente puso en el ruedo. Ha habido novillos muy serios de presencia que después no tuvieron dentro la misma seriedad. Ha faltado raza en más de una ocasión, y las fuerzas han vuelto a aparecer como uno de los males recurrentes de la novillería.
Pero sería igualmente injusto reducir el Alfarero a sus defectos.
Porque ha habido toro.
Y, sobre todo, ha habido toreros que han tenido que enfrentarse a él de verdad.
Ahí está la importancia de esta feria.
Villaseca ha vuelto a presentar una colección de novillos que, en líneas generales, han obligado a mirar dos veces. Ana Romero, Pedraza de Yeltes, Conde de Mayalde, Alcurrucén, José Escolar y Cuadri, han dejado una constante que ya parece consustancial a esta plaza: la presencia.
Novillos astifinos, cuajados, serios, algunos con hechuras de toros hechos. Animales que no necesitaban cartel para imponer respeto.
Y conviene detenerse ahí.
Porque una de las conclusiones de este Alfarero es precisamente que el trapío no basta.
Puede haber un novillo enorme y puede haber un novillo bravo.
No son la misma cosa.
Y Villaseca ha tenido mucho del primero y menos de lo segundo de lo que hubiera sido deseable.
La nobleza ha aparecido con frecuencia. También la humillación, la prontitud, el recorrido, la movilidad y, en determinados ejemplares, la casta. Pero ha faltado demasiadas veces aquella condición que convierte la embestida en un problema para el torero.
El toro bueno ayuda.
El toro encastado pregunta.
Y en esta feria, cuando el novillo preguntó, fue cuando aparecieron las respuestas verdaderamente importantes.
También ha sido una feria para mirar el caballo.
Y quizá aquí convenga ser especialmente severos.
Se han visto buenos encuentros, algunos puyazos de mérito y animales que acudieron con alegría. Pero también se ha repetido demasiado una escena que no debería ser normal: novillos que salen del caballo considerablemente peores de como entraron.
Pedraza de Yeltes fue quizá el ejemplo más claro. La exigencia de Villaseca de dos puyazos tiene sentido dentro del espíritu de la plaza y del propio Alfarero, pero cuando el animal llega al peto con las fuerzas contadas y sale de él convertido en un inválido, la obligación reglamentaria pierde parte de su sentido.
El caballo debe servir para medir la bravura.
No para consumirla.
Y ésta es una cuestión que la ganadería debe hacerse mirar.
Porque una cosa es castigar al toro bravo y otra muy distinta es descubrir después de la vara que aquello que parecía bravura era simplemente movilidad sostenida por unas fuerzas que no daban para más.
Hubo tardes en las que el tercio de varas enseñó mucho.
Y otras en las que enseñó demasiado poco.
Pero, al menos, en Villaseca todavía se mira.
Y eso importa.
Ana Romero dejó una novillada bien presentada, astifina, noble y variada, pero sin terminar de romper. Tuvo animales con clase y algunos buenos momentos, pero faltó aquella casta que, precisamente en esta ganadería, se había visto anteriormente.
Pedraza presentó mucha presencia y dejó algunas buenas cosas en el caballo, pero la falta de fuerza condicionó demasiado el conjunto.
Conde de Mayalde fue otra historia.
Quizá fue la ganadería que ofreció mayor riqueza de comportamientos entre las que hemos visto. Hubo toros nobles, toros encastados, animales complicados y otros con verdadera calidad. Y de allí salió «Chorlito», un novillo que terminó siendo uno de los grandes nombres de la feria.
Y aquí sí hay que detenerse.
Porque «Chorlito» no fue simplemente un novillo noble.
Tuvo prontitud, codicia, humillación y ese punto de personalidad que permite al torero construir algo que vaya más allá de la mera repetición de pases.
Fue, para mí, el novillo más completo de los seis festejos analizados.
No porque fuera perfecto.
Porque tenía algo que decir.
Alcurrucén volvió a enseñar la seriedad de su casa. Novillos ásperos, broncos, muy serios de presencia, que exigieron. Pero solamente el tercero terminó rompiendo de verdad, con bravura, prontitud y clase.
José Escolar planteó otro examen.
Allí apareció la nobleza, sí, pero también la mansedumbre, la falta de entrega y, finalmente, una alimaña en el sexto que no admitía discusión.
Y Cuadri cerró el ciclo poniendo sobre la arena quizá el mayor volumen de todos.
Novillos con apariencia de toros, cuajados y astifinos, imponentes.
Pero tampoco Cuadri fue una demostración absoluta de bravura en el caballo.
Por eso el premio a la ganadería, otorgado a la divisa onubense, es defendible por presentación, seriedad y exigencia. Pero si la pregunta fuera cuál ofreció el conjunto de comportamientos más rico, Conde de Mayalde tendría mucho que decir.
Y si la pregunta fuese cuál fue el mejor novillo, «Chorlito» me parece una respuesta difícil de discutir.
Y quizá sea ésta otra de sus virtudes.
Aquí se ha visto la diferencia entre querer y saber.
Hay novilleros que han tenido valor.
Otros han tenido gusto.
Otros han tenido un concepto.
Pero el toro ha ido poniendo de manifiesto cuánto le falta todavía a cada uno.
Daniel Pérez tenía delante un novillo noble y un buen pitón izquierdo. Hubo voluntad y hubo momentos estimables, pero también quedó patente que la experiencia todavía no estaba donde tenía que estar.
Emiliano Ortega sufrió algo parecido frente a Escolar. El valor puede servir para ponerse delante. Pero cuando el toro exige colocación, cabeza, conocimiento y capacidad de resolver, el valor por sí solo empieza a quedarse corto.
Antonio Santana vivió el caso más duro. Recién llegado a las novilladas con picadores y frente a un Cuadri que parecía un toro hecho, tuvo que aprender a toda velocidad una lección que probablemente no estaba preparado para recibir.
Y aquí hay que hacerse una pregunta incómoda.
¿Es razonable anunciar a novilleros de tan escaso bagaje frente a hierros de semejante calibre?
Villaseca tiene derecho a poner Cuadri.
Pero también hay que preguntarse si el torero está preparado para Cuadri.
Porque el toro no espera a que uno termine de aprender.
Precisamente por eso tienen tanto valor los nombres que han salido reforzados.
El Mene fue uno de ellos.
Ante Pedraza, cuando el toro había dejado poco margen, aparecieron cuatro naturales que por sí solos justificaron una tarde. Cuatro muletazos no hacen una faena completa, pero pueden decir más de un torero que veinte pases de trámite.
Estuvo colocado, vertical, con la muleta donde debía y el pecho ofrecido.
No hubo toro para mucho más.
Pero hubo torero.
Alberto Donaire dejó también una impresión seria. Su quinto tuvo condiciones y el novillero encontró en la izquierda el camino. Tres tandas de naturales de notable pureza, con colocación y gusto.
Quizá no fue la actuación que más ruido hizo.
Pero sí una de las que más me interesan cuando uno piensa en qué toreros pueden tener algo dentro para desarrollar.
Ruiz de Velasco protagonizó otra de las actuaciones completas del ciclo. Inteligencia, colocación, capacidad para extraer el fondo del toro y una mano izquierda con personalidad. Y una estocada que, en sí misma, ya tenía categoría de premio.
López Peregrino dejó una de esas faenas que suelen quedar por debajo del marcador. Ante el cuarto de Alcurrucén tuvo delante un animal seco, áspero, sin regalar la humillación. Y, sin embargo, hubo naturales a pies juntos, mando, temple y una composición de mucho interés.
El tendido quizá no supo medirlo.
Eso también sucede.
No todo lo bueno necesita ser acompañado por una ovación.
Y luego estuvo Jesús de la Calzada.
Aquí el Alfarero ha hecho algo verdaderamente interesante.
No solamente ha premiado a un torero.
Ha permitido descubrir una evolución.
Conocíamos a De la Calzada como un novillero valiente, de recursos, de corte efectista y con una capacidad de exposición fuera de toda duda.
En Cuadri apareció otra cosa.
Más calma.
Más verticalidad.
Más temple.
Más natural.
Aquella faena al segundo, especialmente por la izquierda, fue probablemente el momento de mayor belleza del ciclo.
El toro humillaba, tenía ritmo, prontitud y clase.
Y el torero supo esperarlo.
No corrió detrás de él.
No atropelló la embestida.
Dejó que el novillo llegara y después corrió la muleta con una longitud extraordinaria.
Ahí apareció un torero diferente.
Y lo mejor fue que no se quedó en una faena bonita.
Con el quinto cambió.
Buscó la colocación, el pitón contrario, la paciencia. La obra fue creciendo hasta encontrar una tanda final de verdadero contenido.
Una oreja.
Pero la oreja importa menos que la transformación.
Porque una feria de novilleros debería servir precisamente para esto:
para descubrir quién puede ser el torero de mañana.
Y De la Calzada salió de Villaseca siendo un torero más interesante de lo que era cuando llegó.
El premio a triunfador, por tanto, me parece justo.
Pero si De la Calzada ha sido el triunfador, Jorge Hurtado ha sido la revelación.
Y quizá la aparición más inesperada de toda la feria.
Llegó a La Sagra sin el ruido de otros nombres.
Y salió de ella convertido en uno de los nombres propios del Alfarero.
Lo hizo delante de «Chorlito».
Pero tampoco conviene decir que el toro lo hizo todo.
Hurtado midió.
Esperó.
Se colocó.
Comprendió las distancias.
Y, sobre todo, fue creciendo dentro de la propia faena.
En el quinto llegó lo mejor.
El animal acudía con codicia, humillaba y perseguía los vuelos.
El novillero empezó encontrando el sitio y terminó encontrando el toreo.
La izquierda fue el camino.
Naturales templados, ligados, bajos, verticales.
Toreo sin prisa.
Toreo de toda la vida.
Y precisamente porque la espada no acompañó, la faena adquiere todavía más importancia.
No porque haya que premiar el fallo.
Sino porque demuestra que la dimensión de una actuación no siempre cabe en el resultado.
El premio a la mejor faena me parece justísimo.
Y si De la Calzada ha ganado la feria, Hurtado es quien probablemente ha salido de ella con el mayor interrogante abierto.
El interrogante bueno.
El de querer saber qué será capaz de hacer cuando tenga veinte tardes más.
En una feria como ésta, donde el toro pregunta constantemente, las cuadrillas adquieren un protagonismo especial.
Y aquí hay un nombre que sobresale con claridad:
Iván García.
Sus pares al tercero de Conde de Mayalde fueron extraordinarios.
Especialmente el segundo, en plena querencia, dando ventajas al novillo y esperando su arrancada.
Pero no fue un momento aislado.
A lo largo de las tardes apareció una y otra vez.
El reconocimiento oficial como mejor banderillero y mejor peón de brega me parece plenamente justificado.
Y hubo también grandes actuaciones con el capote y la vara.
El puyazo de Juan Melgar al cuarto de Alcurrucén fue de los que dignifican el oficio del picador.
La plata, en Villaseca, no fue comparsa.
Y eso también habla bien de la feria.
Si hubiese que buscar una cruz común a buena parte del Alfarero, sería ésta.
La espada.
Rollón.
Hurtado.
El Mene.
De la Calzada.
D’Alva.
Y otros.
Demasiadas actuaciones de peso se quedaron a medio camino por culpa de los aceros.
En algunos casos fue un simple borrón.
En otros, directamente, un triunfo perdido.
Y aquí no valen excusas.
El toreo termina con la espada.
Puede gustarnos más o menos esa realidad, pero es la realidad.
El novillero que quiera ser torero importante tendrá que aprender también a matar.
Y Villaseca lo ha recordado con una crueldad casi pedagógica.
De la Calzada es quizá el mejor ejemplo.
Una faena extraordinaria ante Cuadri.
Y después, un pinchazo feo y una estocada haciendo guardia.
La oreja que cortó después al quinto fue importante.
Pero todos salimos sabiendo que aquella primera faena había merecido más.
Mucho más.
Después de seis tardes, mi impresión es que el XXVI Alfarero de Oro no ha sido una feria extraordinaria de principio a fin.
Y no hace falta que lo sea.
Ha sido irregular.
Ha tenido ganaderías por debajo de lo esperado.
Ha tenido falta de fuerza.
Ha tenido animales demasiado nobles y poco exigentes.
Ha tenido novilleros que llegaron todavía demasiado verdes.
Pero también ha tenido algo que muchas ferias no consiguen tener:
acontecimientos.
Ha tenido un novillo como «Chorlito».
Ha tenido una faena inesperada de Jorge Hurtado.
Ha tenido los cuatro naturales de El Mene.
Ha tenido la izquierda de Donaire.
Ha tenido el toreo de Peregrino frente a un animal áspero.
Ha tenido la seriedad de Cuadri.
Ha tenido la dureza de Escolar.
Ha tenido a Iván García.
Y ha tenido, sobre todo, a un Jesús de la Calzada que quizá haya descubierto en Villaseca que detrás del valor había también un torero capaz de quedarse quieto y torear despacio.
Eso es lo que yo me llevo.
No las orejas.
No los premios.
No el número de vueltas al ruedo.
Los descubrimientos.
Porque un Alfarero de Oro no debería medirse solamente por cuántas puertas grandes se abren.
Debe medirse por cuántos nombres nuevos salen de La Sagra con algo que antes no tenían.
Y en ese sentido, Villaseca ha cumplido.
La gran virtud de Villaseca sigue siendo la misma: aquí el novillo todavía puede poner condiciones.
No todo está pensado para que el torero triunfe.
Y eso, aunque produzca tardes ásperas, también produce tardes verdaderas.
La feria ha recordado que nobleza no es bravura.
Que trapío no es casta.
Que valor no es oficio.
Que una oreja no siempre explica una faena.
Y que una faena sin orejas puede ser más importante que una con dos.
Ha recordado también que el caballo sigue siendo una parte fundamental de la corrida y que el novillo debe conservar después de la vara aquello que mostró antes de ella.
Y, sobre todo, ha recordado una verdad sencilla que parece cada día más necesario repetir:
cuando el toro tiene algo que decir, el torero está obligado a contestar.
En Villaseca algunos no pudieron.
Otros quisieron.
Unos pocos supieron.
Y alguno, como Jesús de la Calzada, aprendió a contestar de otra manera.
Por eso el Alfarero merece seguir siendo lo que es.
No una feria perfecta.
No una feria cómoda.
No una feria hecha para el aplauso fácil.
Sino una plaza donde, durante una semana, el toro pregunta y el torero responde.
Y cuando la respuesta es buena, como ocurrió con Hurtado, con De la Calzada, con El Mene o con algunos otros, entonces la novillería vuelve a tener sentido.
Porque el verdadero premio de Villaseca no es una oreja.
Es salir de La Sagra siendo un torero distinto del que entró.