Hay tardes en las que uno sale de la plaza con la sensación de haber asistido a una corrida de toros. Y hay otras en las que, entre pases, trofeos y música, se pierde de vista aquello que verdaderamente importa.
Y luego están las tardes en las que, durante unos minutos, todo vuelve a su sitio.
El martes, en La Corredera, ocurrió.
Habíamos ido a Colmenar Viejo para conocer otra plaza y para ver a Diego Urdiales. No hay muchos toreros por los que merezca la pena hacer kilómetros, gastar horas de coche y llegar a una plaza con esa mezcla de ilusión y esperanza que precede a las tardes que uno quiere recordar. Urdiales es uno de ellos.
No porque garantice nada. El toreo no garantiza nada.
Precisamente por eso.
Frente a él, una corrida de Juan Manuel Criado, desigual de hechuras y de comportamiento, que terminó dando un juego bastante más agradecido de lo que su presentación y sus primeros compases hacían presagiar. Hubo toros nobles, alguno con clase, otros más justos de fuerzas y varios que fueron perdiendo fuelle conforme avanzaba la lidia. Una corrida que, sin ser extraordinaria, permitió en líneas generales el toreo.
Pero permitió una cosa más importante.
Que en el cuarto apareciera un maestro.
El primero salió con mejores intenciones que las que después confirmó.
De salida dejó ver buenas embestidas, especialmente por el pitón derecho. Tenía movilidad y cierta clase, y durante unos instantes pareció que podía haber materia. Pero pasó por el caballo y aquella primera impresión se deshizo.
Se soltó de carnes, se movió sobre las manos y perdió la entrega. La nobleza inicial se convirtió en una embestida sin clase, sin la emoción necesaria para sostener una faena.
Además, soplaba el viento.
Urdiales lo intentó. Buscó acoplarse a un toro que ya no quería demasiado y encontró algún natural de buen trazo, de esos que aparecen aislados cuando el torero tiene el sitio aunque el toro no tenga la voluntad.
Pero no había fondo.
Y sin fondo no hay obra que aguante.
Mató de estocada tendida al primer intento.
El toro escuchó pitos.
Urdiales, silencio.
El segundo fue protestado desde su salida. Amplio de sienes, fino de hechuras y algo suelto de carnes, no convenció de primeras a un sector del tendido.
Luego, al menos, permitió más.
David de Miranda debutaba en La Corredera y quiso dejar constancia desde el principio. Se fue de rodillas al tercio y comenzó por alto, para después dejar varios naturales de mucha profundidad que llegaron con fuerza al tendido.
Hubo emoción en aquellos primeros compases.
Después el toro fue perdiendo brío y la faena tuvo que cambiar de registro. David corrió bien la mano por ambos pitones y terminó metiéndose en terrenos de mayor compromiso, tirando de recursos y de disposición para mantener viva una faena que el toro iba apagando.
No hubo toro grande.
Sí hubo torero dispuesto.
Pinchazo y estocada desprendida.
Oreja.
El tercero fue el de menor expresión del conjunto. Suelto de carnes y amplio de sienes, tenía buena intención, pero la justeza de fuerzas condicionó su comportamiento.
Fue un toro de movilidad más que de clase.
Pronto, codicioso incluso por momentos, pero sin poder suficiente para entregarse de verdad. Quería más de lo que podía.
Víctor Hernández lo toreó con templanza. No quiso atropellar aquellas embestidas y buscó sujetarlas para que la movilidad no se convirtiera en desorden. Los mejores momentos llegaron al natural, cuando consiguió reunir al toro y darle a aquella faena el ajuste que necesitaba.
Porque hubo una diferencia clara entre pasarle la muleta y torear al toro.
Víctor quiso hacer lo segundo.
Estocada casi entera.
Oreja.
Hasta ese momento la tarde llevaba un horizonte todavía difuso.
Había habido trofeos. Había habido disposición. Había habido toros que se dejaban más o menos. Pero faltaba aquello por lo que uno recuerda una tarde años después.
Entonces salió el cuarto.
No era el toro soñado. Basto de hechuras, algo ahogado de cuello, despegado del suelo y de mazorca gruesa. Tampoco era el animal que, por su conformación, invitara a pensar que iba a facilitar las cosas.
Y, de hecho, durante buena parte de la faena no lo hizo.
Le costó humillar.
Por la derecha, Urdiales fue buscando la manera de sujetarlo, de darle sitio, de encontrar el punto exacto donde aquella embestida pudiera comenzar a romper. Hubo varias tandas por ambas manos, correctas, toreras, pero sin que la faena terminara de levantar vuelo.
Hasta que Urdiales decidió cambiar de camino.
La izquierda.
Y entonces cambió todo.
La muleta pasó a la mano natural y el torero se puso de frente.
No de perfil.
De frente.
Adelantando la pierna, ofreciendo el pecho, citando con verdad y dejando que el toro llegara hasta donde tenía que llegar. Un natural detrás de otro. Sin correr. Sin adornarlo. Sin necesitar nada más que la muleta, el toro y el hombre.
Y allí apareció ese toreo que no se aprende mirando vídeos ni se fabrica a fuerza de repetir pases.
El toreo que nace de dentro.
Los naturales comenzaron a tener otra dimensión. Profundos, largos, cadenciosos. El toro, que hasta entonces había parecido incómodo para humillar, comenzó a descubrirse distinto bajo la mano izquierda del riojano.
La música dejó de tener sentido.
Urdiales mandó callar.
Y entonces ocurrió una de esas cosas que hacen que una plaza de toros vuelva a parecer una plaza de toros.
Silencio.
Un silencio grande, respetuoso, únicamente roto por los olés.
No por gritos.
No por estridencias.
Olés.
De los de antes.
De los que salen cuando el tendido entiende que delante tiene algo que no sucede todos los días.
Tres series al natural bastaron para cambiar la tarde.
O quizá para cambiarla entera.
Porque aquello ya no era una faena más. Era una lección de colocación, de temple y de verdad. Urdiales toreaba con las zapatillas señalando el camino, el pecho delante y la pierna adelantada. Toreaba sin esconderse detrás de la muleta.
Y por eso emocionó.
Porque había riesgo.
Porque había pureza.
Porque cada natural parecía empezar mucho antes de que el toro llegara a la tela.
La Corredera se entregó.
Y cuando el toro cayó después de una estocada ejecutada con una pureza extraordinaria, las dos orejas no fueron un regalo.
Fueron la consecuencia.
Dos orejas tras aviso.
Pero el premio importante ya había sucedido unos minutos antes.
A las 19:54 Urdiales tomó la izquierda.
A las 20:03 tenía las dos orejas en las manos.
Nueve minutos.
Nueve minutos pueden ser una tarde entera.
El quinto fue un toro bajo, acapachado y de buen perfil, pero con un problema que acabaría marcando su comportamiento: poca fuerza en los cuartos traseros.
Quiso coger la muleta por dentro y acortó los viajes. Se movía sobre las manos y tampoco admitía demasiado bien las cercanías.
David de Miranda tuvo que pulsearlo.
Buscarle la embestida.
Alargar lo que el toro quería dejar corto.
No hubo ligazón abundante, porque tampoco había condiciones para ello, pero sí hubo profundidad en algunos trazos. El torero volvió a mostrar disposición y terminó encontrando la manera de sacar rendimiento de un animal manejable, aunque sin excesivo fondo.
La espada fue otra historia.
Una estocada de gran ejecución puso el punto final.
Y, como tantas veces se dijo en las plazas, hay estocadas que valen por sí mismas una oreja.
Aquí también.
Oreja.
El sexto fue noble y manejable, aunque dejó claras sus querencias hacia las tablas.
Víctor Hernández lo entendió pronto y cargó el peso de la faena sobre la mano derecha, por donde el toro ofrecía mejores condiciones.
Por la izquierda no terminó de romper.
Por la derecha sí hubo mayor celo y llegaron los momentos más estimables de una faena construida desde la disposición y la eficacia.
La espada puso la rúbrica.
Otra oreja.
Y con ella, la tercera puerta grande de la tarde.
La estadística dirá que los tres toreros salieron a hombros.
Dirá que Diego Urdiales cortó dos orejas, que David de Miranda cortó dos y que Víctor Hernández también sumó dos.
Todo eso es cierto.
Pero las tardes de toros no siempre caben en una estadística.
Porque una cosa es cortar orejas y otra dejar una faena que permanezca cuando las orejas ya no estén.
David de Miranda estuvo dispuesto y supo aprovechar los toros que tuvo.
Víctor Hernández mostró templanza, ajuste y capacidad para sacar partido de un lote manejable.
Y Diego Urdiales hizo algo diferente.
Toreó.
No porque los otros no torearan. Sino porque en el cuarto, durante aquellos minutos al natural, apareció otra dimensión del toreo. La que obliga a callar a una plaza. La que no necesita que nadie explique lo que está sucediendo porque el tendido lo entiende por sí mismo.
Eso es lo difícil.
Que una faena no dependa del entusiasmo del público, sino que sea capaz de provocarlo.
Que el olé no sea una costumbre, sino una respuesta.
Que el torero no dé pases, sino que encuentre una manera de decir algo con ellos.
Y eso hizo Urdiales.
Nos volvimos a casa con la sensación de haber encontrado aquello que habíamos ido a buscar.
No una oreja.
No una puerta grande.
No una tarde de seis toros extraordinarios.
Algo mucho más difícil.
Unos minutos de toreo verdadero.
De ese que se queda en la memoria y al que uno vuelve cuando pasan los días.
Porque hay toreros que hacen que merezca la pena coger el coche.
Y hay tardes en las que, además, te recuerdan por qué lo cogiste.
La de Colmenar fue una de ellas.
Y el recuerdo tiene nombre:
Diego Urdiales.