El último toro de agosto
El último toro de agosto
Hay fechas que pesan más que otras. El último día de agosto tiene esa condición de frontera que no necesita calendario. Se acaba el verano, empiezan a acortarse las tardes y uno mira septiembre como quien mira acercarse algo que preferiría mantener lejos. Será quizá esa melancolía de lo que termina, o esa absurda costumbre de ponerle nombres extranjeros a sentimientos que llevan toda la vida hablando español —el dichoso Blue Monday y demás modernidades—, pero el 31 de agosto tiene algo de domingo por la tarde.
Y quizá por eso fuimos a Colmenar.
Después de Bilbao, otra plaza nueva. La Corredera, otro coso por conocer, y un cartel de los que obligan a sentarse en el tendido con cierta esperanza: Talavante, Juan Ortega y Pablo Aguado. Tres toreros de muy distinto corte, pero capaces los tres, cuando aparece el toro, de hacer que una tarde tome otro rumbo.
El problema era el ganado.
Núñez del Cuvillo no es, desde hace tiempo, santo de mi devoción. Y cada vez cuesta más encontrar motivos para cambiar de opinión. Uno sigue acudiendo, naturalmente. Porque cuando hay toreros siempre queda aquello de «¿y si sale uno?». ¿Y si uno embiste? ¿Y si aparece precisamente ese toro que salva una corrida entera?
Pero el toro salió y la tarde no quiso salvarse.
Corrida desigual de presentación, con toros de distintas hechuras y, en general, con muy poca casta, poca raza y todavía menos fondo. Toros que pasaron por la plaza sin dejar apenas recuerdo. Alguno noble, alguno manejable, alguno con determinadas condiciones, pero casi ninguno con esa fuerza interior que convierte una embestida en una pelea y una faena en algo más que una sucesión de muletazos.
Solo el sexto puso algo de luz.
Y eso, en una corrida de seis toros, dice bastante.
El primero tenía cuajo y cierta presencia, aunque resultaba algo basto de hechuras. Salió con nobleza, sin malas ideas, pero con una condición que terminaría marcando toda la tarde: no tenía fondo.
Talavante quiso desde el principio. No hubo desidia ni abandono. Buscó colocarse, probar, encontrarle la distancia y aprovechar aquello que pudiera ofrecer. Por el derecho llegaron los momentos más ligados, los pocos en los que el toro pareció querer sostener la pelea. Pero duró lo que duró.
Muy poco.
En cuanto se le exigió algo más, se vino abajo. Se acabó pronto el toro y se acabó, por obligación, cualquier posibilidad de faena.
Talavante mató a la segunda, después de una primera tentativa que no valió, y necesitó después del descabello.
Silencio.
No había mucho más que pedirle.
El segundo fue un jabonero, muy cuajado, de buenas hechuras y con esa presencia que, al menos por un momento, permite pensar que quizá la tarde vaya a ser otra.
No lo fue.
Juan Ortega dejó de salida un ramillete de capotazos de mucho gusto, aunque el toro no terminó de prestarse. Anduvo suelto por la plaza, sin entregarse, y pasó por el caballo sin decir gran cosa. Tampoco en banderillas mostró demasiado interés por la pelea.
Y llegó la muleta.
Al principio parecía que aquello no iba a ninguna parte. Ortega se puso cerca y el toro ni siquiera parecía querer mirar la muleta. Como si estuviera allí por compromiso, pasando de una cosa a otra sin terminar de enterarse de que aquello era una corrida de toros.
Hasta que Ortega lo metió en vereda.
No era empresa de enorme dificultad, porque tampoco había detrás una fiereza que domeñar, pero hubo que hacerlo. Y el sevillano lo hizo con esa manera suya de torear despacio, sin atropellar los tiempos, llevando la embestida con pulso y dejando que cada muletazo tuviera principio y final.
Hubo gusto.
Hubo torería.
Y hubo también bastante más mérito del que pudiera parecer viendo al toro desde fuera, porque cuando un animal no se entrega tampoco basta con ponerse bonito delante de él.
La espada, sin embargo, se convirtió en una pequeña penitencia. Cinco intentos hicieron falta para acabar con el toro.
Silencio.
El tercero fue de otra condición. Más suelto de carnes, con los pitones altos y estrechos, sin el cuajo de sus hermanos y con una manera de embestir recta, sin terminar de entregarse.
Pablo Aguado apenas pudo hacer otra cosa que intentarlo.
El toro iba sobre las manos, sin codicia, sin querer entregarse en la muleta y dejando al torero prácticamente inédito. Aguado quiso ordenar aquellas embestidas descompuestas, buscó sitio y distancia, pero poco se puede construir cuando enfrente no hay voluntad de pelea.
Hubo un segundo intento con la espada, que quedó a medias.
Silencio.
Otra oportunidad perdida.
El cuarto tenía unas hechuras que tampoco ayudaban: alto, algo ahogado de cuello, con dificultad para humillar y una expresión que no terminó de convencer al tendido.
Tampoco él puso demasiado de su parte.
Le faltó entrega, le sobró distancia y cada embestida parecía venir ya con la disculpa incorporada. Talavante volvió a mostrar disposición y encontró algún natural de buen trazo, algún muletazo templado, pero siempre con esa sensación de estar toreando a un toro que se negaba a entrar de verdad en la pelea.
Y así no hay faena que respire.
La estocada, además, fue mala.
Silencio.
Desde el tendido llegaron entonces algunas voces reclamando otras tardes, otros nombres, otro torero. También eso forma parte de la plaza. Aunque quizá no de todas las tardes.
El quinto fue un toro veleto, de sienes estrechas, escaso de carnes y con unas hechuras que hacían pensar que humillar no iba a ser precisamente su mayor virtud.
Y no lo fue.
Sin embargo, una primera tanda por el derecho permitió albergar alguna esperanza. El toro se dejó ligar a media altura, sin demasiada exigencia, y parecía tener dentro algo que sacar.
Parecía.
Porque cuando Ortega intentó darle continuidad, el animal comenzó a perder celo. Tenía movimiento, tenía condiciones y hasta podía guardar algún muletazo, pero le faltaba esa voluntad de seguir la muleta hasta el final. Se desplazaba sin romper hacia delante. Como si llevara la embestida a medias.
Ortega tuvo que tirar de paciencia.
Y de exposición.
Fue una faena más de torero que de premio, porque hubo que estar delante de un animal que no terminaba de entregarse y buscarle constantemente la manera de mantenerlo en la pelea.
Mató de una estocada casi entera, bien colocada, y necesitó después de dos descabellos.
La gente reconoció el esfuerzo.
Ovación.
El sexto fue distinto.
No era un toro extraordinario. Ni mucho menos. Pero después de cinco animales que habían ido apagando la tarde uno detrás de otro, aquel sexto parecía pertenecer a otra corrida.
Medido, serio, con cierto fondo en el embroque y, sobre todo, con una condición que hasta entonces había brillado por su ausencia: quería embestir.
Tendía a meterse hacia dentro, obligando a Aguado a estar muy atento, pero tenía algo que los anteriores no habían tenido. Había materia.
Y Pablo Aguado la vio.
Toreó con mucha más verdad. Sin necesidad de adornarse, sin buscar el aplauso fácil. Vertical, asentado, dejando que la muleta mandara y aprovechando especialmente la condición del toro por el lado derecho.
Allí apareció el torero.
El toro humilló, repitió y, aunque tenía ese punto de mansedumbre y no parecía demasiado interesado en la lidia, permitió que Aguado hiciera aquello que los toros anteriores habían negado durante toda la tarde: torear.
Y cuando un toro permite torear, todo cambia.
Hubo clase. Hubo suavidad. Hubo sabor.
De esos momentos que no necesitan demasiadas explicaciones porque se reconocen en cuanto suceden. Aguado estuvo torero, muy torero, y dejó sobre la plaza el único recuerdo verdaderamente importante de toda la corrida.
La espada, baja, volvió a poner la rúbrica equivocada.
Silencio.
Y fue una lástima.
Porque con una espada a la altura de lo realizado, aquello podía haber terminado, como mínimo, con una oreja de ley y quizá con bastante más.
Y se acabó agosto en Colmenar.
Se fue con una corrida de Núñez del Cuvillo que volvió a dejar más dudas que respuestas. No basta con que el toro sea noble. No basta con que repita. No basta con que permita al torero colocarse delante y sacar una docena de muletazos sin sobresaltos.
Hace falta algo más.
Hace falta casta.
Hace falta raza.
Hace falta esa resistencia interior que obliga al torero a conquistar cada muletazo, que pone verdad en la faena y convierte una tarde cualquiera en una tarde de toros.
Esta vez solo hubo un atisbo de aquello en el sexto.
Demasiado poco para seis toros.
Talavante quiso y no encontró. Ortega puso gusto, paciencia y torería donde apenas había materia. Aguado pasó prácticamente de puntillas hasta que en el sexto apareció, por fin, un toro al que se podía torear de verdad.
Quizá por eso fue la única faena que dejó poso.
Porque incluso en una tarde deslucida, cuando todo parece condenado a pasar sin dejar huella, basta con que aparezca un toro que quiera embestir para recordar por qué seguimos sentándonos en el tendido.
Por qué seguimos esperando.
Por qué seguimos preguntando:
¿Y si sale uno?
Esta vez salió.
Y Aguado estuvo delante.