Doce años llevaba Victorino Martín sin lidiar una corrida completa en Málaga. Doce años de espera que quedaron borrados de golpe cuando volvió a asomar la divisa de la A coronada por los chiqueros de La Malagueta. Y volvió como debe volver una ganadería de esta importancia: con emoción, con casta, con peligro y con toros que obligaron a los toreros a tirar de verdad de lo que llevan dentro.
No fue una corrida perfecta, porque tampoco lo necesitaba. Fue una corrida de toros. De esas que mantienen al aficionado pendiente de cada embestida, de cada cite, de cada decisión. Una corrida encastada, seria y exigente, con un cuarto extraordinario por nobleza, clase y humillación, premiado con una merecida vuelta al ruedo, y con varios ejemplares que dejaron su poso de bravura y exigencia.
Y frente a ellos, tres toreros que tiraron la moneda al aire.
Manuel Escribano puso la heroicidad. Emilio de Justo, el oficio y la capacidad de tragar. Fortes encontró en el cuarto el toro que necesitaba para hacer un toreo de seda.
Manuel Escribano se fue a portagayola para recibir al primero. El toro, serio, bajo y fino de hechuras, apretó desde el primer lance y el de Gerena tuvo que tirar de oficio para resolver un recibo que no admitía errores. En el caballo recibió tres puyazos, todos traseros y de escaso castigo, sin terminar de emplearse.
Llegó después uno de esos tercios de banderillas que forman parte de la identidad de Escribano. Los dos primeros pares, a toro pasado, y el tercero al violín, cerrado en tablas, con el toro pasando muy cerca.
La muleta fue otra historia. El victorino resultó complicado por ambos pitones, especialmente por el derecho, donde se quedaba corto y buscaba al torero. Escribano probó por ambos lados hasta encontrar que el izquierdo era el terreno más potable, aunque tampoco allí regalaba nada. Había que torearlo de uno en uno, con la muleta siempre puesta y sin perderle la cara.
En una de las arrancadas, el toro encontró la pierna derecha del sevillano y le propinó una cornada en la espinilla. Sangrando y sin inmutarse, Escribano continuó. No había sido una faena de gran contenido artístico, pero sí de una enorme honradez y de una heroicidad que merece ser reconocida.
Mató de una estocada caída y trasera. El toro, con una muerte bella y sin abrir la boca, terminó echándose en los medios.
Lo insólito vino después.
Consciente de que si marchaba a la enfermería no podría volver a salir, Escribano pidió permiso a sus compañeros para lidiar inmediatamente el cuarto de la tarde, que correspondía a su segundo toro. Una decisión de esas que solo toman los toreros cuando la profesión se convierte en algo más que una profesión.
Y volvió a salir.
El segundo de su lote, hijo de Cobradiezmos, tenía incluso cierto parecido físico con aquel toro que hizo historia. En el capote mostró clase, humillación y repetición. En el caballo empujó con la cara abajo en el primer puyazo y volvió a hacerlo en el segundo, aunque este cayó trasero.
Escribano tiró de oficio y de corazón, pero la cornada empezaba a pesar. El toro, noble y con clase, terminó además orientándose y aprendiendo lo que había delante. La faena no alcanzó la importancia que tenía el animal, pero el esfuerzo del torero, unido a una gran estocada, tuvo su recompensa.
Una oreja de ley.
Y entre gritos de «¡Torero, torero!», Manuel Escribano abandonó la plaza andando camino de la enfermería.
Y llegó el tercero de la tarde, Alto, corniveleto y serio. Un toro que embestía con codicia al capote y que desde el principio dejó claras sus dificultades: poco recorrido, la cara arriba y constantes repones.
Emilio tuvo que hacerlo todo con precisión quirúrgica. Cada serie exigía colocación, valor y conocimiento. Por la derecha consiguió algunos muletazos de buen trazo; por la izquierda el toro se volvía especialmente peligroso.
Y aun así, el extremeño tragó.
Le echó la muleta, esperó y robó naturales al ritmo que marcaba el animal. No fue una faena redonda, pero sí una faena de mucho mérito. De esas en las que el torero tiene que ir a buscar cada muletazo.
Estocada trasera. Hubo una petición importante que el presidente no atendió.
Vuelta al ruedo para Emilio de Justo.
Una decisión discutible. Para quien firma esta crónica, había material para una oreja.
El quinto volvió a plantear una batalla. Más cuerpo, más intensidad y una embestida que obligaba a Emilio a redoblar la exigencia. La mayor parte de la faena transcurrió sobre la derecha, buscando gobernar una acometida que quería imponerse al torero.
Por el izquierdo no había demasiado que buscar: soltaba la cara y embestía por fuera.
Emilio insistió hasta el final. Antes de coger la espada logró una tanda de enorme mérito sobre la derecha y cerró con naturales de largo trazo y calidad.
Estocada. Aviso.
Dos orejas.
La primera, justa. La segunda, excesiva.
El toro fue ovacionado en el arrastre.
Y entonces apareció Borracho.
Un toro fino, bien presentado, astifino, de esos que desde la salida permiten imaginar algo distinto. Fortes lo fue llevando con el capote y dejó una buena verónica. El toro mostró desde el principio una condición extraordinaria: suavidad, nobleza y una clase que después confirmaría en la muleta.
En varas fue medido. El primer puyazo apenas marcó al animal y el segundo aumentó ligeramente el castigo, sin excederse.
Fortes comenzó por bajo, con la rodilla genuflexa, y fue sacándolo hacia los medios. Allí comenzó la faena.
Y allí apareció el Fortes que todos queremos ver.
La primera tanda sobre la derecha tuvo despaciosidad, temple y una suavidad extraordinaria. El malagueño le dejaba la muleta en la cara, lo llevaba hasta detrás de la cadera y no violentaba una embestida que pedía exactamente eso: seda.
Por el izquierdo bajó ligeramente la calidad, pero el toro seguía teniendo una clase extraordinaria. Y los remates, especialmente los pases de pecho, tuvieron una categoría enorme.
Volvió a la derecha y se relajó.
Entonces ocurrió el toreo.
Derechazos hondos, templados, reunidos. Sin brusquedad. Sin buscar el aplauso fácil. Toro y torero parecían respirar al mismo ritmo. Fortes no quiso imponerse a la embestida violentándola, sino comprenderla y llevarla hasta donde podía llegar.
Porque cuando Fortes se asienta sucede algo especial. Deja de perseguir el triunfo y empieza a perseguir el toreo.
Y ahí aparece un torero de enorme categoría.
La espada quedó perpendicular y caída. Aun así, llegaron las dos orejas.
Esta vez sí había faena para dos orejas, aunque la espada volviera a afear el conjunto.
Borracho recibió también el reconocimiento que merecía: vuelta al ruedo.
El sexto fue el lunar de la corrida. Un toro que ya había despertado protestas desde su salida y cuya humillación hizo pensar a algunos que podía estar falto de fuerza. No pareció así en exceso. Lo que sí ocurrió es que en la muleta se volvió reservón y áspero.
Fortes lo intentó una y otra vez, pero allí ya no había forma de construir nada. Estocada trasera y atravesada para poner punto final a una tarde que, pese a todo, ya había quedado escrita.
Victorino Martín volvió a Málaga después de doce años y dejó una corrida que devuelve a la Fiesta aquello que nunca debería perder: la emoción.
Hubo toros bravos, toros encastados, toros complicados y un toro extraordinario. Hubo toreros que se jugaron la vida, que tragaron, que mandaron y que torearon.
Escribano puso la épica y la heroicidad de continuar toreando después de una cornada. Emilio de Justo se enfrentó a dos animales que exigían una precisión y un valor enormes. Y Fortes encontró en Borracho la materia prima para una faena de enorme calidad, de esas que justifican por sí solas una tarde de toros.
No fue una corrida perfecta.
Fue algo mejor: fue una corrida de verdad.
Y en unos tiempos en los que la emoción parece haberse convertido en un bien escaso, eso ya es muchísimo.
Doce años después, Victorino volvió a Málaga para recordarnos que cuando aparece el toro, todo cambia.
Plaza de toros de Málaga, Andalucía – Noveno festejo de la feria del 150 aniversario de La Malagueta. Casi lleno. Toros de Victorino Martín, bien presentada en líneas generales, con seriedad y trapío. Exigente y emocionante en cuanto a su juego y comportamiento. El cuarto de la tarde, de nombre ‘Borracho’, fue premiado con la vuelta al ruedo. Encastado el segundo, tercero y quinto, ovacionado en el arrastre. El más deslucido en su juego fue el sexto, que tuvo humillación pero desarrolló genio.
• MANUEL ESCRIBANO, ovación y oreja
• EMILIO DE JUSTO, vuelta al ruedo tras petición y dos orejas
• JIMÉNEZ FORTES, dos orejas y silencio tras aviso
Incidencias: Debido al percance de Manuel Escribano en el primero de la tarde, se cambió el orden de lidia, saliendo en segundo lugar el que estaba reseñado como cuarto de la tarde. Antonio Chacón se desmonteró tras parear al quinto.