Hay tardes en las que el toreo se desprende de las orejas, de las estadísticas y de cualquier balance que pueda escribirse al término de una corrida. Tardes en las que la faena deja de ser solamente una sucesión de muletazos para convertirse en algo más íntimo, más profundo, casi inexplicable. El hombre frente al toro. El toro frente al hombre. Y alrededor, por unos instantes, todo lo demás deja de tener importancia.
La de hoy en La Malagueta fue una de esas tardes.
Hubo dos puertas grandes. La de Roca Rey y la de David de Miranda. Hubo también una actuación de enorme compromiso de Morante de la Puebla. Pero reducir la tarde a eso sería quedarse en la superficie. Porque lo verdaderamente importante, aquello que permanece cuando los trofeos pierden su brillo, fue que en Málaga hubo toreo.
Morante, entre la angustia y la gloria
Había algo extraño en el ambiente cada vez que Morante se situaba delante de un toro. Una tensión casi física. La sensación de que en cualquier instante podía suceder algo irreversible. Como si la tarde caminara permanentemente sobre el filo de una navaja.
Y sucedió con el cuarto.
Pero antes tuvo que enfrentarse al primero, un Torrealta de hermosa presencia y fondo decepcionante. Manso, reservón, geniudo, siempre pendiente de medir y de frenarse. Desde el capote dejó claro que aquello no iba a ser un regalo. En el caballo recibió castigo y salió huyendo, certificando que la bravura no iba a ser precisamente la virtud que presidiera su comportamiento.
Morante, sin embargo, no se desentendió.
Le dio sitio, lo esperó y fue arrancándole lo que parecía no querer entregar. Consiguió construir tres tandas de enorme belleza, tragando mucho, soportando las protestas continuas del animal y ganándose cada muletazo uno por uno.
No había toro para una gran faena. Pero sí había torero.
Cada pase tenía detrás una dificultad que no siempre se percibe desde la grada. No fue una obra grande porque la materia no permitía levantarla, pero sí una demostración de la capacidad de un hombre para buscar el toreo allí donde casi no lo hay.
Una estocada habilidosa y varios descabellos terminaron con aquel primer capítulo.
Silencio.
Después apareció ‘Espartano’, número 72 de Garcigrande.
Y con él apareció otro Morante.
Lo recibió con unas verónicas de una lentitud casi irreal, meciendo el capote con esa suavidad que parece pertenecer exclusivamente a sus manos. Después lo condujo al caballo mediante un galleo por chicuelinas de enorme sabor.
El toro era otra cosa.
Reponía por el izquierdo, caminaba hacia dentro, miraba y exigía. No admitía distracciones ni errores.
Morante decidió quedarse.
Y entonces comenzó la verdadera obra.
Los naturales fueron tomando un carácter cada vez más dramático. El riesgo aumentaba con cada muletazo. El toro no concedía nada y el torero se instaló en un terreno donde cualquier equivocación podía pagarse muy cara. Asentado, encajado, conduciendo la embestida hasta límites que parecían imposibles.
Hasta que llegó la voltereta.
El toro lo prendió con una violencia estremecedora. Los pitones pasaron peligrosamente cerca del cuello y Morante quedó suspendido a merced del animal durante unos segundos que parecieron eternos. La plaza entera se quedó sin respiración.
Pero volvió a levantarse.
Descalzo. Dolorido. Con el cuerpo castigado.
Y regresó a la cara del toro.
Para volver a torear.
Fue entonces cuando apareció el genio. Se asentó sobre los talones y comenzó a dibujar una serie de derechazos extraordinarios: largos, profundos, templados, llevados hasta detrás de la cadera. Muletazos de una hondura inmensa, de esos que no necesitan diez tandas para justificar una tarde entera.
Y llegó entonces uno de esos instantes en los que el toreo deja de necesitar explicación.
Morante, desplantado ante el toro, sacó un pañuelo de la chaquetilla y se limpió el rostro.
Sudor. Arena. Dolor.
Todo ello delante del animal.
Morante convertido en Verónica ante su propio Cristo.
El pañuelo entre las manos, el rostro empapado, el toro enfrente y La Malagueta detenida durante un instante que parecía ajeno al tiempo.
Hay imágenes que no necesitan interpretación.
Después costó cuadrar al toro. Escarbaba, se descomponía y se descuadraba continuamente. Finalmente Morante consiguió colocarlo y hundió la espada con rabia. La plaza pidió con fuerza.
Una oreja.
Pero ni siquiera pudo pasearla con normalidad. Se marchó a pie, dolorido, con el cuerpo castigado y con la certeza de haber participado, una vez más, en algo que no cabe medir con un pañuelo de presidente.
Porque las orejas son, al fin y al cabo, despojos.
Roca Rey encontró en segundo lugar un Torrealta de condición muy distinta a la del primero. También manso, pero con un fondo de nobleza y calidad que había que saber descubrir.
El peruano lo cuidó en el caballo y después respondió al quite de David de Miranda. Roca por saltilleras. De Miranda por tafalleras.
Desde el comienzo de la faena dejó claro cuáles eran sus intenciones. Se fue de rodillas al tercio y abrió la faena con pases cambiados por la espalda.
Era una declaración de intenciones.
Iba a apostar.
Y apostó.
Sacó al toro de sus querencias y lo condujo hasta los medios. Allí comenzó a imponer la autoridad de su muleta. Derechazos largos, reunidos, de mano baja, esperando siempre la embestida y sin conceder al animal el terreno que pretendía conquistar.
El toro protestaba cuando se le exigía más.
Roca no cedió.
Hubo un único pasaje al natural, más estimable que brillante, antes de regresar a la derecha y meterse definitivamente en los terrenos de cercanías.
Arrimón. Circulares. Los pitones pasando entre los muslos.
La Malagueta se levantó.
Un pinchazo y una estocada. Oreja.
Pero todavía quedaba por aparecer la versión más poderosa de Roca Rey.
Fue en el quinto, un Garcigrande que tampoco quiso ponérselo fácil. En el tercer muletazo llegó a meterse por dentro y después trató de echarle el pitón de fuera. Roca no retrocedió un solo paso.
Bajó la mano.
Se quedó en el sitio.
Y sometió al toro con una autoridad apabullante.
Desde el cite hasta detrás de la cadera. Una vez. Y otra. Y otra.
El animal quiso imponerse y el torero terminó haciéndose dueño absoluto de la situación. Hubo mando, poder y una exposición considerable. Una actuación que pertenece al repertorio de las figuras cuando deciden recordar por qué lo son.
Esta vez la espada no dejó lugar a dudas.
Estoconazo. Dos orejas.
Hacía tiempo que no aparecía Roca Rey en una versión semejante. Quizá haya que remontarse a aquella tarde de Bilbao para encontrar una expresión tan rotunda de ese torero poderoso, autoritario y capaz de dominar incluso cuando el animal no concede absolutamente nada.
Puerta grande.
Si hay un torero que parece haber establecido una relación especial con La Malagueta, ese es David de Miranda.
Volvió a demostrarlo con el tercero, un jabonero de Núñez del Cuvillo al que no le sobraba la raza, pero que poseía nobleza, clase y un fondo pastueño suficiente para que el torero onubense pudiera construir una faena que fue creciendo conforme avanzaba.
Antes había firmado un extraordinario quite por gaoneras. Quietud absoluta y un remate a una mano que terminó de encender a la plaza.
La Malagueta era ya un clamor.
Con la muleta comenzó con el cartucho de pescado y tomó la izquierda, su mano y también la del toro. Poco a poco fue dando forma a la faena, abriendo la embestida con la muñeca y obligando al animal a continuar cuando comenzaba a perder recorrido.
Por la derecha hubo algo más de rigidez, aunque la obra mantuvo su nivel.
El toro buscaba la salida hacia las tablas.
David de Miranda decidió que no se la iba a conceder.
Lo sujetó. Lo obligó. Lo hizo pasar. Y terminó arrancándole los últimos muletazos que todavía guardaba.
Cerró con bernadinas ajustadísimas y puso el punto final con una estocada monumental.
Dos orejas.
Una de ellas, incontestable.
El sexto perteneció a otro paisaje.
Un Torrealta que nunca terminó de definirse y que durante la faena de muleta se mostró áspero, sin entrega y progresivamente más parado. David de Miranda comenzó por bajo, trató de someterlo y, cuando comprendió que no existía toro suficiente para construir una faena convencional, decidió fabricar la faena desde el riesgo.
Se arrimó.
Mucho.
Hasta que, en el epílogo, unas manoletinas terminaron en una voltereta que, afortunadamente, no tuvo consecuencias.
Pinchazo y buena estocada.
Hubo petición de oreja, pero el premio no llegó.
Ovación tras aviso.
Así se cerró la última gran tarde de La Malagueta.
Roca Rey y David de Miranda salieron a hombros. Morante abandonó la plaza a pie, dolorido, con una sola oreja y con el cuerpo recordándole el precio de haber permanecido allí cuando lo fácil habría sido apartarse.
Pero sería injusto reducir la tarde al número de trofeos.
Porque hubo tres toreros entregados.
Roca Rey fue poder, mando y autoridad.
David de Miranda volvió a demostrar que lo suyo con Málaga no responde a la casualidad, sino a una relación que empieza a adquirir categoría de idilio.
Y Morante hizo algo que está al alcance de muy pocos: llevar el toreo a un lugar que está incluso más allá del propio toreo.
Tal vez por eso existen tantas dificultades para comprenderlo.
Hay quien reconoce antes el valor cuando el pitón pasa rozando que cuando el peligro se esconde detrás de una quietud aparentemente frágil. El valor aparatoso se ve. El valor silencioso hay que saber encontrarlo.
Y quizá por eso algunos miran a Morante y únicamente cuentan las orejas.
Hay que saber mirar.
Porque Morante no necesita una docena de muletazos para explicar una tarde. A veces le basta uno.
Un natural.
Una verónica.
Un derechazo.
Un desplante.
Un pañuelo secándose el rostro delante del toro.
Esta tarde, en Málaga, después de volver a caminar por el borde mismo de la tragedia, Morante volvió a nacer.
Volvió a nacer para recordarnos que todavía existe otra manera de entender el toreo. Una manera más antigua, más misteriosa, más humana.
La de los elegidos.
La de aquellos que no torean únicamente con el cuerpo.
La de quienes, como escribió Bergamín, se entregan al toro en cuerpo y alma.