Entre un toro impropio de Albacete, un tendido entregado al triunfalismo y un Morante dispuesto a tragar, la tarde acabó encontrando su sitio donde siempre debe estar: en el toreo.
Acabado el Alfarero de Oro, tocaba volver a la tierra de uno.
Albacete.
Había carretera de nuevo, pero esta vez la carretera llevaba a casa. Y acaso por eso se iba con un ánimo distinto. Quedaba atrás Villaseca, con sus novillos serios, sus toreros por hacer y sus tardes de examen; delante aparecía la Feria de Albacete, que es cosa bien distinta y que, por tradición, por duración y por categoría, no debería admitir según qué licencias.
El cartel tenía, además, esa rara mezcla de nombres y circunstancias que hacen apetecible una tarde.
Morante de la Puebla, cuya historia con Albacete ha conocido más desencuentros que amores.
Paco Ureña, que en la Nueva York de La Mancha ha conseguido una devoción que pocas plazas conceden.
Y Borja Jiménez, torero de gusto para este público, que sabe levantar tendidos y al que aquí se recibe con una disposición que conviene no confundir con la exigencia.
Enfrente, Domingo Hernández.
Y aquí habría que empezar a hablar en serio.
Porque Albacete no es una plaza de esas que puedan permitirse olvidar lo que representa.
Es una de las ferias más largas del calendario taurino, una de las de mayor tradición y, durante muchos años, una feria que ha presentado toros con una seriedad que ya quisieran para sí algunas plazas de primera categoría.
Por eso resultó tan desagradable encontrarse ayer con animales que no debieron vestir semejante corrida.
Hubo ejemplares de presencia impropia de una plaza como ésta. Animales que, por su condición física y por lo que después demostraron, hacen preguntarse cómo pudieron franquear el reconocimiento.
No es una cuestión de gustos.
Es una cuestión de categoría.
Y cuando se empieza por consentir al toro que no debe estar, no tardan en aparecer otras cosas.
Entre ellas, el triunfalismo.
Fuera de la plaza había una animación extraordinaria. Era sábado de feria y Albacete estaba en fiesta. Eso es hermoso. Lo que ya no lo es tanto es que la fiesta se meta en el tendido hasta hacerle perder al aficionado la medida de las cosas.
Ayer hubo momentos en que aquello parecía más una plaza entregada a la celebración que una plaza pendiente de juzgar una corrida.
Y, sin embargo, todavía quedaba alguien que sabía perfectamente dónde estaba la medida.
Se anunciaba el lleno.
No había billetes.
Pero aún no había terminado de entrar todo el mundo cuando salió el primero. El tendido se iba poblando mientras Morante recibía al animal con dos verónicas de esas que no necesitan número para ser recordadas.
Dos verónicas.
Lentas.
Dibujadas.
Con ese trazo suyo en el que el capote parece pesar menos que el aire.
El toro, sin embargo, no terminaba de meter la cara. Salía por arriba, sin acabar de entregarse y enseñando desde muy pronto que allí había más voluntad de embestir que verdadero poder para hacerlo.
Y lo mandaron al caballo.
Dos puyazos.
Demasiado castigo para un animal que ya había enseñado las costuras de sus fuerzas y cuya casta tampoco parecía de las que permiten semejante factura sin pasarla después.
La pasó.
Después del caballo quedó más parado, más simple y más tonto.
Y Morante tuvo que sacar de donde no había.
Pero cuando delante está Morante, incluso la pobreza puede tener algún momento de riqueza.
Hubo naturales verdaderamente excelentes.
Hubo derechazos de esos que dejan al aficionado con la miel en los labios, porque parecen anunciar una faena que el toro se empeña en no permitir.
Morante estuvo cerca.
Muy cerca.
Y toreó con un gusto impecable, sin alharacas, sin pedir al público que le acompañase en lo que estaba haciendo. El problema es que buena parte del público parecía no haberse enterado todavía.
Aquello tenía una explicación sencilla.
Para entender a Morante hay que mirar.
Y ayer algunos habían ido, más que a mirar, a esperar que sucediese algo que pudieran celebrar.
La espada no terminó de entrar.
Morante saludó una ovación cálida, de las que se reciben con cariño.
Y uno pensaba que aquello había sido bastante más de lo que el toro merecía.
El segundo salió con otra condición.
Paco Ureña lo recibió por delantales y el animal metió la cara como mandan los cánones cuando hay materia. Fuelle, codicia, recorrido y esa voluntad de llegar al final del muletazo que distingue al toro que embiste del animal que simplemente se mueve.
Ureña lo entendió.
Y no necesitó atropellarlo.
Ambicioso, sí.
Pero sereno.
Mandando.
El toro no protestaba. Embestía hasta el final y permitía al murciano construir una faena de mérito y clase.
Hubo tres derechazos que merecen quedar apuntados.
Largos.
De mano baja.
Templados.
De los que no necesitan veinte pases detrás para demostrar lo que son.
Allí hubo toreo.
Y hubo Ureña.
La faena pedía una buena espada.
Pero la espada, que tantas veces parece tener una opinión propia, quiso llevar la contraria.
Ureña se apresuró.
Falló.
Volvió a entrar.
Y aún hubo de acudir al descabello para acabar con el toro.
El triunfo se fue por el desagüe.
La plaza, al menos, supo reconocer el trabajo.
Ovación cálida.
Justa.
Borja Jiménez quiso recibir al tercero a porta gayola.
Y estuvo a punto de pagarlo.
El toro saltó por encima del torero, buscándole el cuerpo, sin conseguir hacer presa. Salió después en estampida, arrollando cuanto encontraba en su camino, como si hubiese decidido poner por unos instantes la feria patas arriba.
Pasado el susto, Borja dejó un buen saludo de capote.
El toro parecía tener alguna condición.
No era imposible.
Pero lo que parecía materia para el toreo terminó convertido en otra cosa.
Borja comenzó en los medios y la faena fue creciendo hacia el tendido más que hacia el toro.
Mucho pase.
Poca sustancia.
Demasiada linealidad.
Demasiado empeño en calentar la plaza
El toro, además, no tenía transmisión ni demasiadas ganas. Se movía, pero no entregaba. Y cuando el animal ofrece tan poco, el torero está obligado a poner aquello que falta.
Borja no encontró la forma de hacerlo.
Vinieron los trapazos.
Muchos.
Cuarenta, quizá.
Y los circulares finales, que hicieron lo que suelen hacer los circulares cuando el público está predispuesto: levantarlo.
La espada entró a la primera y, desde mi localidad, pareció metida y hasta el fondo. No vi una estocada descaradamente defectuosa.
Pero de ahí a la oreja había un trecho.
El tendido, sin embargo, se puso en pie.
La pidió con entusiasmo.
La presidenta dijo que no.
Y dijo bien.
Lo que siguió fue una bronca monumental.
Gritos de «¡fuera, fuera!» y toda la parafernalia de quien considera que, si ha aplaudido, el palco está obligado a obedecer.
No.
El presidente no está para obedecer.
Está para juzgar.
Borja dio la vuelta al ruedo.
Y desde mi sitio no la entendí.
No había visto faena de vuelta.
Había visto una tarde de feria, un toro sin transmisión, una labor demasiado larga y unos circulares que calentaron el tendido.
Pero la vuelta al ruedo no se debe a la temperatura del ambiente.
Se debe al mérito.
Y allí empezó a quedar claro que Albacete estaba teniendo un problema.
No con los toreros.
Con la medida.
Durante el descanso comenzaron a escucharse comentarios que, más que explicar la corrida, explicaban el tendido.
Que Morante no quería hacer nada.
Que al cuarto le daría muerte rápida.
Que por qué no habían dado la oreja a Borja después de semejante faena.
Semejante faena.
Ahí está.
Una señora, después de verme hacerle a Borja el gesto de que no debía haber dado la vuelta, se puso como si hubiese atentado contra la Constitución.
Y comenzó con aquello de que luego a Roca sí le daban las orejas, y que a Morante también se las pedían por hacer «así y así» con el capote y la muleta.
No sé qué quería decir exactamente con el «así y así».
Pero pensé que aquel «así» de Morante, iba a ser seguramente lo mejor que viera en su vida.
Aunque quizá no lo supiera.
Y aquí no se trata de mofarse de quien no sabe.
Todos hemos tenido que aprender.
El problema es otro.
Que se pretenda convertir la falta de criterio en criterio.
El público tiene derecho a entusiasmarse.
Tiene derecho incluso a equivocarse.
Lo que no puede hacerse es exigir que el palco sancione cada entusiasmo con una oreja.
Porque entonces la plaza deja de ser plaza y se convierte en verbena.
Y para eso ya está la feria.
El cuarto salió metiéndose por dentro.
En los capotes.
Y después en la muleta.
Desde los primeros ayudados por alto se vio que aquello no era un toro para andar de paseo.
Morante los dio en una baldosa.
Con el animal muy cerca.
Embistiendo con fuerza.
Y él sin moverse.
No pareció agradarle el toro.
Pero no por eso dejó de ponerse.
Ahí empezó la faena.
No la faena bonita.
La faena verdadera.
Morante se metió en terrenos pantanosos y por la derecha comenzó a construir tandas de una exposición extraordinaria.
El toro quería coger.
Y el torero quería torear.
Hay veces en que esas dos cosas coinciden y el resultado tiene algo de milagro.
Cambió a la izquierda.
Dos naturales exquisitos.
Pero el toro no quiso ese pitón.
Y por un momento pareció que la faena había llegado a su término.
Volvió a la derecha.
Y entonces sucedió algo que sólo sucede cuando un torero conoce al toro hasta en aquello que el toro todavía no sabe de sí mismo.
Se colocó donde era más peligroso.
Pero también donde más embestía.
Y allí comenzó la locura.
Derechazos larguísimos.
De esos que parecen estirar el tiempo.
Una tanda.
Otra.
Y después, una de naturales bellísimos.
Ya no había discusión.
Ya no había señora.
Ya no había feria.
Ya no había «así y así».
Había Morante.
La plaza entera se había puesto a mirar.
Y cuando una plaza que venía triunfalista se queda callada para mirar, aunque sea durante unos segundos, es que el toreo ha ganado.
No sonó la música para explicar lo que estaba sucediendo.
No hacía falta.
Los olés bastaban.
Morante había consentido al toro.
Lo había esperado.
Había tragado.
Había aceptado los terrenos donde la cornada estaba más cerca para encontrar también allí la embestida.
Y eso tiene un nombre antiguo.
Torería.
No fue la mejor faena de Morante de la temporada.
No hace falta mentir para engrandecer una tarde.
Pero sí fue una faena que Albacete recordará.
Porque tuvo aguante.
Tuvo temple.
Tuvo gusto.
Tuvo exposición.
Tuvo conocimiento.
Y tuvo aquello que distingue una faena de Morante de una colección de muletazos de cualquier otro:
tuvo misterio.
Cuando la plaza estaba en lo alto, Morante se fue a por la espada.
Y entonces sí.
Un estoconazo.
Entero.
Contundente.
De los que cierran una faena como Dios manda.
Las dos orejas.
Morante alzaba al cielo de Albacete las dos orejas de Chulo.
La plaza estaba entregada.
Y Morante dio una vuelta al ruedo de aquellas que parecen no querer terminar nunca.
Despacio.
Muy despacio. Como la faena que acababa de hacer.
Como corresponde cuando el público quiere prolongar lo que acaba de vivir.
Albacete, aquella tarde, había esperado a Morante.
Y Morante, finalmente, había conseguido que Albacete se rindiera.
Ahí acabó mi tarde.
No vi el quinto.
No vi el sexto.
Y no voy a fingir ahora que puedo juzgar lo que no vi.
Después supe que la tarde todavía tuvo más cosas y que Paco Ureña y Borja Jiménez dejaron argumentos para pensar en una Puerta Grande que finalmente no llegó. Pero ésa ya no fue mi corrida.
Mi corrida terminó a las 19:48.
Y me marché por una razón muy sencilla.
Había visto a Morante.
Y sabía que aquello iba a ser muy difícil de igualar.
No necesitaba buscar otra faena por obligación.
A veces el aficionado también tiene derecho a marcharse con el sabor bueno en la boca.
Me fui, sin embargo, con una preocupación.
Porque Albacete merece más.
Merece mucho más.
No basta con llenar la plaza.
No basta con que la feria esté abarrotada.
No basta con que el público se divierta.
Una plaza de esta historia tiene que conservar algo que no se puede comprar con un lleno: criterio.
Y el criterio empieza por el toro.
No se puede hablar de una feria importante mientras pasan por reconocimiento animales que no corresponden a la categoría de la plaza.
Ni se puede pedir una oreja porque el tendido ha decidido que una faena le ha gustado.
Ni se puede convertir una vuelta al ruedo en una segunda oreja por aclamación popular.
El palco tiene que aguantar.
Ayer la presidenta aguantó.
Y por eso recibió una bronca.
Bienvenida sea.
Porque más vale una bronca de un público enfervorizado que una plaza sin autoridad.
Y más vale que el palco diga no cuando corresponde que acostumbrar al tendido a que todo vale.
La corrida tuvo además otra enseñanza.
El primer Morante, con un toro pobre de fuerzas, dejó muletazos de categoría.
Ureña encontró un toro con el que podía haber triunfado y se lo llevó el acero.
Borja, entre la falta de transmisión del animal y una faena demasiado populista, encontró un público dispuesto a convertir cualquier calentón en premio.
Y luego llegó Morante.
No pidió nada.
No buscó la oreja.
No buscó la vuelta.
Buscó al toro.
Y cuando encontró la embestida, se metió donde dolía.
Eso es lo que conviene recordar.
Porque hay tardes en que la plaza pide.
Y hay tardes en que el torero manda.
Ayer ocurrió lo segundo.
Y por eso, después de tantos desencuentros entre Morante y Albacete, terminó sucediendo algo que parecía improbable:
Albacete tuvo que rendirse.
No ante la feria.
No ante la oreja.
No ante el entusiasmo.
Ante el toreo.
Y cuando una plaza se rinde ante eso, aunque sólo sea una tarde, todavía queda esperanza.