Era el viaje de vuelta a Bilbao.
Habíamos ido y venido en poco más de veinticuatro horas y el cansancio empezaba a pesar. Llegábamos muy justos para poder estar aquella tarde en Alcalá de Henares, pero llegamos. Y fuimos.
Íbamos con ganas.
Sobre todo por ver a Diego Urdiales, torero enorme, de gusto extraordinario, en ese magistral momento de forma que atraviesa. Y también porque el cartel había ganado interés con la sustitución de Javier Cortés por Talavante. Para completar la terna, Víctor Hernández. Una corrida de Julio de la Puerta y tres toreros con argumentos suficientes para hacer olvidar el sueño.
La plaza, sin embargo, no me gustó.
Ni por fuera ni por dentro.
Fría, poco acogedora, sin nada que me llamara especialmente la atención. De esas plazas que uno visita por los toros y no por el edificio.
Pero habíamos venido a eso.
A los toros.
Y salió el primero.
Diego Urdiales puso cara a la tarde desde el principio.
El de Julio de la Puerta fue un toro mansote, con movilidad y genio, de esos que no regalan nada pero que tampoco lo niegan todo. Tenía transmisión y el riojano supo entenderlo desde el primer momento.
Sin violentarlo.
Sin querer hacer de él lo que no era.
Aplomo, ligazón y hondura.
Urdiales fue sacándole los muletazos que llevaba dentro y, cuando el toro empezó a decir que hasta ahí, el torero supo cortar la faena. También eso es saber torear: conocer cuándo hay que insistir y cuándo una obra ya ha dado cuanto podía dar.
Lo mejor llegó en unos naturales de mucho peso y en un soberbio espadazo.
Dos orejas.
La tarde quedaba cara desde el principio.
En segundo turno salió Javier Cortés.
Y qué gusto.
El segundo fue un toro manejable, de los que se dejan torear sin poner demasiadas dificultades. Pero una cosa es que el toro se deje y otra muy distinta saber qué hacer con él.
Cortés sí lo supo.
Toreó como sabe.
Clásico.
Puro.
Torero.
Con enorme gusto, muy templado, reunido y con una ligazón que daba continuidad a la faena. Entendió a la perfección lo que pedía el animal y no necesitó inventar dificultades donde no las había.
Fue una faena de gran trazo y trato.
De esas que parecen sencillas porque el torero consigue que lo sean.
Y ahí estaba la diferencia.
El toro se dejaba, pero Cortés lo convirtió en toreo.
Pinchazo y estocada desprendida.
Ovación.
El premio quedó en el acero.
El tercero fue para Víctor Hernández.
Un toro más parado, de menos recorrido y con menos fondo.
No daba para mucho más.
Pero Víctor no se escondió detrás de la condición del animal. Se puso firme, mandó y se impuso. Hubo que hacerle las cosas con autoridad y el madrileño lo hizo.
Faena de compromiso.
De esas en las que el torero tiene que tirar la moneda aun sabiendo que el toro puede no devolverla.
Víctor estuvo muy por encima de las posibilidades del animal y dejó momentos de buena factura.
La estocada fue letal.
Oreja con fuerte petición de la segunda.
El cuarto volvió a ser para Urdiales.
Y aquí no había nada.
Un toro sin opciones, que nunca terminó de romper hacia adelante y que dejó al riojano frente a una de esas tardes en las que el torero tiene que convivir con la nada.
Lo intentó.
Buscó.
Esperó.
Pero no había toro.
Y cuando no hay toro, tampoco conviene inventarlo.
Urdiales, inteligente y templado, dejó algún muletazo de bella factura antes de que la espada terminara de poner el punto final.
Silencio.
Y llegó el quinto.
Y aquí terminó la tarde.
Porque el toro, objetivamente, fue bueno.
Noble.
Repetidor.
Humillador.
De esos animales que permiten torear con facilidad y que parecen fabricados para que la muleta viaje delante de la cara sin oposición.
Pero una cosa es la nobleza y otra la bravura.
Y aquel toro carecía de casta y de raza.
No exigía.
No apretaba.
No ponía al torero en su sitio.
No pedía nada.
Simplemente embestía.
Una y otra vez.
Como un mecanismo perfectamente engrasado.
Y quizá ése sea el problema.
Que ahora parece que gusta demasiado el toro que no incomoda a nadie. El toro que embiste, pero no pregunta. El toro que humilla, pero no exige. El toro que permite hacer el toreo sin obligar al torero a conquistarlo.
Un toro bueno para hacer faena.
Pero no necesariamente un toro bueno para la Fiesta.
Cortés estuvo extraordinario con él.
Otra vez el gusto.
Otra vez la ligazón.
Otra vez el toreo clásico, limpio y templado.
Le formó una faena muy buena.
Y entonces llegó lo incomprensible.
El público comenzó a pedir el indulto.
Me quedé atónito.
¿El indulto?
¿A aquello?
El toro había sido bueno para la muleta, sí.
Había repetido.
Había humillado.
Había permitido.
Pero ¿dónde estaba la casta? ¿Dónde la raza? ¿Dónde la bravura que debe justificar que un toro vuelva al campo?
Aquello no era un toro de indulto.
Era, precisamente, lo contrario de lo que yo entiendo que debe ser un toro indultable.
Al principio, la presidenta resistió.
Y lo hizo bien.
Por fin parecía que alguien iba a poner orden entre tanto entusiasmo.
Pero Cortés no mató.
Miró al palco.
Y siguió toreando.
El público volvió a pedir.
Y volvió a pedir.
Y el torero, en lugar de cortar aquella deriva, pareció alimentarla.
Ahí fue cuando mi indignación dejó de ser contra el público y pasó directamente al torero.
Porque al público se le puede comprender.
Puede equivocarse.
Puede dejarse llevar por el ambiente, por una faena bonita, por una tarde de fiesta.
Pero el matador sabe.
O debería saber.
Y Cortés sabía perfectamente que aquel toro no era de indulto.
Lo sabía.
Y aun así dejó que aquello creciera.
Finalmente, la presidenta cedió.
Indulto.
Y ahí se terminó de romper la tarde.
No por el toro.
Por lo que representaba.
Porque una cosa es que una afición que no sabe de toros pida un indulto sin fundamento y otra que el profesional que está delante del animal se deje arrastrar por ello, cuando es precisamente él quien debería poner las cosas en su sitio.
Me pareció una falta de respeto enorme.
Al público que sabe.
Y también al que no sabe.
Porque si al que no sabe le enseñamos que eso es la bravura, jamás aprenderá a distinguirla.
Y también una falta de respeto al toro bravo de verdad.
Al toro que tiene casta.
Al que tiene raza.
Al que se come la muleta.
Al que te exige.
Al que te pone en tu sitio.
Al que te obliga a ser mejor torero de lo que eras cuando saliste de la barrera.
Ésos son los toros que merecen volver al campo.
No un animal que embiste como un mecanismo y que no plantea una sola pregunta.
Me dolió especialmente porque venía siguiendo a Cortés.
Había ganas de verlo.
Había ilusión.
Y aquella tarde había empezado a confirmar algunas de las cosas que uno busca en un torero.
Pero aquello cambió mi impresión por completo.
Un torero puede equivocarse.
Puede pinchar.
Puede tener una mala tarde.
Puede incluso interpretar mal un toro.
Pero hay cosas que van más allá del error técnico.
Y para mí, aquella fue una de ellas.
No había terminado todavía el festejo y yo ya había decidido marcharme.
Víctor Hernández aún no había cogido la muleta con el sexto cuando me levanté.
Me fui.
No quería ver más.
Quizá pueda parecer una reacción exagerada.
Pero había llegado a Alcalá después de un viaje largo, cansado, con ganas de ver toros y de seguir disfrutando de una tarde de verano en una plaza. Y terminé sintiendo que aquello había dejado de ser una corrida de toros para convertirse en otra cosa.
Una verbena.
Una tarde triunfalista.
Una plaza entregada al entusiasmo fácil.
Y eso no es lo que yo busco cuando voy a los toros.
Después, ya en frío, pensé en la corrida.
Y tuve que reconocer que los toros, aun siendo sosos, habían permitido torear.
Urdiales encontró materia en el primero.
Cortés toreó con gusto al segundo y estuvo muy bien con el quinto.
Víctor se impuso al tercero y tenía por delante un sexto que, según lo que después supe, le permitió redondear su tarde con otra oreja.
Los toros dieron opciones de triunfo.
Eso es cierto.
Pero también lo es que una tarde de toros no puede reducirse a que todos los animales embistan dócilmente y todos los toreros encuentren la posibilidad de cortar una oreja.
Eso es una tarde triunfalista.
Eso es otra cosa.
Porque el toro debe tener algo más.
Debe tener alma.
Debe tener casta.
Debe tener ese punto de incertidumbre que hace que el torero se gane lo que consigue.
Y aquel quinto, por bueno que fuera para la muleta, no me pareció un toro de indulto.
Ni de lejos.
De la corrida me quedo con Urdiales, con el gusto de Cortés —hasta donde llegó la tarde— y con la firmeza de Víctor Hernández.
Pero también me quedo con una decepción.
La de una plaza a la que probablemente no vuelva.
Y, sobre todo, con la sensación amarga de haber visto cómo una buena faena puede terminar sirviendo para justificar algo que no debería justificarse.
Porque el indulto no puede ser el premio a un toro que simplemente embiste.
El indulto debería ser la coronación de un toro bravo.
Del que pelea.
Del que se entrega.
Del que exige.
Del que hace que el torero se gane cada muletazo.
Y si empezamos a confundir la nobleza con la bravura, llegará un día en que habremos conseguido lo más triste de todo:
que el público deje de saber qué es un toro bravo.
Y entonces sí que habremos perdido la tarde.
Plaza de toros de Alcalá de Henares, Madrid – Último festejo de la feria taurina 2026. Toros de Julio de la Puerta, el quinto, de nombre ‘Rosador’, fue indultado.
• DIEGO URDIALES, dos orejas y silencio.
• JAVIER CORTÉS, que sustituye a Alejandro Talavante, ovación y dos orejas y rabo simbólicos.
• VÍCTOR HERNÁNDEZ, oreja con petición y oreja.