Y esta vez había motivos de sobra para volver.
La Goyesca del Motín ponía sobre el papel uno de esos carteles que nacen con el aroma de las grandes tardes: Morante de la Puebla, Juan Ortega y Pablo Aguado. La llamada trinidad sevillana. Tres toreros de gusto, de personalidad y de conceptos diferentes, reunidos en una de las plazas más hermosas que pueda conocer un aficionado. Enfrente, Núñez del Cuvillo, ganadería que, como ya sabe quien haya seguido estas páginas, no figura precisamente entre mis predilectas. Pero cuando el cartel tiene semejante atractivo siempre queda abierta la puerta de la esperanza: quizá esta vez.
Aranjuez, además, tiene algo que pocas plazas pueden presumir de conservar. En unos tiempos en que se celebran corridas bajo temáticas de toda condición —algunas verdaderamente espantosas—, las goyescas siguen siendo, al menos para mí, una excepción que merece ser celebrada. La de Aranjuez ha adquirido una relevancia indiscutible y sentarse en su bicentenaria plaza es ya, por sí mismo, un privilegio. Es un prodigio arquitectónico, un coso de una belleza difícil de discutir y un escenario que parece pedir a gritos que delante de él suceda algo importante.
Todo estaba dispuesto.
O casi.
Pasadas las seis y media, el presidente hizo asomar el pañuelo blanco y comenzó el paseíllo mientras todavía media plaza andaba buscando su localidad. Y durante la lidia del primero, aquella imagen no hizo sino empeorar: una procesión interminable de espectadores cruzando por delante del tendido, conversaciones a voces, discusiones y un bullicio impropio de una plaza de esta categoría después de haber soportado una eternidad en la cola.
Una auténtica vergüenza de organización.
Por fortuna, en medio de aquel desconcierto, apareció Morante con el capote y el ruedo recuperó por un instante su sitio.
El primero quiso más de lo que podía. Un inválido de Cuvillo, con voluntad pero sin fuerzas, al que Morante tuvo que administrar con la delicadeza de quien sabe que un paso de más puede acabar con lo poco que queda. No hubo toro para grandes empresas, pero sí torero para darle sentido a la tarde. El sevillano lo exprimió con enorme empaque, hondura y conocimiento, midiendo cada exigencia y poniendo él aquello que el animal era incapaz de poner.
Una buena estocada y la primera oreja de la tarde.
Pero lo verdaderamente grande todavía estaba por llegar.
Salió el cuarto y Morante se dejó el cuerpo olvidado en las verónicas. Las tres primeras fueron un monumento: encajado en el embroque, el mentón hundido, el pecho girando detrás de la embestida. Toreo de otro tiempo, de ese que no necesita adornos para decirlo todo.
Después vino el comienzo por bajo.
Y qué comienzo.
Se abrió camino doblándose con el toro, llevándolo abajo, con una torería añeja, y dejó un trincherazo que ni el propio Goya habría sabido mejorar sobre el lienzo.
Parecía que la tarde iba a tomar vuelo.
Pero el toro decidió pronto hasta dónde llegaban sus fuerzas. A partir de ahí, comenzó el magisterio.
Morante lo tomó muy corto, se entregó y pisó esos terrenos que parecen reservados para unos pocos. Citando retrasado, con media muleta y aprovechando el escaso recorrido del animal, consiguió hacer de la necesidad una virtud. Sin sacar apenas los brazos, dejando llegar al toro y vaciando aquella embestida corta en muletazos de seda.
Los naturales fueron una lección.
No había toro para la faena que cualquiera hubiera soñado, pero había Morante para hacer posible una faena que nadie más habría podido concebir. La plaza se volvió un manicomio mientras el sevillano se fajaba con el animal y le arrancaba hasta la última gota de lo que llevaba dentro.
Y después, el remate.
Giraldillas, cambios de mano, un molinete invertido de una perfección insultante y un abaniqueo de gracia suprema.
El acero cayó en buen sitio.
Dos orejas.
Aquello no fue simplemente una faena premiada. Fue otra demostración de ese extraño magisterio que posee Morante: el de convertir la escasez del toro en materia para el arte sin que la faena pierda verdad.
Juan Ortega se encajó a la verónica con el segundo y consiguió desde el primer momento amansar una embestida que pedía manos de seda. Los lances, majestuosos de temple y colocación, arrancaron los primeros olés verdaderamente limpios de la tarde.
Después llegó la muleta y apareció el problema de siempre.
El Cuvillo carecía de raza.
Construir una faena grande era casi una quimera, pero Ortega no renunció a buscar la excelencia. Sobre la zurda dejó naturales de intachable colocación, refinado gusto y esa elegancia suya que parece no necesitar esfuerzo. Puso el torero el sabor que el toro se empeñaba en negar.
El premio parecía suyo, especialmente después de unos faroles de gran efecto en el cierre.
Pero el pinchazo enfrió el ambiente y todo quedó en una calurosa ovación.
Tampoco encontró fortuna con la tizona ante el quinto, un jabonero sucio, descompuesto y de feas intenciones. Ortega quiso imponerse con poderío, pero los derrotes del animal provocaron inevitables enganchones. Se dobló con él con torería y dio por terminada una pelea que nunca llegó a ser faena.
Pablo Aguado sorteó un tercero de medio viaje, medido de fuerzas y con la molesta costumbre de desentenderse al final de los muletazos. El toro, sin embargo, tenía un buen embroque, y Aguado supo aprovecharlo para dejar pasajes de primoroso gusto.
Sin alharacas. Sin querer fabricar donde no había.
Toreando lo que había.
Y cuando llegó la hora de matar, un estoconazo inapelable aseguró la oreja.
Pero Aguado todavía guardaba lo mejor.
El sexto fue recibido con un quite por chicuelinas arrebatado y bellísimo, luciendo un vistoso capote de paseo blanco. El gesto encendió los tendidos y preparó el terreno para una de esas tardes en las que hasta los detalles parecen querer ponerse de acuerdo.
Después, Iván García y Sánchez Araujo se desmonteraron tras dos pares monumentales. Un día más, plata que vale oro.
Aguado tomó la muleta con plena disposición y el toro, aunque de condición descompuesta, tenía un tranco estimable. Los ayudados por alto y los kikirikís del comienzo tuvieron ese sabor torerísimo que hacía pensar en una faena grande.
El animal se movía, pero aquella movilidad escondía sus defectos: ritmo descompuesto, cierta tendencia a reponer por dentro y una embestida que no terminaba de entregarse.
Aguado lo sometió sin estridencias.
Y sobre la diestra llegaron los mejores pasajes: temple, poderío y una dulzura extraordinaria. Qué dulce momento atraviesa este torero.
Hubo allí toreo de verdad, del que no necesita levantar la voz para hacerse escuchar.
Sólo faltó la espada.
Y esa vez el acero se llevó lo que la muleta había ganado.
Fue una tarde entretenida, aunque desmedidamente acalorada, marcada por un encierro de Núñez del Cuvillo desigual de presencia, en general terciado, y sobre todo falto de raza. El primero tuvo buena condición pero acabó aplomado; el segundo estuvo muy desrazado y sin empuje; el tercero, medido de fuerzas y de medio viaje; el cuarto fue nobilísimo, aunque le costaba acometer; el quinto, descompuesto; y el sexto tuvo movilidad, pero con un ritmo igualmente descompuesto.
Juan Ortega volvió a encontrarse con la cruz del lote.
Pablo Aguado dejó pasajes de absoluta delicia y confirmó que atraviesa un momento dulce.
Pero Morante volvió a hacer de Morante.
En Aranjuez, en la Goyesca del Motín, ante un toro que tenía mucho menos de lo que se necesitaba para una tarde grande, volvió a aparecer el torero capaz de encontrar belleza donde otros solamente encontrarían limitaciones.
Quizá por eso uno sigue viniendo.
Porque hay tardes en las que el cartel promete.
Y hay otras en las que, por unos instantes, el cartel se convierte en toreo.
Aranjuez volvió a ser testigo de ello.