Hay temporadas que empiezan en una plaza grande y otras que comienzan donde uno menos lo espera. Esta ha empezado para nosotros en Añover de Tajo. Y acaso no podía haber comenzado mejor.
Venían por delante unas semanas de carretera, de madrugones, de kilómetros y de plazas. El premio, naturalmente, era el de siempre: ver toros, discutir sobre toros, hablar de lo que pasó y de lo que pudo pasar. Para abrir el camino, Añover ofrecía un cartel que tenía bastante de tentación: Morenito de Aranda, David Galván y Álvaro Lorenzo, con una corrida de Adolfo Martín.
No hacía falta más.
La plaza, además, ya pone al aficionado en disposición de cosas serias. Tiene ese aire antiguo que conservan algunos cosos modestos y que no se compra con arquitectura ni con presupuesto. Solera, personalidad y un sabor añejo que se agradece. La entrada a la plaza fue, para quien esto escribe, el primer buen augurio de la tarde.
Luego salieron los toros.
Y entonces empezó la corrida de verdad.
El primero tenía casta. No era un toro de los que pasan sin dejar rastro. Exigía, protestaba y llevaba dentro un punto de inteligencia que obligaba al torero a no descuidarse. En el capote de Morenito de Aranda salía con dificultad de los vuelos y tendía a acortar el viaje. Las fuerzas tampoco le sobraban, y eso condicionó buena parte de su lidia.
Morenito lo entendió pronto.
No había que apretarle de salida.
En el caballo, sin embargo, quiso lucirlo. El toro acudió hasta tres veces con alegría. Fueron tres encuentros de lucimiento, que no de castigo, pues otra cosa hubiera sido poco prudente atendiendo a la flojedad que ya había manifestado.
Conocido el toro, conocido también su límite.
Morenito brindó al público y comenzó la faena por naturales. Hubo temple y hubo clase, aunque siempre con ese punto de cautela que imponía un toro que, siendo bueno, no era ingenuo. Tenía calidad por ambos lados, pero había que llevarlo con cuidado. El torero tragó, esperó y dejó pasar los pitones sin terminar de encontrar siempre la distancia perfecta.
La derecha fue el camino.
Por allí se entendieron mejor toro y torero. Morenito fue componiendo tandas de gran naturalidad, sin violencia, sacando al animal lo que tenía y, sobre todo, sin pedirle aquello que sus fuerzas no podían darle.
Estocada trasera.
Una oreja.
Y para el toro, ovación en el arrastre.
Justa.
El segundo fue acaso el toro que más ilusionó de salida. Corto de tronco, fino de carnes, musculado, bien presentado y con un recorrido largo que hacía concebir esperanzas. Humillaba de verdad. Había materia.
Pero al toro también hay que conservarlo.
En el caballo recibió dos varas que resultaron demasiado fuertes para su condición. Después del segundo encuentro pareció perder parte de aquella viveza primera. Lo que traía dentro seguía allí, pero ya no con la misma claridad.
David Galván lo comenzó con suavidad y finura. Había maneras de torero bueno, como las hay casi siempre en él. Pero la faena fue derivando hacia un toreo demasiado acompasado al toro, demasiado lineal, sin terminar de exigirle.
Y aquel toro pedía gobierno.
No bastaba con seguir su viaje. Había que imponérselo.
Tenía nobleza. Tenía clase. Tenía recorrido.
Le faltó quien mandara.
La espada tampoco ayudó. Estocada excesivamente trasera y desacierto posterior con el descabello.
Silencio para Galván.
Aplausos para el toro.
El tercero cambió de registro. Más hecho, de mayores hechuras, con más comida, pero bien armado de conjunto. Y también más listo. Desde pronto se vio un animal con más fuelle, más vivo de cabeza y menos dispuesto a regalar nada.
En varas peleó bien, aunque por un solo pitón. Dos puyazos y dos buenas peleas. En banderillas estaba pendiente de todo. No perdía detalle. Toro atento, de los que aprenden.
Álvaro Lorenzo tuvo el mérito de comprenderlo.
No quiso atropellarlo. Le bajó la mano, le suavizó las salidas y buscó darle el espacio que necesitaba. El toro tenía potencia y cierta rabia, y había que templarlas antes de intentar gobernarlas.
Lo consiguió durante un tiempo.
Después el toro aprendió.
Porque estos toros aprenden pronto.
Y entonces cada muletazo tuvo que ser ganado. Álvaro lo sujetó, lo esperó y fue arrancándole pases sueltos, sin darle demasiadas oportunidades de descubrir el engaño. Hubo incluso una tanda importante, de esas que parecen salir de donde no quedaba nada, porque el torero consiguió sorprender al toro antes de que este terminara de descubrirle la intención.
La faena tenía sustancia.
La espada se encargó de echarle tierra encima.
Pinchazo profundo. Álvaro no volvió a entrar a matar y acudió al descabello, donde tampoco acertó.
Silencio para el torero.
Aplausos para el toro.
Y queda decirlo: ese toro, en otras manos, probablemente habría dado otra corrida.
Hasta aquí, la tarde había tenido nobleza, calidad y exigencia.
Pero todavía faltaba lo que verdaderamente pone a prueba a un torero.
El cuarto salió alto, larguísimo, de esos toros que parecen no acabar nunca. La estampa ya decía otra cosa. Y las miradas, más.
En el capote se revolvía con rapidez, buscando al hombre en cuanto encontraba el final del engaño. No había confianza posible.
Morenito lo dejó largo al caballo. Dos veces acudió y dos veces peleó con franqueza. Pero aquello no engañaba a nadie que estuviera mirando: el toro iba a ser difícil.
En banderillas terminó de descubrirse.
Entonces había que decidir.
Y Morenito decidió ponerse delante.
Desde la primera tanda se encendió el tendido. El toro era un animal muy revuelto, de cabeza rápida, que sabía perfectamente qué terreno concedía y cuál no. No completaba el muletazo: lo cortaba a mitad del viaje y se volvía con rapidez para buscar al torero.
Eso no era una faena de lucimiento.
Era una faena de pelea.
Morenito pisó los terrenos que había que pisar y se quedó allí. Sin cámaras, sin grandes focos, en una plaza de tercera categoría y sin necesidad alguna de jugarse el tipo de aquella manera.
Pero se lo jugó.
Hubo que sobrevivir primero para poder torear después.
Y toreó.
Fue una labor de lucha continua, de aguantar, de resolver y de no volver la cara. Una faena distinta de las que suelen quedar mejor retratadas, pero quizá por eso mismo más estimable para quien sepa medir lo que cuesta estar allí delante.
La espada no quiso acompañar.
Morenito se atascó y con ello se fue un premio mayor.
Pero no la faena.
Ni la ovación.
El torero fue despedido con una fuerte ovación.
El toro, con silencio.
El quinto traía, de salida, otra promesa. Alto, musculado, imponente. En el capote tuvo recorrido y se mostró revoltoso. Parecía que la corrida iba a continuar por el camino que había tomado con el anterior.
Y en el primer puyazo confirmó esa esperanza.
Acudió de largo y empujó con los riñones. Peleó con bravura.
Pero el segundo encuentro fue otra cosa.
Al salir del caballo pareció haberse acabado el toro. Se marcharon con él la emoción, la clase y la raza que había apuntado. Se paró. Se apagó. Se guardó lo que llevaba dentro.
Galván quiso buscarle la vuelta.
Algún muletazo pudo sacarle.
Nada más.
No había transmisión.
Y cuando un toro no quiere, el torero puede tener toda la voluntad del mundo, que el milagro no siempre comparece.
Dos entradas con la espada bastaron para que el animal se echara.
Silencio para Galván.
Leves pitos para el toro.
Y llegamos al sexto.
Parecía hermano de sangre del cuarto. Otra vez el toro que obliga a mirar dos veces. Avizor, mirón, pendiente de todo, con esa fijación de los animales que no olvidan aquello que tienen delante.
En varas volvió a dejar una nota de interés. Buena pelea y dos arrancadas alegres. Había toro.
La muleta confirmó parte de aquella impresión.
No llegó a la dificultad extrema del cuarto, pero conservaba algo de su carácter: había que tragar, aguantar y creer en lo que se estaba haciendo.
Álvaro Lorenzo creyó.
Y apostó.
Apostó tanto que terminó convirtiendo en gran toro al que, sin esa apuesta, quizá hubiera quedado simplemente en toro complicado.
Lo llevó con suavidad. Con gusto. Con sabor. Sin estridencias.
Por la derecha dejó muletazos de enorme calidad. No conviene abusar de las palabras grandes: «excelente» se utiliza demasiado y debería reservarse para muy pocas ocasiones. Pero aquello fue muy bueno. De una calidad superior.
Y Álvaro se hizo con el toro.
No hizo una faena para salir del paso. Hizo la faena que quería hacer.
Luego llegó la izquierda.
Y allí apareció lo mejor de la tarde.
Naturales templados, largos, bajos de mano, llevados con esa calma que convierte el dominio en belleza. Hubo algo especial en aquella tanda.
Ahí estaba el toreo.
No el toreo como adorno, sino el toreo como gobierno. Como la capacidad de conseguir que una embestida que venía con sus propias intenciones termine sometida a la voluntad del hombre.
Álvaro Lorenzo estuvo cumbre.
Cumbre de verdad.
Después vino la espada.
Un navajazo. Muy caída y atravesada. Un final que deslució lo que acabábamos de ver y que estuvo a punto de convertir el entusiasmo en decepción.
Pero una mala estocada no puede borrar una buena faena.
El público pidió las orejas con fuerza. El presidente resistió, aunque terminó concediendo la primera.
La primera es del público.
Una oreja.
Y una sensación más importante que la oreja: la de haber visto torear.
Me fui de Añover satisfecho.
Hacía tiempo que una tarde no me dejaba esa mezcla de emoción, incertidumbre y ganas de seguir hablando de lo sucedido cuando uno ya ha salido de la plaza.
La corrida tuvo dos mitades muy distintas.
La primera estuvo presidida por la nobleza, la clase y la humillación, pero también por la exigencia. Toros que, teniendo buenas condiciones, pedían que el torero hiciera las cosas como hay que hacerlas.
La segunda fue otra corrida. Tres animales complicados pusieron el picante, el riesgo y esa emoción que hace que el aficionado no pueda distraerse. Solo el quinto se salió de ese tono: complicado, sí, pero manso y sin transmisión.
En conjunto, una auténtica corrida de toros.
Morenito de Aranda se entregó con sus dos toros y se jugó la vida con ambos. Con el cuarto, especialmente, dejó una de esas actuaciones que quizá no caben enteras en una estadística. La espada le negó un triunfo mayor, pero no puede negarle el mérito de haber aceptado la pelea cuando el toro no ofrecía ninguna comodidad.
David Galván tuvo delante un primer toro al que no terminó de entender ni de exigir y un segundo que apenas le dejó materia para el toreo. Hubo detalles de ese torero fino, suave y de buenas maneras que sigue siendo, pero los detalles, cuando el toro pedía mando, no fueron suficientes.
Y Álvaro Lorenzo.
Álvaro fue cumbre.
Sobre todo con el sexto.
No porque el toro se lo regalara. Precisamente porque tuvo que buscarlo, comprenderlo, esperarle y terminar imponiéndose a él. El torero hizo bueno al toro.
La espada puso una mancha donde había habido seda.
Pero la mancha no borra el lienzo.
Añover nos deja, por tanto, algo más que una tarde entretenida. Nos deja la satisfacción de haber visto una corrida que pidió toreros, que dio emoción y que obligó a estar pendiente del ruedo.
Y eso, en estos tiempos, no es poco.
Porque una tarde de toros no necesita que todos los toros sean buenos.
Necesita que alguno tenga verdad, que el torero la encuentre y que el aficionado todavía sepa reconocerla.
En Añover hubo de todo eso.
Y por eso valió la pena hacer carretera.