Íbamos a Bilbao.
Una plaza nueva para mí, de esas que uno tiene ganas de conocer mucho antes de pisarla. Había curiosidad por vivir su ambiente, por ver cómo respira una de las grandes plazas y por comprobar qué queda de aquella afición bilbaína que tantas páginas ha escrito en la historia del toreo.
Después de bastante tiempo sin una buena entrada —salvando el lleno de dos días atrás— se esperaba ambiente. Y lo había.
Pero nosotros íbamos, como tantas otras veces, siguiendo a quien si no.
A Morante.
Y al final, todo valió la pena.
Aunque hubo que buscar el toreo entre una corrida que, en presentación y en juego, estuvo bastante lejos de lo que Bilbao debe exigir.
El primero de Morante fue un toro rematado, serio y bien presentado para la plaza. Pero poco más quiso conceder de salida.
El cigarrero intentó lucirse con el capote y no encontró materia. El toro terminaba siempre con la cara alta, echaba las patas hacia delante y, cuando no, se quedaba corto. No había manera de componer el lance ni de encontrar aquella embestida que permite que Morante haga de la capa una cosa distinta.
En el caballo recibió cuatro puyazos.
Cuatro.
Y, vistos después los acontecimientos, cuatro castigos absolutamente excesivos e innecesarios para un toro de semejante condición.
La vara, una vez más, pareció tratar de demostrar quién manda en la plaza en lugar de descubrir qué llevaba dentro el toro.
Con la muleta, sin embargo, pareció mejorar.
No era un toro de gran clase. Tampoco de esos que se entregan sin condiciones. Pero permitió algo.
Y cuando hay algo, aparece Morante.
El maestro empezó a torear con esa hondura que no necesita explicación. Con esa clase que parece no pertenecer a la velocidad de nuestro tiempo.
Y entonces llegó una tanda de naturales.
Una tanda.
Pero qué tanda.
Despacio.
Muy despacio.
Los naturales salían largos, hondos, cosidos a la muleta. Morante cerca, muy cerca, pasándose al toro por donde parecía que no había espacio.
Aquello fue otra cosa.
Una de esas tandas que justifican un viaje.
Una de esas que hacen pensar que, aunque el toro no haya estado a la altura, el viaje sí lo estuvo.
Solo por aquello había merecido la pena venir a Bilbao.
Pero faltó toro.
Faltó animal para que Morante pudiera terminar de cuajar aquello que había empezado a dibujar.
Pinchazo y estocada caída.
Aplausos para el maestro.
Y la sensación de haber visto, aunque solo fuera durante unos instantes, al Morante que uno viene buscando.
El segundo salió con mejor condición en el capote de Daniel Luque. Algo suelto, sí, pero humillando con cierta clase, aunque sin terminar de entregarse.
En el caballo se le cuidó mucho.
Dos puyazos medidos.
Y viendo lo que había apuntado en el capote, Borja Jiménez aprovechó para hacerle un quite por ajustadas chicuelinas, respondido Luque con unos delantales.
Hubo espectáculo en los capotes.
Después llegó el desorden.
Las banderillas se hicieron largas, con poca organización y demasiados capotazos. El toro, que ya venía algo distraído, empezó a perder interés y a buscar las tablas.
Y entonces Luque tuvo que ir a buscarlo.
Porque aquel toro no quería ir hacia el torero.
Había que ir hacia el toro.
Luque se puso donde el animal estaba más cómodo y, desde allí, empezó a construir.
Puro Luque.
Relajado.
Templado.
Con ese modo suyo de llevar al toro bajo, de dejarle la muleta puesta delante y conseguir que la embestida continúe cuando parecía que ya no quería continuar.
No hubo toro.
Pero hubo torero.
Y eso también es torear.
Faena de mérito, de sabor y de gusto. Sin alardes innecesarios, sin buscar adornar lo que no hacía falta adornar. Luque hizo faena donde el toro no la ofrecía.
Estocada en buen sitio.
Una oreja.
Justa.
El tercero correspondía a Borja Jiménez y era un toro demasiado justo para Bilbao.
Borja dejó buenas verónicas de recibo, pero en el primer puyazo ocurrió lo que nadie quería ver:
el toro se partió los dos pitones.
Se corrió turno.
Y salió el que estaba reseñado como sexto.
Otro toro muy justo para una plaza como Bilbao.
Más que toro, parecía un buey de carreta al que le habían colocado dos velas por pitones.
Borja volvió a recibirlo con buenas verónicas.
El animal dejó ver que humillaba, aunque salía algo distraído. El caballo fue poco más que un trámite y, en banderillas, tampoco ayudó: el toro cortó a la cuadrilla y no dejó colocar ni un solo par completo.
Ya en la muleta, Borja hizo lo que debía.
Se impuso.
Mandó.
Lo sometió.
El toro repetía y humillaba. No lo hacía con las mejores formas, pero repetía y humillaba. Había materia.
Borja se encontró bien y dejó momentos de clase. Hubo muletazos buenos, algunos de notable trazo, pero faltó aquello que convierte una faena correcta en una faena cuajada.
No terminó de romper.
El público, sin embargo, se entregó al torero.
Y entonces apareció, una vez más, la espada.
La cruz de Borja.
El primer pinchazo y después una estocada tendida le cerraron el camino de una oreja que, probablemente, habría sido pedida con fuerza de haber acertado a la primera.
Otra vez la muleta por delante del acero.
El cuarto volvió a corresponder a Morante.
Toro corto, de buenas hechuras, aunque también algo justo para Bilbao.
Desde el capote dejó ver unas maneras extrañas, inciertas, poco claras.
Y lo que apuntó fuera terminó confirmándose dentro.
Fue un toro reservado.
De esos que se guardan lo poco que tienen y no quieren entregarlo.
Morante lo intentó.
Pero no había.
Un derechazo suelto y poco más.
El público comenzó a protestar antes incluso de que llegara la hora de matar.
Morante pinchó.
Después dejó una estocada caída.
Y llegó la bronca.
Una de esas tardes en las que el torero quiere y el toro no deja.
Hasta aquí, Bilbao nos estaba enseñando su peor cara.
Pero todavía quedaba Luque.
El quinto.
El segundo de Daniel Luque.
Y aquí hay que hablar claro.
Aquello tenía muy poca presencia.
Una auténtica cabra.
Sin trapío para Bilbao.
En el capote pasó con la cabeza por bajo y en varas cumplió, eso sí, con dos castigos muy medidos.
Luque brindó a los monosabios.
Un gesto de honor.
Y después se puso de verdad.
Sin reservas.
Con disposición.
Con ganas.
Con torería.
El toro tenía mejor condición que su primero y, dentro de sus limitaciones, permitió más.
Luque lo entendió.
Lo templó.
Lo llevó.
Y volvió a hacer su toreo.
Ese toreo suyo que no necesita disfraces.
Muleta baja, mando, temple, distancia medida y una enorme capacidad para leer al toro mientras la faena sucede.
No quiso alargar aquello que ya había dado cuanto podía.
Midió.
Cuando vio que el animal no tenía más, se fue a por la espada.
Estocada trasera.
Y ahí quedó una faena de mucho gusto y mucha verdad.
De grandísimo torero.
Porque hay faenas que se miden por la condición del toro y otras por la capacidad del torero para sobreponerse a ella.
Esta fue de las segundas.
Se pidieron dos orejas con muchísima fuerza.
El presidente concedió una.
Y estuvo bien.
Las orejas no se pueden regalar.
La faena fue de nota, sí. De mucha nota.
Pero dos orejas habrían sido excesivas.
Una reconoció el toreo.
Dos habrían rebajado el premio.
Y llegó el sexto.
El segundo de Borja Jiménez.
El primer sobrero.
Y aquí cambió la música.
Si el toro que había salido como tercero bis había ofrecido una oportunidad que Borja no terminó de aprovechar, este último ejemplar era otra cosa bien distinta.
Un toro áspero, de embestida poco clara y con violencia en los arrancados. De esos animales con los que el torero no puede permitirse un solo descuido.
No había facilidad.
No había comodidad.
Había que ponerse delante.
Y Borja se puso.
Sin volver la cara.
Firme.
Muy firme.
El toro soltaba hachazos, buscaba y exigía una colocación y una decisión que no admitían medias tintas. Borja aguantó las embestidas, intentó limpiarle aquellos cabezazos y buscó una salida donde prácticamente no la había.
No fue una faena de lucimiento.
Ni podía serlo.
Fue una faena de valor.
De disposición.
De querer estar.
Y eso, ante un toro así, también tiene su importancia.
Borja volvió a demostrar que no le pesa el toro cuando el toro aprieta. Estuvo delante, sin esconderse, intentando resolver una papeleta que tenía poco de artística y mucho de torera.
Mató con solvencia y recibió una fuerte ovación.
No había mucho más que sacar.
Pero había que estar allí.
Y estuvo.
Después de toda la tarde quedó también una sensación con el público.
No parecía, por momentos, el Bilbao de toda la vida.
Y no lo digo porque la plaza tenga que pertenecer únicamente a quienes llevan décadas ocupando sus tendidos. Al contrario: da gusto ver una plaza llena, y ojalá esas entradas continúen.
Pero se percibía que parte de aquel público no estaba demasiado acostumbrado a ver toros.
Y hubo cosas que sobraron.
La bronca a Morante antes incluso de que el toro estuviera muerto fue una de ellas.
Una cosa es exigir.
Otra, faltar.
A Morante se le puede criticar. Faltaría más. El aficionado tiene derecho a juzgar, a protestar y a no estar de acuerdo.
Pero hay formas.
Y lo que se escuchó en algunos momentos no tenía nada que ver con la exigencia de una plaza de categoría.
Tampoco tuvo sentido la petición desmedida de dos orejas para Luque.
La faena fue muy buena. De mucho gusto, de mucha clase y de muchísimo mérito.
Pero dos orejas habrían sido demasiado.
Por fortuna, el presidente mantuvo la categoría de Bilbao.
Y eso también es defender una plaza.
Porque cuando el premio se regala, termina perdiendo valor aquello que se pretende premiar.
El viaje a Bilbao mereció la pena.
Y eso es lo que queda.
Vimos unos naturales sobrenaturales de Morante.
De esos que no necesitan toro extraordinario para ser extraordinarios ellos.
Vimos a un Daniel Luque en un estado de forma magnífico, fiel a su concepto y a su manera de entender el toreo. Dos faenas distintas, dos toros sin demasiadas virtudes y, en ambas, el torero encontrando el camino.
Y vimos a Borja querer.
Quiso.
Buscó.
Se puso.
Tuvo una oportunidad con el toro que salió como tercero bis y no terminó de cuajarla. Y después, con el sexto, se encontró con un animal áspero, violento y mucho más complicado, ante el que volvió a dar la cara.
No terminó de redondear su tarde, pero dejó algo que también cuenta: la disposición de quien no se esconde cuando el toro aprieta.
Lo demás fue la corrida.
Y la corrida dejó bastante que desear.
La presentación no estuvo a la altura de Bilbao y el juego fue, por lo general, manso, descastado y con muy poco que ofrecer. Hubo toros que dejaron hacer y alguno que permitió torear, pero faltó ese punto de seriedad y de exigencia que uno espera encontrar en una plaza como esta.
Y aun así, me gustó Bilbao.
Me gustó la plaza.
Me gustó el ambiente.
Me gustó vivir una tarde en un lugar nuevo.
Y me gustó, sobre todo, comprobar una vez más que el toreo puede aparecer incluso cuando casi todo parece empeñado en esconderlo.
Volveremos.
Porque Bilbao merece otra oportunidad.
Y porque después de ver una tanda de naturales como aquella, uno entiende que hay viajes que no se miden en kilómetros.
Se miden en muletazos.
Y aquellos naturales de Morante valieron el viaje.