Mucho trapío, poca fuerza y un toro para recordar. Frenoso fue la excepción de una tarde que dejó más decepción que triunfos.
Después de tres meses sin pisar una plaza de toros, ayer regresé a los tendidos con ilusión, ganas y la esperanza de reencontrarme con aquello que tanto echaba de menos. El destino era Cenicientos, una plaza con personalidad y un cartel que invitaba al optimismo: una corrida de Victoriano del Río, seria y con mucho trapío, y una terna formada por José Garrido, Álvaro Lorenzo y Joaquín Galdós.
Victoriano del Río presentó un encierro muy serio, bien hecho y, en general, muy bello a la vista. Toros de los que el aficionado disfruta contemplando antes incluso de que se abra el capote. Otra cuestión sería su condición durante la lidia: la corrida no estuvo sobrada de fuerzas y, salvo alguna excepción, faltó fondo para que la tarde terminara de romper.
En cuanto a los toreros, José Garrido era quizá el nombre que más ilusión me hacía. Es un torero al que sigo y en quien confío, especialmente por su buen toreo de capa y ese concepto puro que, cuando consigue expresarlo, puede hacerle diferente. Álvaro Lorenzo era otro de mis nombres, un torero que ha sabido evolucionar y madurar su concepto durante los últimos años. Y Joaquín Galdós suponía una incógnita: nunca lo había visto en directo y apenas tenía referencias suficientes para saber qué podía encontrarme.
El viaje hacia Cenicientos fue parte de esa ilusión. Después de tres meses alejado de una plaza, la cabeza imaginaba una gran tarde. Quizá demasiado. Pero la ilusión estaba intacta.
Salió el primero, un toro imponente, de buenas hechuras y agradable presencia. Garrido lo recibió con la rodilla genuflexa, pegado a tablas, toreando con lentitud y gusto.
La ilusión, sin embargo, duró poco. Mientras el toro era colocado para el caballo comenzó a mostrar falta de fuerza, perdiendo las manos en más de una ocasión y haciendo incluso dos amagos de marcharse hacia toriles.
Llegó el tercio de varas y el castigo terminó de condicionarlo. El puyazo fue malo y excesivo para un animal que ya había mostrado problemas de fuerza. El toro se reservó todavía más y dejó de querer pelea. En banderillas mostró arrancadas peligrosas y llegó a la muleta sin apenas ofrecer posibilidades.
Garrido poco pudo hacer ante un toro que había ido a menos desde su salida. Ante los silbidos del respetable, decidió abreviar y tomar el estoque. La primera decepción de la tarde.
La esperanza volvió con el segundo. Se llamaba Frenoso, un nombre que, tratándose de un Victoriano, ya invitaba a soñar.
Álvaro Lorenzo lo recibió con algunas verónicas junto a tablas. El toro, algo distraído, no terminó de dejarse en el capote, aunque en las pocas embestidas que regaló dejó ver una condición extraordinaria: clase, humillación y una manera de meter la cara que hacían pensar que allí podía haber toro.
En el caballo empujó con los riñones y dio pelea. Pero, una vez más, el castigo no estuvo a la altura de las circunstancias. El picador volvió a pasarse de castigo y además lo hizo en mal sitio. El toro acusó el puyazo, aunque su bravura le permitió seguir adelante.
El tercio de banderillas fue notable y Iván García se desmonteró después de una buena actuación de la cuadrilla.
Llegó la muleta y Frenoso volvió a demostrar sus virtudes. Repetía, obedecía y respondía al mando de Lorenzo. Había toro.
Pero faltó torero.
Álvaro pareció verse superado por la condición de su oponente. La faena fue repetitiva, sin demasiadas ideas y sin terminar de mandar sobre el animal. En demasiadas ocasiones estuvo fuera de sitio y tuvo que recolocarse ante las protestas del público. Más que conducir las embestidas, se limitó a acompañarlas.
Y eso, ante un toro como Frenoso, era insuficiente.
Probablemente, con cualquier otro animal de condición más sencilla, aquella faena habría podido valer una oreja. Pero el toro pedía mucho más y se fue prácticamente sin torear.
Para colmo, la espada terminó de emborronar la tarde. Pinchó en el primer intento y, en el segundo, dejó una estocada lamentable, atravesada, llegando a verse claramente la entrada y salida del estoque por el costado del animal. A la tercera fue la vencida.
Frenoso tuvo un final amargo que no merecía. El público le dedicó algunos aplausos, aunque, a mi juicio, no llegó a reconocer realmente la extraordinaria condición que había mostrado.
Fue, sin duda, el gran toro desaprovechado de la tarde.
Llegó el tercero y con él mi primera oportunidad de ver a Joaquín Galdós en directo.
Salió un toro armónico, bien presentado y con una condición que invitaba al optimismo. Repetía, tenía una buena embestida y, en líneas generales, parecía un animal con posibilidades.
Pero la faena de Galdós no terminó de arrancar.
La recuerdo especialmente repetitiva, sin terminar de encontrarle el sitio al toro ni de construir una faena que estuviera a la altura de lo que el animal parecía ofrecer. El aburrimiento comenzó a instalarse en los tendidos hasta el punto de que, siendo sincero, poco más recuerdo de la faena.
Lo que sí quedó grabado fue el lamentable tercio de banderillas de la cuadrilla. Desordenado, caótico y sin nadie que pareciera poner orden en la lidia. Una imagen poco acorde con una plaza que merecía otra cosa.
Galdós dejó una estocada baja y, con la muerte del tercero, empecé a pensar que la tarde difícilmente iba a mejorar.
Salió el cuarto, segundo del lote de José Garrido, un toro que se salía algo del tipo general de la corrida, aunque seguía estando muy bien presentado. Tenía clase y una buena embestida, pero le faltaba completamente la transmisión necesaria para que aquello llegara a los tendidos.
El silencio se hizo prácticamente absoluto en la plaza. Garrido, viendo las pocas opciones que ofrecía el animal, tiró de oficio y no quiso alargar innecesariamente una faena que no tenía demasiado recorrido. Dejó algunos detalles, pero poco más podía sacarse de un toro que pasaba sin emocionar.
El quinto fue un toro de Victoriano del Río que mostró desde su salida una evidente falta de fuerzas. Después del primer puyazo perdió las manos en varias ocasiones y el público comenzó a protestarlo. Finalmente aparecieron los cabestros para devolverlo a los corrales.
En su lugar salió un sobrero de Sobral, de bonito pelaje, aunque con más hechuras de novillo que de toro.
El público ya había perdido prácticamente cualquier esperanza de ver una gran tarde. Álvaro Lorenzo dejó algún detalle, pero tampoco encontró materia suficiente para construir una faena de importancia. Sin excederse, comprendió pronto que tampoco había demasiado que hacer y acabó con el sobrero.
El sexto fue un toro cortito, bonito y de lenta embestida.
Galdós, sin excederse con el capote, dejó algún detalle ante la condición pausada del animal. De una de esas embestidas salió incluso un buen derechazo, de esos que parecen dibujarse a cámara lenta.
Mientras tanto, el ambiente en los tendidos había tomado un camino completamente distinto al del ruedo. Por momentos aquello parecía más un partido de fútbol que una corrida de toros: cánticos, papeles higiénicos volando y una tribuna convertida en una especie de barra brava argentina. Galdós llegó incluso a mirar atónito hacia el tendido antes de continuar con su faena.
El toro, falto de fuerza pero con una condición noble y manejable, permitió al peruano construir una faena suficiente para terminar llevándose una oreja.
Después de tres meses sin pisar una plaza, la vuelta a los toros en Cenicientos terminó siendo decepcionante. Incluso, por momentos, aburrida.
Y quizá la mayor frustración estuvo precisamente en lo que podía haber sido.
Victoriano del Río presentó una corrida preciosa, seria y con mucho trapío, pero a la que le faltó fuerza en demasiados momentos. Y, sobre todo, dejó un toro extraordinario: Frenoso. Un animal con clase, bravura, repetición y una condición que pedía un torero capaz de imponerse y aprovecharlo. No ocurrió.
José Garrido no tuvo suerte con su lote. Su primero se vino abajo después de un tercio de varas excesivo y su segundo, aunque tuvo clase, llegó sin transmisión y tampoco permitió demasiado.
Álvaro Lorenzo tuvo delante al que probablemente fue el toro de la tarde. Y ahí está, para mí, la gran asignatura pendiente de la corrida. Frenoso se fue sin torear. Lorenzo no terminó de encontrar la manera de imponerse, estuvo en demasiadas ocasiones fuera de sitio y no consiguió construir una faena a la altura del animal que tenía delante.
Joaquín Galdós, al que veía por primera vez, tuvo un buen tercer toro al que no supo sacar partido y encontró en el sexto un animal de embestida lenta y noble que le permitió cerrar la tarde con una oreja.
También volvió a quedar patente la importancia del tercio de varas. El primer toro fue castigado en exceso después de mostrar ya problemas de fuerza y Frenoso, después de empujar con los riñones, recibió un castigo que terminó mermando sus posibilidades. Una vez más, cuando hay un toro con condiciones, la suerte de varas debe estar al servicio de la lidia y no convertirse en un castigo que termine por apagar aquello que todavía está por descubrir.
Me quedo, pese a todo, con la imagen de esos toros de Victoriano del Río saliendo por toriles. Serios, bellos y con presencia. Con la ilusión del regreso a una plaza. Y, sobre todo, con la sensación amarga de lo que pudo ser y no fue.
Porque cuando aparece un toro como Frenoso, no basta con tenerlo delante.
Hay que torearlo.
Toros: Victoriano del Río 1º,2º,3º,4º,5º y 6º Sobral 5º Bis
José Garrido: Silencio y Silencio
Álvaro Lorenzo: Palmas y Silencio
Joaquín Galdós: Silencio y Oreja