La tarde se hizo larga entre toros sin fondo y faenas sin vuelo, hasta que el sexto encontró a Borja y Borja encontró el toreo.
Íbamos a Cuenca por Morante.
Ésa era la verdad.
Cuando supimos que el maestro no estaría en la plaza, hubo que pensárselo. No por falta de afición, que ésa no conoce de ausencias, sino porque la tarde perdía de golpe buena parte de su razón de ser. Finalmente decidimos hacer camino. Había figuras en el cartel —o eso dice el nombre— y siempre queda la esperanza de que el toro, aun cuando uno no lo espera, venga a poner las cosas en su sitio.
Fuimos, pues, sin demasiadas pretensiones. Una tarde más. Una plaza más. Unos toros más.
Lo que no sabíamos era que, en los corrales de Cuenca, aguardaba una corrida que parecía haber sido escogida por algún enemigo declarado del espectáculo.
De esas que hacen que el reloj pese.
De esas en las que hasta el aficionado más paciente comienza a preguntarse si no habrá otro modo de pasar la tarde.
Una corrida, en fin, de las que ponen a prueba la paciencia del tendido y hacen bueno aquello de que hasta el aburrimiento tiene su lidia.
El primero era un toro bajo, musculoso, bien hecho y bien armado. De bonita presencia dentro de sus hechuras. Poco tardó, sin embargo, en enseñar que una cosa es tener trapío y otra muy distinta tener un comportamiento que permita hablar de toro.
En el capote embestía a saltos, soltando la cara y metiéndose por dentro. No había limpieza en sus arrancadas ni entrega en el viaje.
En el caballo tampoco quiso pelea. El picador, además, dejó un mal puyazo, demasiado castigo para un toro que no estaba precisamente sobrado de fuerzas ni de condición.
Manzanares hizo lo que suele hacer Manzanares: corrección, compostura y oficio. El viento tampoco quiso poner de su parte y el toro menos todavía. Aun así, el alicantino consiguió alguna tanda estimable, especialmente cuando dejó la muleta en la cara y alargó el viaje todo lo que el animal consentía.
Pero no había más.
Ni toro para más.
Ni tarde para exigir milagros.
Con la espada tuvo que entrar hasta tres veces y terminar recurriendo al descabello.
El segundo, muy parejo de hechuras con su hermano, pareció traer algo más de esperanza. En el capote de Juan Ortega mostró mejor condición y en el caballo empujó algo más.
Hasta que llegó el puyazo.
Un puyazo de terror.
Trasero, en el costado, de esos que hacen pensar que a veces el caballo no es enemigo del toro sino de la propia corrida.
Ortega comenzó la faena con gusto, sirviéndose de unos molinetes de buena factura. Había torero. Eso se le veía. Pero el toro comenzó pronto a enseñar sus miserias: arrancaba a trompicones, se detenía, dudaba y en ocasiones se quedaba a mitad del muletazo.
No era sencillo encontrarle la tecla.
Ortega puso voluntad y estuvo por encima de su oponente, buscando alargar lo que el animal no quería prolongar. Pero faltó profundidad. Faltó emoción. Faltó esa chispa que convierte una faena correcta en una faena que deja recuerdo.
Mató de una estocada entera, algo delantera pero bien colocada.
Y cayó una oreja.
Una oreja de ésas que, si uno las pesa con la balanza de la exigencia, parecen haber sido compradas en liquidación.
La faena no había tenido nada profundo que decir.
El tercero era fino y salió muy suelto. Le costó a Borja Jiménez sujetarlo en el capote y, cuando finalmente consiguió pararlo, el toro se quedaba cortísimo y se volvía rápidamente.
No había peligro manifiesto, pero tampoco había entrega.
En varas acudió con dificultad y cuando finalmente llegó al caballo lo hizo dando saltos, protestando y lanzándose hacia el cuello del equino. El castigo, esta vez, fue corto.
Con la muleta Borja tuvo que aceptar la poca distancia que traía el toro. Lo aguantó. Lo esperó. Y cuando el animal amagó con meterse por dentro, el sevillano no le volvió la cara.
Ahí estuvo el mérito.
Mano baja. Mando. Gobierno.
Consiguió imponerse y, para encender algo un tendido que llevaba demasiados minutos a media luz, cambió el viaje con un pase por la espalda que levantó el ambiente.
Hubo toreo mandón.
Pero no hubo toreo sabroso.
Y conviene distinguir una cosa de la otra.
La faena tuvo mérito, incluso calidad en determinados momentos, pero el toro no permitió que apareciera el gusto. En esta primera mitad de la corrida, los toros parecían empeñados en demostrar que para torear hacen falta dos.
El torero y el toro.
Y allí casi siempre faltaba uno.
El cuarto fue una cosa todavía más triste.
Fino, seco, con cara casi de novillo sin terminar de hacer. Un animal sin transmisión desde que salió hasta que se fue.
Manzanares le dejó alguna verónica, pero no había mucho que contar.
Ni mucho que esperar.
Vio al toro, le dio un par de tandas y decidió abreviar.
Dos entradas con la espada pusieron punto final.
Y quizá fue la faena más sincera de la tarde: cuando no hay toro, tampoco conviene inventarse una corrida que no existe.
El quinto, destinado nuevamente a Ortega, era otro toro finísimo, anovillado, sin presencia suficiente para levantar precisamente el ánimo de una plaza que ya venía necesitando algo a lo que agarrarse.
Ortega quiso poner de su parte lo que el toro no traía.
Se fue de rodillas y recibió al animal con una media cambiada, lenta, bella de estampa y ejecutada con esa elegancia natural que posee el sevillano.
Fue probablemente el momento más bonito del recibo capotero.
Después se acabó todo.
El caballo no añadió nada.
La muleta, tampoco.
Toro parado, absolutamente parado. De esos animales que no es que no quieran embestir: es que parecen haber olvidado que para eso han salido al ruedo.
Ortega se fue a buscarle algún muletazo.
Y alguno encontró.
Pero cada vez que parecía que el toro iba a arrancar, se quedaba detenido. Su embestida, además, era fea y sin fuerza.
El torero insistió.
La espada, esta vez, sí le acompañó.
Buena estocada.
Y otra oreja.
Otra oreja de saldo.
Puerta grande.
Y uno no puede evitar preguntarse si, en Cuenca, las puertas grandes tienen las hojas demasiado anchas.
Porque una cosa es premiar la voluntad de un torero y otra muy distinta es convertir una tarde sin toro, sin faenas de auténtico relieve y sin emoción sostenida en una corrida de triunfos.
Pero quedaba uno.
El sexto.
Y, por fortuna, todavía quedaba Borja Jiménez.
El toro salió diferente a sus hermanos. Bien comido, relleno, hecho. Un toro que, sin ser extraordinario de salida, presentaba otra estampa y otra condición.
Borja quiso recibirlo de rodillas con varias largas cambiadas. Después llegaron las verónicas, con gusto, y el recibo capotero terminó por chicuelinas.
En el caballo pasó sin demasiado que contar.
Y entonces llegó la muleta.
Y cambió la tarde.
Borja formó el taco.
Mandó sobre el toro desde el primer momento. Templó. Bajó la mano. No perdió un paso. Dejó la muleta delante de la cara y obligó al animal a seguirla.
El toro humillaba.
Sí.
Pero conviene decirlo todo.
Porque el toro tuvo una condición que hasta entonces no habíamos visto, pero buena parte de lo que acabó ofreciendo salió del empeño del torero. Borja no se limitó a aprovecharlo: lo empujó a embestir.
Le puso la muleta donde tenía que ponerla.
Le exigió.
Le dio confianza.
Y acabó sacando de él un toro distinto del que probablemente hubiera sido sin aquella insistencia.
El toreo adquirió entonces otra dimensión.
Templado.
De mano baja.
Sin perder terreno.
Sin perder el sitio.
Con la muleta siempre puesta.
Había gusto, había mando y había esa sensación que aparece muy pocas veces en una tarde: la de estar viendo a un torero que sabe perfectamente lo que quiere hacer y sabe, además, cómo conseguir que el toro termine entrando en su propósito.
Borja Jiménez estuvo como un figurón del toreo.
No como una figurita.
Como un torero de verdad.
De los que cuando encuentran toro pueden transformar una tarde.
Y entonces llegó la espada.
Ay, la espada.
Qué desgracia para Borja Jiménez.
De haber matado a la primera, quién sabe qué puerta habría tenido que abrir aquella tarde. Porque la faena pedía premio grande. Mucho más grande que el que finalmente recibió.
A la segunda fue la vencida.
Y pudo entonces cerrar una faena de arte y majestad.
La plaza se entregó.
La tarde, por fin, había encontrado una razón para ser recordada.
Y así terminó Cuenca.
Una tarde que, salvo por ese sexto, se hizo larga. Muy larga.
Los toros no dieron prácticamente nada. Y cuando digo nada, digo que hubo momentos en los que uno llegó a pensar que aquello no servía ni para ponerlo a prueba en una plaza de tientas.
Manzanares estuvo en su sitio, correcto, sin más. Y tampoco sería justo exigirle lo que sus toros no permitieron. El viento molestó y el material fue escaso.
Juan Ortega puso voluntad, dejó su sello y tuvo detalles de su torería, pero no llegó a cuajar porque sus oponentes no le dieron argumento. Se marchó a hombros, sí, pero con una puerta grande que, siendo francos, salió demasiado barata.
Borja Jiménez fue otra cosa.
Tuvo dos toros difíciles y con el tercero de la tarde hizo una faena de mérito, imponiéndose a un animal corto y mirón. Pero con el sexto llegó la obra.
La de verdad.
La que justificó el viaje.
La que hizo olvidar por unos minutos el tedio anterior.
La que recordó que una figura del toreo no es quien acumula nombres importantes en el cartel, sino quien, cuando aparece un toro delante, es capaz de convertirlo en una faena que merece ser contada.
Y queda la espada.
Si Borja matara bien...
Si Borja matara bien, qué sería de Borja Jiménez.
Porque si ya es alguien importante, si ya ha demostrado que puede estar a la altura cuando el toro le permite expresar lo que lleva dentro, uno no quiere ni imaginar hasta dónde podría llegar si además encontrara regularidad con el acero.
Cuenca, mientras tanto, tendrá que mirarse.
Tiene una buena feria.
Tiene una plaza con posibilidades.
Tiene afición.
Pero las orejas no deberían salir tan económicas.
No se puede regalar una puerta grande porque la faena tenga voluntad, ni porque la espada haya caído en buen sitio, ni porque el público tenga ganas de fiesta. Una oreja debe pesar. Y dos orejas deberían pesar todavía más.
Porque cuando el premio se abarata, también se abarata aquello que pretende premiar.
Y a pesar de todo, la tarde terminó dejando algo bueno.
Porque fuimos entre amigos.
Porque hicimos carretera.
Porque hablamos de toros.
Porque nos reímos.
Y porque, entre seis toros que hicieron poco por la causa y una tarde que por momentos tuvo más de penitencia que de corrida, apareció un sexto toro y apareció un torero.
Y cuando aparece un torero de verdad, hasta una tarde para olvidar puede terminar dejando algo que recordar.
Borja Jiménez se encargó de ello.