La Feria del Milagro abría su segundo festejo con un cartel de notable interés y tres toreros de conceptos muy diferentes: José María Manzanares, Juan Ortega y un Víctor Hernández que afrontaba su primera gran cita de la temporada después de haber dejado el pasado curso la sensación de ser uno de los nombres jóvenes llamados a tener importancia.
Los tres primeros llevaron el hierro de Román Sorando y los tres últimos pertenecieron a Domingo Hernández. Una corrida de juego desigual, con toros que ofrecieron posibilidades diferentes y en la que, por encima de todo, terminó imponiéndose la personalidad de un joven torero que parece tener cada vez más claro qué quiere ser.
Víctor Hernández salió de Illescas a hombros junto a Manzanares y Ortega, pero el premio más importante quizá no estuvo en las orejas. Estuvo en la sensación de que hay un torero que quiere construir su camino desde la verdad, sin buscar atajos.
El primero de la tarde, de Román Sorando, fue un toro serio, enmorillado, fino de cabos y con presencia. En la muleta de Manzanares rompió con fijeza, humillación, clase y transmisión. Un toro que, sin ser perfecto, tenía cosas importantes.
Manzanares lo entendió desde el principio y construyó una faena basada en el tiempo y la limpieza. Hubo ligazón y profundidad, especialmente por el pitón derecho, aunque faltó algo más de ajuste. Por el izquierdo no terminó de encontrarse el acople.
El toro fue perdiendo fuelle y acabó buscando las tablas, pero incluso entonces siguió embistiendo hasta el último aliento.
Cuando Manzanares se disponía a cuadrarlo para matar, un espectador tuvo que ser atendido por los servicios médicos, obligando al torero a detenerse hasta que abandonó el tendido. El público reconoció el gesto con una ovación.
Después llegó la espada. Una estocada marca de la casa y las dos orejas para Manzanares.
El segundo, colorado chorreado y más lavado de cara, era largo de viga y tuvo una salida más incierta. Se frenó en el capote de Juan Ortega y pronto dejó entrever que no iba a ser un toro sencillo.
Ortega tuvo que tirar de suavidad y paciencia. No era animal para forzar las embestidas, sino para convencerlas. El sevillano encontró algunos momentos de verdadera calidad, especialmente en un inicio en el que aparecieron dos trincherazos de extraordinario gusto.
Pero el toro terminó rajándose y la faena perdió continuidad. Ortega hizo lo que pudo ante un animal que fue apagándose hasta desaparecer prácticamente de la escena.
Metió la mano con habilidad y dejó una estocada algo caída. Palmas.
Y llegó el primer aviso serio de lo que podía ofrecer Víctor Hernández.
El tercero, colorado y también de Román Sorando, fue recibido por el madrileño con un quite por saltilleras en los medios. Ya desde ese momento dejó claro que no había venido a pasar de puntillas.
Volvió al centro del ruedo para iniciar la faena de muleta con unos estatuarios de enorme seriedad, rematados con un magnífico pase del desprecio.
El toro tenía acometividad y exigía mucho. No fue una faena perfecta ni limpia en todo momento, pero precisamente ahí estuvo buena parte de su valor. Víctor Hernández no buscó esconder las dificultades. Bajó la mano, redujo las embestidas y trató de llevarlas hasta el final.
Los naturales tuvieron magnífico trazo y, por momentos, apareció ese toreo que no necesita adornos para emocionar. Hubo coladas importantes y situaciones comprometidas, pero el torero no se apartó ni buscó el recurso fácil.
Terminó por bernadinas ceñidas, ejecutadas con enorme verdad, levantando al público.
La espada enfrió el ambiente. Dos pinchazos antes de una estocada y un aviso dejaron el premio reducido a una ovación. Hubo petición de oreja, pero no alcanzó la fuerza suficiente.
El resultado no hizo justicia completa a una actuación que ya había dejado algo más importante: la sensación de estar ante un torero dispuesto a jugarse la plaza.
El cuarto perteneció ya a Domingo Hernández. Un toro noble y manejable, que fue y vino, pero al que le faltaron poder y transmisión.
Manzanares tiró de su habitual solvencia y de su capacidad para resolver las papeletas, pero el animal no terminó de ofrecer la materia necesaria para construir una faena de importancia.
El alicantino lo enseñó, lo condujo con elegancia y resolvió con oficio. Una estocada en el rincón lo derribó sin puntilla.
Silencio.
Con el quinto llegó la otra gran faena de la tarde.
Ortega sorprendió recibiendo al toro de rodillas con un farol. El de Domingo Hernández no era un dechado de poder ni de transmisión, pero tenía nobleza y ciertas condiciones que el sevillano supo descubrir.
La clave estuvo en el comienzo de faena. Ortega le dio sitio, lo obligó a romper hacia adelante y consiguió que el toro comenzara a entregarse. Todo sucedió despacio.
Muy despacio.
Los muletazos fueron paladeados con esa estética tan característica de Ortega. Trincherazos, cambios de mano y remates que encontraron la complicidad de un tendido entregado al concepto del sevillano.
El temple fue la principal virtud de una faena que creció conforme Ortega fue entendiendo las posibilidades de su enemigo.
Y cuando llegó la hora de matar, también hubo pureza. Marcó los tiempos, hizo la cruz y dejó un estoconazo arriba.
Las dos orejas premiaron la obra.
Pero todavía quedaba lo mejor.
Víctor Hernández recibió al sexto, ya de Domingo Hernández, con el capote y fue ganando terreno hasta los medios. El madrileño mostró una evolución importante con el percal, llevando las embestidas con temple y sin precipitación.
Y después llegó la muleta.
Lo que había apuntado en el tercero se convirtió aquí en una realidad mucho más completa.
La faena fue íntegramente por la izquierda, con el torero muy encajado y llevando al toro hasta donde quería. Víctor se fue al pitón contrario, se quedó en terrenos comprometidos y toreó con un valor que no necesitó de ningún alarde para hacerse evidente.
Hubo momentos en los que el toro se quedó peligrosamente por dentro. Hubo coladas que podían haber hecho dudar a cualquiera. Víctor ni siquiera pestañeó.
No hubo gestos para la galería.
Hubo toreo.
Naturalidad, firmeza, mano baja y una manera de quedarse delante del toro que empieza a definir su personalidad.
La faena tuvo además algo especialmente importante: no fue simplemente una demostración de valor. Hubo concepto. Hubo intención de torear. Hubo una búsqueda clara de la profundidad y de la ligazón.
La estocada cayó arriba y aseguró el triunfo.
Dos orejas.
Puerta Grande.
Illescas dejó una tarde de contenido artístico, aunque de desigual condición ganadera. Román Sorando y Domingo Hernández ofrecieron un conjunto con diferentes registros, con toros que dieron más o menos posibilidades, pero también con algunos ejemplares que permitieron a los toreros expresar sus conceptos.
Manzanares volvió a demostrar que sabe leer las tardes. Ante el primero aprovechó un toro con clase y transmisión para construir una faena elegante, medida y profunda. Las dos orejas llegaron después de una estocada marca de la casa. El cuarto, mucho más apagado, no le permitió repetir triunfo.
Juan Ortega volvió a dejar patente que su toreo necesita tiempo. El segundo le puso dificultades y terminó rajándose, pero ante el quinto encontró el animal que necesitaba para desarrollar su concepto. Lo llevó despacio, le dio sitio y construyó una faena basada en el temple y la estética. Las dos orejas fueron el premio a una obra muy personal.
Pero el nombre propio de Illescas fue Víctor Hernández.
El madrileño no se limitó a cortar dos orejas. Dejó la sensación de que detrás del triunfo hay algo más profundo. En su primer toro ya enseñó firmeza, valor y una manera de entender el toreo sin concesiones. En el sexto confirmó todo aquello y añadió algo fundamental: la capacidad de convertir el valor en toreo.
Tiene todavía camino por recorrer. Tiene que pulir, madurar y aprender. Pero tiene algo que no se enseña: una forma de colocarse delante del toro que obliga a mirar.
Y quizá esa sea la mejor noticia que se lleva Illescas.
Víctor Hernández tiene la moneda en la mano. Ahora depende de él saber cuándo y cómo lanzarla
Corrida de toros. Segundo festejo de la Feria del Milagro 2026. Tres cuartos de entrada. Toros de Román Sorando (1º, 2º y 3º) y Domingo Hernández (4º, 5º y 6º),
• MANZANARES, dos orejas y silencio
• JUAN ORTEGA, palmas y dos orejas
• VÍCTOR HERNÁNDEZ, ovación tras aviso y dos orejas