Jueves.
Tercer día consecutivo de toros. Tercera plaza. Tercer cartel.
Y otra vez Madrid.
Volvíamos a Las Ventas con esa ilusión que no necesita de grandes anuncios. No íbamos buscando la tarde del año, ni esperando que el calendario nos regalase una de esas corridas que quedan marcadas en rojo. Las expectativas son, al fin y al cabo, solamente expectativas: una disposición del ánimo que se lleva hasta la plaza y que los toros tienen la delicadeza —o la crueldad— de desmentir.
Y esta tarde las desmintieron.
Pero para bien.
Porque algunas tardes no avisan de lo que llevan dentro. Se presentan con modestia, sin ruido, y terminan dejando en la memoria un nombre que hasta entonces apenas ocupaba espacio.
Hoy ese nombre fue Christian Parejo.
Aunque para llegar hasta él hubo primero que atravesar cinco toros y cinco historias.
El primero fue un toro grande, rematado, de buenas hechuras y bien armado. Un toro serio. En el capote no quiso conceder bellezas: salía corto, se metía por dentro y obligaba a andar con los sentidos despiertos.
En el caballo, sin embargo, enseñó otra cara.
Dos encuentros y dos castigos importantes. Peleó con poder y dejó claro que, aun con sus dificultades, no era un animal vacío.
Francisco José Espada tampoco quiso esconderse.
Estuvo muy valiente.
Muy valiente.
Había que aguantarle y Espada lo aguantó. El toro tenía calidad, pero llevaba el peligro cosido a la embestida. Por el derecho había que tener cuidado; por el izquierdo, directamente, había cornada.
Espada escogió el pitón bueno y, dentro de aquella condición, toreó con clase y profundidad. Hubo que tragárselo, esperarle y no perderle la cara.
Estuvo bien el torero.
Muy bien.
La faena tenía sustancia suficiente para haber merecido mayor reconocimiento, pero el acero terminó por ponerle frontera.
La espada, que tantas veces decide lo que la muleta había ganado, volvió a ser esta tarde juez demasiado severo.
El segundo salió con hechuras parecidas y algo más de disposición. Joaquín Galdós estuvo desde el principio dispuesto a buscarle las vueltas.
Por el derecho el toro se dejaba.
No era un dechado de virtudes, pues cuando se le hacían las cosas mal protestaba, soltaba la cara y enseñaba que la nobleza no estaba reñida con cierta incomodidad. Pero era potable.
Por el izquierdo, nada.
Absolutamente nada.
Se quedaba corto, no humillaba y hacía imposible cualquier intento de construir faena por aquella mano. No tenía el peligro del primero, pero tampoco tenía un muletazo que regalar.
Galdós aprovechó lo que había y dejó momentos buenos.
No era cuestión de inventar lo inexistente.
Era cuestión de sacar lo posible.
Y eso hizo.
El tercero correspondía a Christian Parejo.
Todavía no sabíamos hasta dónde iba a llegar la historia.
El toro era noble y tenía clase, aunque su condición pedía que se le tratase a media altura. No era toro de grandes exigencias ni de esos que ponen el corazón en la boca del torero. Se dejaba.
Y precisamente por eso había que saberlo torear.
Parejo lo entendió.
Le hizo las cosas con suavidad, sin querer someter aquello que perdía calidad en cuanto se le mandaba más de la cuenta. Había que acompañar, templar y dejar que el toro creyera que la embestida era suya.
Y ahí empezó a aparecer el torero.
Hubo muletazos hondos.
Hubo emoción.
Hubo gusto.
Por momentos apareció una manera de torear que no parecía aprendida de memoria, sino nacida de dentro. Una torería natural, sin alardes, de la que obliga a mirar dos veces.
La faena fue buena.
Importante.
De esas que, cuando uno abandona la plaza, ya no habla tanto del resultado como del torero que acaba de descubrir.
La espada, sin embargo, no quiso colaborar.
Parejo se quedó sin tocar pelo.
Pero dejó una pregunta flotando en el aire:
¿Qué habrá dentro de este muchacho cuando encuentre un toro de verdad?
Tuvimos que esperar dos toros.
Y entonces lo supimos.
El cuarto fue un toro muy protestado desde su salida. Y aquella protesta, justo es decirlo, terminó condicionando el desarrollo de la faena.
Era un animal muy justo de fuerzas, pero noble. Quería hacer cosas que sus patas no le permitían. Se movía poco, se apagaba enseguida y cualquier intento de exigirle podía acabar en nada.
Espada no tuvo opciones.
Y tampoco tenía sentido pedirle al toro aquello que no podía dar.
Abrevió.
El presidente recibió una bronca considerable y la tarde pasó rápidamente al quinto.
Y entonces apareció un animal que parecía pertenecer a otra corrida.
Setecientos veinte kilos.
Un disparate de toro.
Largo, alto, musculado, fortísimo. Parecía un elefante vestido de bravo. Podía recordar, por volumen y seriedad, a aquellos toros que parecen salir de otra época.
Pero no estaba gordo.
Y ahí estaba lo verdaderamente impresionante.
Le cabían los kilos.
Desde la arena debía de ser una visión todavía más formidable.
Uno esperaba el caballo.
Uno quería ver qué había dentro de aquella mole.
Y entonces llegó el primer encuentro.
El toro desarmó al picador y empujó.
Por un instante pareció que allí había una historia.
Después vino el esperpento.
El picador recuperó la puya, volvió a pinchar y terminó colocando el castigo en mal sitio y peor manera.
Un bochorno.
Y hay que decirlo con claridad: actuaciones así deberían tener consecuencias. No se puede permitir semejante manera de picar en una plaza como Madrid.
Se perdió la oportunidad de comprobar qué tenía aquel toro dentro.
Y después, Galdós tampoco quiso comprobarlo.
Idas.
Venidas.
Vueltas.
Movimientos de un lado para otro.
Pero sin encontrar el camino.
La realidad parecía evidente: el peruano no supo qué hacer ante aquel animal y prefirió abreviar.
A por la espada.
Estocada.
Y cuanto antes mejor.
Sin querer mirarle demasiado.
La tarde se encaminaba hacia una de esas jornadas que dejan poco más que un puñado de apuntes.
Hasta que salió el sexto.
Y salió Parejo.
El toro venía hecho.
Cuajado.
Un toro ante el que había que ponerse.
Y Parejo se puso.
Lo que ocurrió después cuesta escribirlo sin que parezca exageración.
Pero no fue exageración.
Fue toreo.
Toreo del bueno.
Del que no se ve todos los días.
Toreo de pata negra.
Parejo dio el pecho. Se quedó. Esperó. Mandó.
Y comenzaron a salir los naturales.
Al ralentí.
Largos.
Profundos.
Con esa lentitud que parece detener el tiempo.
Después llegaron los derechazos, hondos y templados. Los cambios de mano. Los detalles artísticos. Todo ello ante un toro que exigía su sitio y que no permitía regalar un terreno.
Parejo encontró ese sitio.
Y una vez encontrado, no lo abandonó.
Aquello ya no era una faena de promesa.
Era una faena de torero.
De torero hecho.
De los que hacen que el toro parezca mejor porque saben dónde ponerle la muleta, cuándo mandarle y cuándo dejarle respirar.
Madrid empezó a rugir.
Y uno dejó de pensar en la oreja.
Porque hay momentos en que el premio importa menos que lo que está sucediendo delante de los ojos.
Yo salí de la plaza borracho de toreo.
Con ganas de más.
Con esa necesidad casi infantil de volver a verlo, de comprobar que aquello no había sido una aparición fugaz, una de esas tardes que el recuerdo agranda con el tiempo.
No.
Aquello había ocurrido.
Y había ocurrido en Madrid.
Parejo había hecho una barbaridad.
Una locura de faena.
Si la espada hubiera entrado a la primera, la puerta grande habría estado al alcance de la mano.
Pero volvió a aparecer el acero.
Pinchazo.
Y, aun así, Madrid pidió la oreja con una fuerza extraordinaria.
Esta vez la plaza habló.
Y el presidente escuchó.
Una oreja.
Justa.
Porque la había ganado el torero.
Y porque Madrid, sabe reconocer.
La plaza rugió como pocas veces.
Y por unos minutos consiguió algo que no siempre resulta sencillo: poner a todo el mundo de acuerdo.
Hoy salimos hablando de un torero.
Christian Parejo.
Me declaro, desde hoy, admirador confeso de este joven.
Y ojalá alguien tenga la inteligencia y el valor de darle una oportunidad importante el próximo año en Madrid. Y en más plazas. Porque toreros así no deberían necesitar que el azar vuelva a colocarlos delante de un toro para que alguien repare en ellos.
Hoy Madrid reparó.
Y sería una lástima que se olvidase.
El encierro de Pedraza de Yeltes tuvo buenas condiciones y permitió el toreo. También tuvo su punto de exigencia, aunque probablemente muchos esperábamos una corrida todavía más dura y exigente. No hubo, sin embargo, motivo para reprocharle al conjunto una mala presentación ni una falta de seriedad.
Los toros estuvieron bien presentados.
Y dejaron hacer.
Espada estuvo muy bien ante el primero, donde tuvo que tirar de valor y de oficio, y quedó sin opciones ante el cuarto.
Galdós, después de aquella tarde de Cenicientos que me dejó dudas, consiguió con el segundo cambiarme parcialmente la opinión. Allí me interesó. Hoy, ante el quinto, la impresión fue bien distinta. No quiso verlo y dejó una imagen que no estuvo a la altura de lo que se espera de un torero que quiere mandar.
Y Parejo.
Parejo fue otra cosa.
Primero nos enseñó una posibilidad.
Después nos enseñó una realidad.
Y al sexto nos enseñó el camino.
Volvíamos a Madrid por una tarde más.
Y terminamos la jornada con un nombre nuevo instalado en la cabeza.
A veces la temporada no avisa.
A veces basta un toro.
Y, de vez en cuando, aparece un torero capaz de hacer que Madrid ruja y de que un aficionado salga de la plaza con una sola certeza:
hay que volver a verle.
Hoy, ese torero se llama Christian Parejo.